viernes, 27 de julio de 2007

Bailes con Sopresa

Queridos amigos, incondicionales, enemigos y demás seres que podaís pasar atraidos por la estrellita o simple curiosidad, como el calor es atroz y no es justo que os tenga delante de la pantalla sofocados durante demasiado tiempo, aquí os dejo un relato cortido que escribí hace tiempo para engrosar uno de los volúmenes del Universo Mágico con el que algunos, imagino, ya os vaís familiarizando. Sin más me despido deseándoos mucha brisa fresca. Un "caluroso" abrazo a tod@s.


BAILES CON SORPRESA
En la Bretaña francesa son muy conocidos unos enanos seres a los que llaman korreds, de apariencia maltrecha, jorobados, con patas de cabra y ojos brillantes y muy rojos. Su estatura oscila entre los treinta y los noventa centímetros, suficientes para ocultarse de la vista del hombre, de la que prefieren alejarse, y disfrutar aisladamente de sus danzarines rituales. Al principio los fenicios trajeron consigo a estas tierras un buen número de criaturas feéricas llamadas carikines, pero con el tiempo se fueron uniendo a los korreds y hoy en día las similitudes son tantas que apenas se les puede diferenciar. Se produjo una especie de unificación de especies que, aunque llega hasta nuestros días, hoy queda en meras hipótesis puesto que apenas ya se les ve.

Los korreds eran constructores de dólmenes y bajo éstos viven plácidamente, de ahí que muchos les asignen dotes adivinatorias y el calificativo de magos, estas piedras contagiaban a estos seres su magia y con ella se valían incluso para encontrar fastuosos tesoros escondidos. Este hecho les hizo unos seres muy buscados por los saqueadores de tesoros de las aguas que mediaban entre las bretañas, la francesa y la grande inglesa. No es de extrañar que muchos de estos piratas dieran con un korred y lo llevaran como esclavos en sus barcos, pues en Cornualles pronto se extendieron las historias que tenían como protagonistas a estos seres y sus encuentros con los aldeanos de aquellas tierras británicas.

De lo que no cabe duda es que los korred son muy reservados y no permiten que ningún hombre indague en sus costumbres. Sus bailes, que realizan con frecuencia, están prohibidos para el ser humano y de interrumpirlos éste de alguna manera sufriría un severo castigo del que no muchos han vuelto para contarlo. A esta reserva de su intimidad hay que añadir que fueron los protagonistas de toda clase de fenómenos extraños y sirvieron para sembrar el temor entre los más pequeños. También para demostrar lo imposible explicándose en la presencia de estos seres o incluso para controlar a las jovencitas que pretendían ser independientes en una sociedad meramente machista o justificar misteriosos embarazos que se hacían visibles inevitablemente meses después de los bailes del pueblo.

Marjorie era una chica joven con grandes pretensiones amatorias y, cuando la noche de San Juan celebraba la venida de los cálidos meses de verano, sus ojos se posaron con seducción sobre Jean, un apuesto ganadero, joven y con buenos atributos según decían las lenguas más viperinas y desgarbadas. Conocida era la calentura que provocaba este galán entre las jovencitas de los pueblos vecinos, pero todas omitían los pormenores de sus affaires y se olvidaban en sus brazos con el placer bien enterradito entre sus piernas. Marjorie no era una chica de las que tomasen por recatada, su mirada le delataba siempre y, a veces, unos cuernecitos parecían asomar de su cabeza con endiablada intención. Ni su padre podía frenar los aires de sus efluvios sexuales que a veces se tenía en la obligación de encerrar bajo llave durante días en el cuarto más alejado de la casa. En estos días de júbilo, danza y jolgorio, no obstante, se confiaba y movido por la compasión dejaba libertad a su hija, seguro de que entre vecinos de miradas atentas y vigilantes no habría nada que pudiese desviarla ni moverla hacia los caminos libidinosos de la lujuria y la tentación. Craso error pensaría su padre meses más tarde cuando esta confesara de las incursiones del ganadero en su tierno pero ansioso sexo. Así, como cabía esperar, antes que el embarazo se hiciese más notorio, el padre se proclamó ante los vecinos con tristeza e impotencia, ofreciendo la penosa noticia de una hija preñada a manos de un korred, pues su hija había tenido la mala fortuna de bailar en el círculo mágico en el que bailaban los korreds y éstos, enfurecidos, le habían dedicado una mirada torva y dejado en cinta de alguno de los mozos del baile que, por supuesto no habían tenido nada que ver. Así fue que Marjorie fue madre soltera en esos tiempos en los que el diablo fácilmente te llevaba a la horca, pero en los recónditos parajes de la bretaña francesa dónde apenas las historias salen de la casa donde se crean, y su hijo nació y creció como fruto del arrebato de un korred, aunque ella bien sabía que aunque el tamaño de aquello que la preñara bien podía ajustarse al de uno de estos seres, estaba lejos de ser más que la tórrida descarga de pasión del joven ganadero de las tierras vecinas.

domingo, 15 de julio de 2007

La Danza del Bosque (El Cuento)

Hola a todos, aquí os dejo un cuento inspirado en una obra de teatro que escribí. Consideré necesario una versión más apropiada para su lectura. Espero os guste. Un caluroso abrazo.

La Danza del Bosque (El Cuento)

Otto acababa de sentarse en la sala que los actores consideraban la cuarta pared, esa a la que no debían prestar la más mínima atención para evitar distracciones durante el transcurso de la obra. Otto, apenas rozando la treintena había decidido ir sin compañía, solitario como solía ser, se dispuso en el patio de butacas a medio camino del escenario, la fila siete era un buen lugar. El siete era un número mágico desde tiempos inmemoriales y consideró que para la visualización de esta obra era oportuno elegir un buen asiento, no solamente por las vistas que le prestaba, sino por la simbología que contenía en cada una de sus trazas numéricas. Había llegado diez minutos antes del comienzo, el escenario permanecía mudo, inerte, quieto... no tardarían en bajar las luces lentamente y anunciar a los espectadores que desconectaran sus dispositivos móviles y demás artilugios que pudieran distraer tanto al elenco de actores como al grupo de curiosos que acudían al estreno de aquella obra mágica. Otto dejó la chaqueta en la butaca de su derecha, si venía alguien ya se ocuparía de buscarle otro emplazamiento, y se acomodó en busca de la postura más idónea para no acabar con dolor de espalda. Una vez situado, vio como la gente iba ocupando sus respectivos asientos. Por suerte no tuvo que moverse más, ni para quitar la chaqueta de la butaca donde reposaba como dormida, con sus pliegues exigiendo descanso. Las luces menguaron, la algarabía que se movía en susurros por la sala comenzó a disiparse entre siseos y chisteos, la voz profunda que anunciaba el comienzo se pronunció creando un eco apenas perceptible por toda la sala. El silencio acabó por comerse la última letra de la última sílaba de la última palabra pronunciada antes del comienzo del primer acto. Otto se acomodó de nuevo, sus posaderas habían encontrado el mullido perfecto. Puso sus brazos sobre los de la butaca y mantuvo su atención sobre la boca oscura que se abría frente a él a punto de iluminarse con los focos y llenarse de la música que se preveía por el título de la obra. En unos instantes, la escenografía se puso en marcha y los actores brotaron de la nada. La obra dio comienzo.


Las historias que nos cuentan a veces tienen su origen verídico, este era el caso de aquel muchacho. Un muchacho que se había propuesto un viaje para celebrar el comienzo del verano y el final de sus estudios, todo el sacrificio a lo largo de todo el año se veía compensa
do con aquellos días que pensaba pasar junto a sus amigos en la tradicional tierra asturiana. Prácticamente acababan de llegar y su nombre se perdió entre los tintineos de las sidrerías, con los culines del brebaje salpicando los anchos vasos. Bien podría ser cualquiera el protagonista de esta historia, por eso el muchacho siempre fue el muchacho y nunca se pronunció su nombre durante su aventura. Estaban bebiendo desconsideradamente en una de las sidrerías de La Gascona. No era la primera, pero sí la que había conseguido que su estancia se hiciera más prolongada que en el resto. Al entrar, el aroma casi les dio una bofetada, ese perfume agrio de la manzana destilada, un olor fuerte que se agarraba a los pulmones y les obligaba a retener el aire puro que traían de la calle consigo aún. Decidieron que aquel era un buen lugar para curtirse en la tradición gastronómica de la región, no pensaban abandonar Oviedo hasta dentro de dos días y tenían que disfrutar al máximo de la experiencia que el lugar les brindaba. Eligieron una mesa apartada del resto, en una esquina, muy cerca del murete de madera que separaba la barra del resto de las mesas. El escanciador les brindó unos tragos mientras esperaban la cena y, cada uno de ellos, agradecido le dio mejor vida de un solo sorbo. Muchas fueron las botellas que cayeron desde ese momento. Durante la cena, mientras esperaban los entrantes, entre los platos, con el postre, tras el café y luego, bueno, luego simplemente siguieron bebiendo como preludio de la fiesta que les esperaba en los bares que se habían prometido visitar. Como suele ocurrir cuando alguien intenta planear un viaje hasta el más mínimo detalle, las cosas no resultaron como se esperaba y la sidra subió de improvisto sin dar señal de aviso y se instaló en sus cabezas. El muchacho comenzó a sentir como todo le daba vueltas y se imaginó en un carrusel acompañado por una música estridente más propia de una película de terror que de lo que esperaba de aquel viaje. El mareo se hizo creciente, apenas vio como la confusión se llevaba a sus amigos de su campo de visión. Un golpe sordo trajo consigo la oscuridad absoluta.

Aún las estrellas horadaban el cielo cuando despertó, pero un halo anaranjado se veía a lo lejos bañando las frondosas
ramas de los árboles. El muchacho se sorprendió recostado sobre una roca. Se mostró confuso, no sabía como había llegado hasta allí y, lo que era peor, no sabía dónde era allí. Se miró y pudo verse con ropas sucias de la noche pasada, la cabeza le golpeaba las sienes con fuerza, como un tambor marcando el ritmo de una tamborilada. Se agarró la testa e intentó levantarse sin tropezar y caer, para ello se sirvió de la roca que había usado como lecho. Aparentemente, pudo apreciar, se encontraba en un bosque, no había rastro de civilización por ningún lado. Se tambaleó haciendo aspavientos con los brazos para no caer. La boca, pastosa y seca, mantenía su lengua pegada al paladar. Los ojos le escocían y los notaba enrojecidos, no era la primera vez. Miró a su alrededor con atención, no se veía nada parecido a edificios o elementos de construcción. Nada de muros, ni ruido de coches, ni humos, ni gente... solamente se oía el cántico de los pájaros que recién despiertan la mañana. Caminó un poco para desentumecerse, se estiró y alargó los brazos por encima de la cabeza. Bostezó y decidió dar un paseo en busca de la salida de aquel lugar. Diez minutos después, sin haberla encontrado, decidió proclamarse a sí mismo como perdido. Justo en el momento en el que su pesimismo le cogía por el pescuezo, el muchacho vio la luz cuando oyó un canto femenino más allá de la maleza. Aguzó el oído y pudo oír incluso el chapoteo y el correr del agua. Avanzó con ilusión siguiendo su sentido y su instinto, algo atrofiado por el alcohol, y llegó a un pequeño claro junto a un río.

Sin mostrarse aún, el
muchacho pudo ver con sorpresa a una joven dama mojando su pie desnudo mientras cantaba con voz angelical canciones que nunca había escuchado en su vida. Iba ataviada con un vestido de gasa que dejaba al descubierto sus partes íntimas. Sus senos se movían grácilmente al tiempo que su melena dorada los acariciaba. El muchacho disfrutó de la visión que se le ofrecía sin saber que la mujer había notado su presencia y se mostraba seductora y divertida con la situación. Entonces se volvió y el muchacho pudo ver con mayor claridad la belleza de aquella joven mujer de no más de treinta años. Sus ojos se clavaron como dardos antes de perderse danzando entre la maleza. El muchacho, apenas esquivo de su aturdimiento, corrió tras ella pero no pudo más que oír ramas romperse cada vez más lejos frente a él. Su única esperanza de encontrar el camino de vuelta había desaparecido. Si hay algo peor que estar desesperanzado, sin duda es estarlo después de haber creído tener esperanza. Después de correr tras la muchacha, el joven se encontraba más perdido aún que antes. Había llegado a otro pequeño claro en el interior del bosque y no había rastro alguno de la mujer que persiguiera. Se echó las manos a la cabeza y suspiró con exasperación. Quizá más por haber perdido de vista a la más bella mujer que se posara en sus pupilas que por el hecho de sentirse fuera de lugar. Puso los brazos en jarras e intentó pensar en alguna solución, pero ciertamente, no pensaba en nada, se encontraba frustrado y se recomía por dentro sin ejercitar lo más mínimo la maquinaria condolida de su cabeza.

En tal estado, el muchacho no pudo dejar de sorprenderse cuando sintió un tirón de una de la pernera. Se volvió rápidamente un poco asustado. No había nada y pensó que lo había imaginado, al menos hasta que recibió un segundo tirón. Aquello resultaba mosqueante, sobre todo porque la cadena de tirones se sucedió rápidamente a uno y otro lado de sus pantalones y no pudo, por más veloz que se mostrara, averiguar el origen de tal incógnita. Previendo un próximo tirón, se dio la vuelta con premura y allí vio al causante de tal travesura. Era un ser pequeño, de orejas semiocultas por el pelo y gorrito rojo bastante sucio. Portaba una camisa que antaño debió ser blanca y ahora se mostraba grisácea por debajo de un chaleco granate. Vestía unos pantalones bastante cortos que le llegaban por debajo de las rodillas dejando sus pies peludos y grandes al descubierto. Miraba extrañamente al muchacho. Éste apreció sus gran nariz y su enorme boca. Parecía un ser bastante desaliñado. El muchacho pudo apreciar que no se trataba de un hombre normal y corriente, era demasiado pequeño, apenas medio metro de altura, lejos de poseer los rasgos típicos de las personas que sufren de enanismo. Le pareció, al igual que la mujer que cantaba, que debía de tratarse de un ser mágico o, al menos, especial. Entonces, con una voz bastante desacorde con su tamaño, el hombrecillo se dirigió a él.

- ¿Has perdido algo? – Le dijo remolonamente, sabiendo que así era y relamiéndose en su ironía.
- ¿Y tú quién eres? – Acotó rápidament
e el muchacho, sin permitir la más mínima licencia a aquel ser desconocido y burlón.
- ¿Es la mujer verdad? – Insi
stió sonriente.
- ¿Nos espiabas? – El muchacho empezaba a malhumorarse al tiempo que comprendía el juego al que quería someterlo el pequeño.
- Siempre sucede lo mismo, ¿te ha engatusado eh? – Estaba consiguiendo despertar la curiosidad del muchacho por momentos.

- ¿Qué quieres de mí? – Dijo entrando por fin en ese juego al que se resistía desde el comienzo.

- ¿Quieres encontrarla? Yo se dónde está. – Comentó vacilón.
- ¿Ah sí? – El muchacho no se quedaba corto.

- S
í.
- ¿Sí?
- Sí.
- ¿Sí?

- No, jeje... quiero decir sí.
- ¿Y tú qué sabes?
- Todo.

- ¿Qué?

- Todo yo lo sé, lo que pasa en este bosque no e
s secreto para el trasgu.
- ¿El qué?
- Vaya, estamos sordos. ¿No me digas que no has oído hablar de mí?

- No.
- ¿No?

- No.

- Pues entonces no sé si ayudarte.

- ¿Por qué no sé quien eres?

- Yo tampoco sé quien eres tú...

- ¿Qué más da?

- Sí, da igual.

- ¿Me ayudarás entonces?

- No sé, tal vez.

- La encontraré yo solo. – Dijo haciendo un amago de darse la vuelta en busca de la bella mujer.
- No, no lo harás.

- Sí, sí lo haré.

- No lo harás.

- Sí q
ue lo haré.
- Es difícil encontrar a la mujer si no sabes dónde está.

- Y tú lo sabes, ¿no?

- Yo lo sé, tú no.
- ¿Me vas a ayudar o no?

- Si tu me ayudas, yo te ayudo.

- ¿Ayudarte?

- Necesito algo.

- ¿De mí?
- No realmente.

- ¿Entonces?

- Tú me lo puedes traer.
- ¿Por qué yo?
- ¿No quieres encontrar a la mujer? ¿Eh?

- Claro que sí.

- Pues por eso.

- Ya entiendo.
- ¿Seguro? No pareces muy listo.

- Pequeño diablo.

- Gracias. – Sonrojándose un poco mientras se cogía las manos y se balanceaba risueño.

- Bueno, dime.

- ¿Qué?
- ¿Qué quieres y dónde está la mujer?
- Lo que quiero y la mujer están en el mismo sitio.
- Vaya, ¿y dónde es eso?
- Allí – dijo señalando hacia la boca de una cueva que se veía a lo lejos entre la maleza.

- ¿Allí? – Se mostró incrédulo el muchacho.
- Sí, allí.

- ¿Y qué quieres?

- Acércate y te lo diré. – Y entonces le susurró al oído lo que quería que no era más que una baratija que según él había perdido en el interior de la cueva.

- Está bien... adelante.


El deseo del muchacho por encontrar a la bella dama cantarina era mucho mayor que e
l de saber hacia donde le encaminaba aquel energúmeno. Sin duda no podía imaginar que la cueva había sido uno de los almacenes de los grandes tesoros que los musulmanes habían utilizado antes de ser expulsados por el rey Pelayo en la Reconquista. Había muchos como aquel, pero, al mismo tiempo, ninguno tan fieramente custodiado. Caminó a gatas durante un buen tramo del trayecto, pensando barbaridades acerca del engaño al que posiblemente había sido sometido. Maldijo al pequeño cientos de veces y se notó el humor agrio y el estómago vacío. Se insultó a sí mismo también, prometiéndose una vida sana tras salir de aquel entuerto. No volvería a probar la sidra asturiana en su vida se había dicho. Mientras se peleaba consigo mismo y buscaba adjetivos que pudieran definir justamente al malandrín que le había llevado a estar de rodillas sobre el suelo húmedo de aquel frío lugar, un reflejo luminoso le hizo volver en sí. Al final del agujero se veía una luz tenue bañando un amplio espacio. Aceleró el paso y lo que vio le dejó boquiabierto. Cuando abandonó la estrechez de la abertura, se encontró ante una sala enorme, plagada de montones de oro y joyas preciosas, de coronas, collares, artículos de lo más variopinto bañados del preciado metal... se pellizcó para averiguar si no estaba soñando o alucinando, le dolió y decidió que la próxima vez usaría un método menos doloroso. Tomó una moneda de uno de los montones y la guardó en su bolsillo. Sería un bonito recuerdo. Ahora se pondría a buscar la maldita joya del pequeño. En su afán un sonido le llamó la atención de forma inesperada.

- Chistt, Shhh... no hagas ruido o vendrá. – Una voz femenina que logró identificar tras uno de los montones de joyas le susurraba con apremio. Era una muchacha realmente bella, pero parecía un poco descuidada. El pelo arremolinado, la cara sucia... pero sus ojos... ay sus ojos, por un momento hicieron al muchacho olvidar el motivo de su aventura.
- ¿Quién ha de venir? – Dijo imitando el tono y la forma.

- El cuélebre, ¿quién si no? – Dijo con aire de reprimenda.
- ¿El cuélebre? Bueno... ¿tú quien eres? ¿y qué haces aquí? – Se adelantó curioso hacia ella.
- Llevo aquí muchos años, tantos que perdí
la cuenta. Estoy encantada... – con la pena brotando de cada una de sus palabras.
- Yo también, mucho gusto, ¿pero a qué viene eso ahora? – Se encogió de hombros.
- Noooo, tonto... que estoy encantada, hechizada... el cuélebre me secuestro hace muchos años. – Volviendo a reprenderle por su ignorancia.

- ¿Qué dices? Venga vamos, ven conmigo y te sacaré de aquí. – Dijo al tiempo que la cogía de la mano.
- No lo entiendes, no puedo irme – se mostró apenada – ya lo he intentado cientos de veces, es inútil, el hechizo me lo impide.
- ¿Hechizo? Eso son fantasías... – Acompañando sus palabras con un gesto de desquite.

- Eso pensaba yo... – lo dijo girándose para mirarle a los ojos. Ahora se encontraban muy cerca el uno frente al
otro. El muchacho la soltó entonces y sacudiendo la cabeza volvió al asunto que tenía entre manos y del que se había despistado momentáneamente.
- Por cierto, has visto a una mujer así más o menos – dijo alzando la mano para indicar la altura de la mujer – pelo largo, un vestido blanco de gasa... – La joven, al oír la descr
ipción se mostró horrorizada y cogió las manos del muchacho entre las suyas. Sus ojos desorbitados miraban hacia todos lados con miedo.
- Tienes que marcharte, de verdad, está a punto de llegar... tienes que irte... vete y no vuelvas... – Dijo muy bajito, totalmente alterada. - Pero... – Un rugido atroz interrumpió la conversación.
- Vete... vamos... ya está aquí... – le instó entre susurros la muchacha mientras agitaba las manos indicándole que marchara de allí.


El muchacho vio como
la joven volvía a su lugar y, antes de salir despavorido, echó un último vistazo mientras se perdía nuevamente en la oscuridad. Aquel suceso dejó verdaderamente traspuesto al muchacho. Sin duda había sido testigo de un acontecimiento ciertamente insólito.

Cuando volvió al exterior no había rastro del pequeño diablo y la luz ya había resuelto hacerse más intensa, dejándose ver entre las ramas y propiciando una agradecida sombra en aquel creciente verano. Avanzó hasta donde viera por última vez al pequeño y, sin advertirlo, este salió de la maleza y se ubicó tras él, imitando al muchacho y sacándole burla mientras este se movía irritado de un lado a otro. De repente, un potente grito sorprendió a ambos, que se giraron hacia ésta de un salto de ciento ochenta grados.

- ¡Trasgu desaparece! – La voz procedía de un hombre que aparentaba medio siglo al menos. Ataviado como un pastor, el muchacho no dudo ni por un momento
que ese fuera su oficio. La boina ladeada y un bastón recio complementaban su atuendo campesino.

Fue en ese momento cuando el muchacho volvió a ver al pequeño liante. Ahí, frente a él, en medio del pastor que gritaba y de él mismo, que se sorprendía. Tuvo la tentativa de cogerle por el pescuezo, pero se contuvo y permaneció atento a lo que sucedía.


- ¿Quién eres tú para decirme que desaparezca? – Se envalentonó el ser.
- Vete por las buenas que por las malas... – Volvió a gritar el pastor ignorando su pregunta.
- No me das miedo... viejo... – dijo sacando la lengua con burla.

- Entonces por las malas... – con los brazos en jarras.
- Uhh... qué miedo... – dijo mientras comenzaba a saltar pr
ovocativamente de un lado a otro.
- Tu naturaleza es obedecer si yo te lo pido... – entonces el hombrecillo se detuvo en seco y su semblante pareció transformarse de inmediato.
- No... eso no... – co
mpletamente atemorizado.
- Así que tres cosas quiero que
hagas para mí... – Aumentando la voz poderosamente.
- No puedes hacer
me esto... – se enfadó.
- Una, que traigas un buen número de semillas de lino en tu mano izquierda – alzando un dedo y señalando la mano agujereada del pequeño – Dos, que blanquees la piel de un carnero negro – alzando un segundo dedo - y Tres – con los tres dedos alzados -
que traigas una cesta de mimbre llena de agua del río. Obedece o desaparece. – Sentenció por último.
- Oh... maldito seas... – Enfurecido, el T
rasgu, pues esa era su naturaleza, dio la vuelta y desapareció para siempre. No lo volvieron a ver.

El pastor entonces se acercó al muchacho y le palmeó la espalda con una sonrisa de oreja a oreja horadando su cara. Sorprendido por la facilidad con la que se deshizo de aquel botarate, el muchacho no puede más que señalar boquiabierto el lugar donde había desaparecido y mira con asombro e ignorancia hacia aquel rudo hombre.


- ¿Te encuentras bien muchacho? – le espetó amablemente
- Estos
trasgus pueden ser realmente pesados si uno n
o sabe librarse de ellos. Pero cuando le pides esas tres cosas imposibles su orgullo se hiere y su enfado les hace huir para siempre. No volverá a molestarnos. – Dijo convencido.
- Usted... ¿es cómo yo? ¿Verdad? – dijo el muchacho precavid
o dando un repaso al anciano de arriba abajo.
- Bueno... – rió – algo mayor que tú, pero si te refieres a si soy uno de estos seres mágicos... pues no, sólo soy un si
mple pastor que sabe lo que se cuece por estos lares. – La humildad del pastor se hacía patente al tiempo que hablaba y derrochaba sabiamente sus palabras. Hablaba con lentitud, meditando cada palabra, sin titubear en absoluto, totalmente seguro de lo que decía en cada momento.
- Uff... – Se mostró aliviado el muchacho – Menos mal...

- Bueno,
¿y tú que haces aquí? No pareces de la zona... – guiñando un ojo y sujetando su barbilla de medio lado.
- No lo sé, estaba en una sidrería y luego desperté aquí – el muchacho se encogió de hombros.

- Vaya – rió el pastor - esa dichosa sidra... se sube a la cabeza y pierdes el norte... – volviendo a reír y palmeando de nuevo al muchacho – Vamos – indicando al muchacho que tomara asiento - haremos un fuego y comeremos algo que llevo en el zurrón...


Entonces el past
or y el muchacho hicieron un fuego y comieron mientras charlaban. El pastor le contó numerosas historias de las que se contaban en aquellas tierras. Le habló de busgosus, ventolines y demás seres mágicos. Le dio algunas señas para evitar las malas artes de algunos de ellos y le enseñó a procurarse algún que otro amuleto. El muchacho también le comentó lo sucedido al hombre que escuchaba con atención. Finalmente, después de una larga y tendida conversación, el muchacho se atrevió a preguntar lo que el pastor sabía le llevaba rondando desde el primer momento en que se supo delante de un entendido de estos temas.

- ¿Y cómo podría rescatar a la encantada? – dijo con especial interés.

- Acércate que el bosque no lo oiga, los secretos se desvelan y propagan como el viento si uno no se anda con cuidado. – El muchacho se acercó ante el ademán del pastor y prestó
atención para no perder detalle. Entonces el hombre le susurró al oído lo que necesitaba mirando con cuidado de no ser escuchado. Cuando terminó, el muchacho se mostró muy serio. El pastor golpeó su hombro. – Venga, ahora a dormir...

Ambos se recostaron junto al fuego y la noche les fue meciendo
en un profundo y reparador sueño. Todo lo que el pastor le había contado se mostró en sus sueños de forma surrealista, entrelazándose con su vida y la de los suyos, con situaciones disparatadas, tal y como son los sueños, entretejidos con la tela de todos los mundos imaginados y aquellos que están aún por imaginar.

Cuando abrió de nuevo los ojos, e
l muchacho se encontró solo. El pastor había desaparecido y el fuego se había consumido. El cielo aún estaba ennegrecido, pero con ese tono azulado que anuncia el alba y se mezcla con los colores cálidos de la mañana que se aproxima. Seguro de sí mismo y con las instrucciones grabadas a fuego en su mente, se desperezó raudamente y se dirigió hacia la cueva con el ánimo sembrado y el alma encogida en un puño. El camino se le hizo más llevadero, pero sabía que tras la oscuridad de aquella gruta se encontraba el fin mismo de aquel viaje. Sin saber cómo obra el destino en la vida de las gentes, el muchacho se sorprendió con el ánimo de rescatar a una joven dama encantada por un hechizo justo en el día en el que debe ser rescatada, a punto de perder la oportunidad si el la mañana se venía antes que él hiciera lo que debía. Se apresuró. Al llegar a la gran sala, la muchacha se encontraba adormecida junto a una gran bestia alada. Una especie de serpiente de duras escamas provista de sorprendentes alas de murciélago. Aquello atemorizó al muchacho y casi se arrepiente de su imprudente valor. No obstante, respiró hondo y se acercó con sigilo hasta donde yacía la muchacha.

- Chisst... chisst... – susurró el muchacho igual que ella hiciera horas antes. - Vete... – respondió en susurros.
- No sin ti... – replicó muy seguro.

- No puedes hacer nada por mí... – dijo mientras agachaba la cabe
za y miraba a la bestia dormida.
- Sí... sí que puedo... – se reafirmó, justo antes de lanzar al aire el sortilegio que la liberaría
-
Moza que tas encantada na cueva de San Cibrán, tengo desencantate yo La Mañana de San Xuan.


Una vez libre, la muchacha se abrazó al joven libertador y besó su mejilla con afán. Lamentablemente, aquello solamente constituía la primera parte de su plan, pues habían perdido la noción de aquello que yacía a su vera y que, ahora, ya no estaba tan dormido como antes. El cuélebre, la bestia alada, la criatura desalm
ada que había privado de la libertad a aquella hermosa doncella, ahora se erguía amenazante ante ellos, con la poco sana intención de hacer de ellos su próxima comida. Los dos empezaron a correr, pero el cuélebre les cortaba el paso en cada movimiento que daban. La encantada desencantada ahora se pronunció con la voz de la experiencia.

- Sólo podremos huir si das muerte al cuélebre.

- Bien me gustaría, pero... – rodando para evitar se cazado por la bestia - es imposible.

- No, no lo es... – gritaba al tiempo que cogía una lanza dorada de uno de los montones y la arrojaba al muchacho – atraviesa su garganta y morirá.


El muchacho la cogió al vuelo y, acto seguido, apuntó la punta hacia la garganta de la bestia. En un movimiento ágil y certero, ésta atravesó al animal que se desplomó escandalosamente sobre el suelo, lanzando monedas y joyas por toda la sala. No se detuvieron a coger nada, se cogieron de la mano y huyeron de aquel lugar. No tuvieron tiempo ni siquiera de apreciar la asombrosa transformación de la criatura en una bella dama de largo pelo dorado. Aquella sin duda había sid
o la mujer que cautivara al muchacho junto al río. Una Xana. Al salir de la cueva, una lágrima se deslizó delicada por el rostro de la joven hechizada que tanto tiempo hacía no veía la luz del Sol. Se emocionó ante la imagen que le era otorgada y abrazó con fuerza al muchacho propinándole un sonoro beso en los labios. El rubor amaneció en él, sintiéndose libre del hechizo que la Xana le ofreciera con su increíble belleza. Cuando se dirigían hacia alguna posible salida del bosque, una repentina niebla lo cubrió todo y la joven se apresuró a esconder la cabeza del muchacho entre sus pechos. Ocultando su mirada de lo que se aproximaba entre la bruma.

- No
mires... es La Güestia... – dijo la encantada con cierto respeto – una procesión de seres cadavéricos... – se detuvo un momento acongojada – pasean por el bosque en busca de futuros difuntos... alumbran su camino con los huesos de aquellos que ya murieron... – entonces apretó al muchacho con más fuerza mientas la Güestia desaparece entre los árboles y la niebla – No mires, morirías...
- No lo haré – y se acurrucó tiernamente sobre el pecho de la joven muchacha con una leve sonrisa que denotaba picardía.


Mientras se alejaban de aquel lugar, una mirada se hacía eco de aquella felicidad. El pastor miraba con asentimiento, escondido entre la maleza. La pareja marchó. Pronto encontraron la ciudad y todo volvió
a la normalidad. Los jóvenes avanzaron desde entonces juntos por la vida y nadie se interpuso jamás. En su boda contaron esta increíble historia a modo anecdótico, pero todos lo creyeron una fantasía y así decidieron fuera aceptado. Al final acabó siendo un secreto que ambos compartieron cada uno de los días en los que fueron bendecidos con su unión.

La obra finalizó. El escenario se iluminó por completo y los actores se cogieron de las manos para saludar al agradecido público que les ovacionaba y aplaudía sin cesar. Otto cogió su abrigo mientras esto sucedía y abandonaba el teatro. Cuando atravesó la puerta de la entrada tuvo la tentación de mirar atrás, pero no lo hizo. Una sonrisa se dibujo en su
cara. Hizo bien en ceder su historia a aquel director apenas conocido. Se marchó a casa, una joven encantada le esperaba.

sábado, 7 de julio de 2007

7 Chakras: ROJO

Estimados amigos de Mentecreativa, lectores incondicionales, aquí os dejo un relato que escribí hace tiempo y que iba a conformar una de las siete historias relacionadas con los chakras. Al final solamente escribí una y me quedé a mitad de la segunda, pero espero disfrutéis de este relato que abría el libro. Es un poco largo, así que... decidid vosotros. Un gran abrazo.


7 CHAKRAS: ROJO

- ¡Corre, corre, corre...! – Pedro gritaba sin mirar atrás, suponía que Nando iba pegado a sus talones, podía oír sus jadeos.

No hubo más palabras durante la carrera, solo susurros, sonidos de chinarro estrellándose contra las paredes húmedas y mohosas de las calles de aquella zona. Era una zona de esas que llaman chungas, pero ellos ya eran chungos así que les daba igual. Se movían a sus anchas. Todo el mundo les respetaba, movían mucha mercancía por allí. Las luces dejaron de ser un reflejo, la noche se las comió. Pedro y Nando pararon entonces y se apoyaron en las rodillas intentando recuperar el aliento, con las gotas de sudor arrastrándose por su frente y golpeando el suelo.

- Ha estado cerca, ¿eh? – dijo Pedro esbozando una sonrisa mientras recuperaba el aire a bocanadas. - ¡Ja! ¡Esos cabrones casi nos trincan! – Entonces Nando se acercó y golpeó triunfante la mano de Pedro, un saludo...

Esta noche tendrían cosas que contar en el club. Contarían como se habían escapado de la pasma sin mucha complicación, a pesar de que Nando iba con la lengua fuera tras de él. Pedro no hubiese dudado en dejar atrás a esa bola de sebo antes que dejarse agarrar, pero ese fue un dato que omitió. Pero Nando sabía que era así, era parte del código. Cuando ambos llegaron a este país, pensaron que era una odisea, un paraíso plagado de placeres. Al principio llegó la desilusión, o mal trabajaban en el campo y en puestos de trabajo que nadie quería o se morían de hambre, ser sudamericano no les abría puertas. Pero siempre había gente que salía adelante, a pesar de todo. Ellos decidieron que no querían trabajar doce horas diarias por cuatro monedas de mierda, ellos decidieron que el camino fácil era el mejor, el más rápido y efectivo. Menos trabajo y más dinero. Nando sabía que aquello no estaba bien, pero era más fuerte el sentimiento de poder que día tras día le llenaba y le hacía sentirse importante. Ya no había burlas por su sobrepeso, ni golpes por su aspecto indefenso, ni era el foco de atención de la brutalidad de su padre. Cuando llegaron a Europa, tanto Nando como Pedro sabían que no iban a ser como sus compatriotas, esos trabajos campesinos mal pagados no estaban hechos para ellos. Empezarían tal y como dejaron su país, a lo grande.

Nando no tuvo una vida fácil en Perú. Con un padre alcohólico que desahogaba su mala fortuna pegando a sus hijos y esposa, cualquier calamidad que Nando vivía no era más que una nimiedad. Recordaba como tuvo que dejar el colegio a los 9 años para traer a casa el dinero que su padre se bebía sin remordimiento. Al principio recogiendo botellas vacías, luego vendiendo periódicos... hizo muchas cosas, tenía poco tiempo, poco dinero y mucha hambre. E incluso trabajando día y noche, pasando meses enteros fuera de casa como jornalero en cualquier empresa, lo prefería a dormir bajo el mismo techo que su padre, porque sabía que cuando él estaba borracho, que era siempre, no le hacían falta motivos para levantarle la mano a su hijo. Por otra parte a Nando le abrumaba la idea de su madre siendo golpeada por este demente y muchas veces sólo volvía a casa para recibir los golpes en lugar de su madre. Esta vida hizo que Nando se convirtiera en un hombre duro, frío y agresivo. A veces él mismo se horrorizaba al verse en el espejo y notar que aquello en lo que se había convertido era el vivo reflejo de su padre muerto. Así es, muerto. Su padre falleció cuando él contaba con 21 años, aunque cuatro años antes Nando ya no vivía bajo el mismo techo y había dejado de sufrir sus amenazas y golpes. Ahora, su madre viuda y sus dos hermanos casi púberes necesitaban más que nunca de su ayuda y él no lo dudó. Estuvo ayudando a su madre mientras sus hermanos crecían y encontraban un empleo. Pasaron un par de años antes que Nando tomara la decisión de salir fuera del país. Le habían hablado maravillas de Europa y allí quería ir. El juró a su madre que volvería con los bolsillos llenos, que la haría vivir como una reina. Pero al llegar a Europa, todo era diferente. Se fue con un amigo de la infancia, Pedro. Ambos habían sido uña y carne, inseparables. Fue al conocer a Pedro cuando Nando empezó a flirtear con la delincuencia, con el hurto y la agresión. Como decía, con nueve años empezó a trabajar cogiendo botellas de cristal, pero el dinero que obtenía con ello era escaso y tenía que entregarlo por completo a su padre, él administraba su salario que la persona para la que su hijo trabajaba le entregaba directamente. Así que Nando tuvo que recurrir a otros ardides para conseguir algo de dinero y poder comer tanto él como su familia. Entonces fue cuando conoció a Pedro. Estaba recogiendo las botellas de un restaurante de la esquina Salomón y Pedro se acercó a él en su destartalada bicicleta. Le miró fijamente con desdén, Nando ya estaba gordito por aquella época y era algo alto para su edad. Pedro miró hacia abajo como indicándole a Nando que mirara su bicicleta.

- ¿Qué, te gusta?¿Te gustaría tener una? – Fue la primera vez que Nando vio esa sonrisa dibujada en la cara de Pedro, tan diabólica y maquiavélica...
- Sí, claro... pero no puedo... – Siguió recogiendo las botellas tímidamente, mientras Pedro seguía allí sin inmutarse, lo que hacía que Nando se pusiese cada vez más nervioso.
- No tengas miedo tío, sólo quiero que seamos amigos... – parecía sincero – estoy formando una banda y seguro que ganas más dinero que con esas botellas de mierda... – Ahora Nando ya no recogía botellas, le miraba indirectamente, escuchando lo que aquel muchacho tenía que ofrecerle. – Tu eres un tío grande, te vienes conmigo, me ayudas y nos repartimos la mercancía... ¿qué te parece? – Nando lo meditó rápidamente antes de contestar. Aquella respuesta cambió la vida del pequeño Nando para siempre y, sin saberlo, no sería la última vez que ésta diera un giro radical para él.
- Está bien... – sonrió amargamente, no tenía amigos y, aquel muchacho, podía ser lo más parecido que tendría nunca. Nando apuntó – pero tendré que seguir con las botellas o mi padre me mata.
- Bien, bien... no hay problema tío, tu sigue con tus botellas, hay tiempo para todo... – Pedro se despidió con la mano alzada sin mirar atrás, pedaleando enérgicamente calle arriba. Nando quedó allí, con una botella de cristal verde en la mano, mirando como se alejaba.

Desde entonces no hubo día que no estuviesen juntos. Nando estaba feliz, se sentía parte de algo grande, pero su familia no tardó en descubrir el secreto y recriminarle por aquel camino que había tomado. Aunque su madre quedó muy dolida al enterarse de los escarceos que su hijo hacía con la delincuencia, fue su padre el que le transmitió su pesar con fuerza y dolor. Quizá fuese a partir de ahí cuando su padre tuvo excusa para partirle el labio, romperle un brazo o llenarle el cuerpo de cardenales. Quizá fuese aquel momento el que marcó definitivamente el carácter de Nando a base de golpes. Nando seguía trabajando en lo que surgía y ayudando a Pedro en sus negocios sucios siempre que podía, él se sacaba un buen dinero y su padre quedaba contento con su dosis de alcohol diaria. Pero la situación era más bien poco sostenible, tarde o temprano tendría que tomar una decisión, no podía seguir jugando en ambos bandos. O buscaba un trabajo serio o delinquía a gran escala. Pedro le ayudó a escoger y fue a los 17 años que abandonó el lecho materno y decidió introducirse de lleno en el crimen organizado. Robos a bancos, tráfico de drogas y armas, servicios de proxeneta, establecimiento de ciertos impuestos tributarios... fue una época de desfase, de locura... él se encontraba borracho de poder. Noches de desenfreno, mujeres, drogas, alcohol, muerte... su vida se perdía entre las luces de neón de la noche y el perfume barato de las chicas de alterne. Nadie hacía nada, les respetaban, les temían... Pedro y él eran los reyes, eran más en la banda, pero eran ellos dos quienes manejaban todo el cotarro. Pero aquello no podía durar mucho, en un país pobre sólo hay sitio para la pobreza y Pedro era ambicioso, tanto o más que Nando. Así que decidieron abrir mercado en Europa. Cuando tomaron esta decisión, ambos contaban con casi 30 años. Tenían mucho dinero para invertir y aún eran jóvenes. La despedida de Nando rompió el corazón de su familia, tanto que su madre juró que si se iba y seguía con todo aquello habría muerto para ella. Discutieron, su madre lloró y él, rabioso, se marchó dando un portazo con paso firme hacia el coche en el cual le esperaba Pedro. Y se fueron a Europa. Se fueron y no volvieron jamás. Sus familias pasaron a ser poco más que vagos recuerdos que se iban disolviendo como sal en agua, dejando un horrible sabor en el fondo. Nando lloró en silencio cuando supo que su madre había muerto poco después de marcharse él. La culpa le oprimió el pecho durante mucho tiempo y, cuando dejó de hacerlo, le atormentaba noche tras noche en forma de horribles pesadillas.

La cosa no fue tal como habían planeado y pronto se les fue acabando el dinero. Ni uno ni otro iban a magullarse las manos cortando raíces. Así que dejaron a un lado el delicado trabajo de la prostitución y el tráfico de armas y drogas y fueron directamente al principio, a lo que siempre les había dado buenos resultados y dinero sin esfuerzo y rápido, al atraco a mano armada, a la violencia y al robo sin medida y sin miramientos. En pocos meses hicieron un gueto de la zona en la que vivían, ayudaban a instalarse a compatriotas suyos, extorsionaban a los vecinos para abandonar sus casas y ya empezaban a cobrar a los establecimientos de la zona para asegurarles protección. Todo iba mejorando y ya se iba pareciendo al imperio que habían dejado atrás en su ciudad natal. Ahora empezarían de nuevo con aquello que de verdad les dejaba dinero, las drogas y las mujeres. Traficar era un trabajo limpio la mayoría de las veces, no se mojaban demasiado el culo, tenían camellos repartidos por toda la ciudad y en cuestión de meses ya habían montado 8 clubes de alterne en los alrededores. Todo iba viento en popa. Nando y Pedro habían sido los reyes en su tierra y ahora lo eran en esta, se sentían conquistadores. Devolviendo la moneda al país que les oprimió siglos atrás.

Todo iba a dar un giro inesperado. Cuando se marcharon de Perú, dejaron gente allí a cargo de su negocio, los cuales le pasaban una prima vía Western Union una vez al mes. Con ese dinero iban comprando armas, droga y subsistiendo en el país. Un día hubo un retraso en el pago. No recibieron el dinero tal y como hacían siempre el primer lunes de cada mes. Tampoco lo recibieron el martes, ni el segundo lunes de ese mes. Días más tarde descubrieron que les habían trincado, la mitad habían muerto en una redada que acabó en tiroteo. Algunos se resistieron, pero quienes no estaban muertos o escondidos, estaban en la cárcel. Nando y Pedro descubrieron que no tardarían en relacionarles con el negocio. Sólo bastaba que empezasen a tirar del hilo para descubrir que tenían un negocio paralelo en Europa, entonces estarían bien jodidos. Fue época de replegar las alas y esconderse. Se paralizó el tráfico de drogas y fueron precavidos con sus clubes. No tardaría en pasar el temporal, entonces seguirían con sus asuntos.

En ese tiempo, que duró casi cuatro años, Nando conoció a una chica, se enamoraron profundamente y se casaron. Tuvieron un hijo que ahora tenía año y medio. Esa era la situación cuando Pedro se sentó a la mesa con Nando para volver a hablar de negocios en la cocina de su casa. Laura llevó al niño a su habitación y dejó a éstos hablando. Ella sabía de que iba el tema, lo había escuchado cientos de veces, lo había hablado con Nando hasta el cansancio, sabía lo que venía ahora. La policía les había perdido la pista, ya había pasado todo el tema de Perú y ahora podrían volver con sus asuntos sucios. Ella deseaba firmemente que nunca llegara ese día, había perdonado a Nando todo el mal que había ocasionado a su alrededor, incluyendo el disgusto a su madre y hermanos, pero no quería que volviese a ser el que era y menos aún con un hijo a su cargo y una familia que mantener. Laura le quería mucho y no era capaz de imaginar una vida sin él, ni a su hijo creciendo sin un padre. Ella no se quería meter, Nando sabría lo que hacer.

Pero no lo supo. Nando revivió la escena de su madre con su esposa. Los gritos, las recriminaciones, las reprimendas, los insultos... Ella le decía que no lo hiciera, que estaba echando a perder todo lo que había construido junto a ella. Le señalaba a su hijo y le decía que si no lo hacía por ella que lo hiciera por él, pero que no volviera a esa vida, que no volviera a ser el que era. Nando iba puesto, había estado probando la nueva mercancía. Eso empeoraba las cosas. La rabia y el dolor hacían que Nando apretase sus doloridos dientes en un acto de violencia y agresión que le recordó a su propio padre. Se sintió poseído por él cuando su mano descendió a gran velocidad desde lo alto, aterrizando sobre la mejilla derecha de su esposa. Tras esto se miró la mano temblorosa, aún tenía los dientes apretados rechinando y la cara roja. Se volvió invadido por la culpa y la vergüenza y la dejó allí postrada en el suelo, arrodillada y con las manos enjugando sus lágrimas. Él también lloró, pero sólo él lo supo. Una lágrima le mojó el labio mientras salía por la puerta. Mientras bajaba las escaleras oía los sollozos de Laura filtrándose por cada uno de los tabiques del edificio. Era doloroso todo aquello. Recordó su infancia, su padre, su madre... necesitaba un trago, una raya, un poco de diversión. Volvió a casa casi con el Sol, borracho y descamisado, apenas se tenía en pie. Ella le había estado esperando toda la noche. Asomándose a la ventana a cada coche que oía pasar cerca del edificio. La última vez que se asomó lo vio, era el coche de Pedro. Vio como abandonaba el lugar del conductor para ayudar a salir a Nando del coche, lo dejó en el portal y cuando se aseguró que podía seguir él solo, subió a su coche y se marchó. Cuando Nando estaba intentando meter la llave en la cerradura, Laura abrió la puerta, sorprendió a su marido en tal estado que no pudo más que sentir pena por él. Guardó las palabras que tenía preparadas para un momento en el cual él pudiera escucharlas, entenderlas, pensarlas y, como mínimo, recordarlas. Le ayudó a desvestirse, dejó que le hiciera el amor y, mientras ella miraba al techo con tristeza, dejó que el sueño se lo llevase.

Un nuevo día llegó, Laura deseaba que lo sucedido la noche anterior únicamente fuera un hecho aislado, que todo pasara de largo y pudieran seguir con sus vidas como hasta ahora. Apenas conocía a Nando 4 años, tiempo suficiente para saber cuánto lo quería. Ella no lo abandonaría, pero no podía permitir que su hijo creciera rodeado de un mundo de violencia, vicio y perversión. Luis apenas tenía dos años, balbuceaba, aún no sabía hablar. Era un niño muy avispado, pero aún estaban a tiempo para que los daños colaterales de la vida que Nando estaba a punto de reemprender no hicieran mella en la memoria del niño. Laura no podía permitir un foco de tal brutalidad en el centro mismo de su familia, Nando tenía que saber eso. Si Nando no atendía a razones Laura debería elegir entre él y el niño. La elección era clara, tendría que coger a Luis y marcharse a casa de su madre o su hermana. Pero no permitiría que Luis mamara algo más que leche materna, no dejaría que su pequeño mojara sus labios con la sangre de otros y, si se quedaban, eso es lo que haría al fin y al cabo, pues cada euro que entraba en casa provenía de la extorsión de algún comercio cercano o de algún tipo de tráfico ilegal, por no hablar de la sangre derramada en pos de un negocio sin obstáculos ni complicaciones. Nando tenía las manos tan manchadas de sangre como Pedro, como cualquiera de sus colegas de la banda. No necesitaban más dinero del que tenían. Podían incluso plantearse la opción de crear un negocio propio ajeno al mundo de las drogas y la prostitución. Algo sencillo, sin complicaciones. Tenían el dinero y, si lo invertían bien, podría salir redondo. Un negocio honrado y, sobre todo, legal. Sin muerte, sin violencia...

Laura vivía en su quimera particular. Cada día deseaba y deseaba que Nando se alejara de aquel mundo, pero su deseo era proporcional a las borracheras que su marido se agarraba. Todos los días amanecía con resaca del día anterior, apenas comía algo y se marchaba de nuevo, cada noche la misma historia. Siempre quedaban en uno de sus clubes, su favorito, el “Pantera” y allí se emborrachaban mientras veían a sus chicas bailar y contonearse, trabajándose a los clientes. Disfrutaban del espectáculo, de vez en cuando pasaba alguna chica por delante y Nando alargaba la mano y palmeaba con un golpe seco su trasero. Se sentía el rey, junto con Pedro. Habían vuelto a conseguirlo, eran los amos. Pasaron muchos días, semanas, meses... y todo iba a peor. Era una rutina, Nando se iba resacoso y venía caliente y borracho. Ella se quedaba en casa, ocupándose de Luis, limpiando, cocinando y preocupada. A veces, cuando su ejercicio diario establecido mecánicamente se detenía, pensaba y eso no era bueno. Normalmente lo hacía en el baño mientras orinaba, lejos de la mirada de su hijo. Lloraba silenciosamente, escondida en su pequeño espacio privado. Su pequeña cueva de azulejo, sin Nando y sin Luis, sin toda la mierda que rodeaba su mundo ahora. Allí se sentía segura, unos minutos dentro del cuarto de baño y salía reconfortada, dispuesta a seguir luchando hasta que la dejaran KO. Pero tendrían que golpear duro, no permitiría que la situación le ganara, no lo permitiría. No dejaría que su hijo saliera perjudicado de todo esto. Y lo más importante, no podía abandonar a Nando, tenía que ayudarle. Así que empezaría por lo básico. Sería difícil hablar con él. El trato con su marido era pésimo cuando se levantaba con la resaca dándole martillazos en la cabeza y peor aún cuando volvía a casa borracho. Sólo había un día en toda la semana en la que podría encontrarlo al menos unas horas despejado. Los domingos solían ir a misa, Nando era muy devoto y, paradójicamente, Dios estaba por encima de todo y de todos. Nando no se arrodillaba ante nadie excepto su buen señor. Llevaba una cruz de oro de 18 quilates colgando del cuello, la mostraba sin pudor con el pecho descubierto. Él era católico y, ante todo, un buen cristiano. Así se calificaba así mismo. Un buen cristiano hijo del buen señor. Laura sabía que Dios nunca les había fallado y no lo haría esta vez. Él les ayudaría a superar esta mala racha. Así que se puso manos a la obra y oró, oró día y noche esperando que sus súplicas fuesen escuchadas. Pedía a Dios que alejara a Nando de aquel mundo y que no permitiera que la familia que habían creado cayese en desgracia por aquello. Pedía a Dios que Nando bebiera menos aquella noche, que no volviera borracho a casa, que no le pegara, que no le gritara, que no le arrancara las bragas con violencia para luego violarla brutalmente. Ella pedía y, algunas noches, Dios la complacía y Nando sólo era capaz de tirarse sobre la cama y dormir a pierna suelta. El alcohol no había ayudado a la salud de Nando y su obesidad era mórbida, cada vez se movía con mayor dificultad y le costaba horrores respirar, quizá 30 cigarrillos al día tuvieran algo que ver. No pasó mucho tiempo hasta que Nando tuvo su primer aviso, una señal. Antes de salir de casa, una noche de Abril de esas que te azotan la cara con la brisa fresca de primavera, Nando cayó de rodillas al suelo agarrándose con fuerza el vientre y aullando de dolor, pero el dolor era algo difuso, también provenía de atrás, los riñones. El médico le dijo que no podía tener trabajando sus riñones a destajo, necesitaban un descanso o la próxima vez sería aún peor. Nando bajó el ritmo durante las primeras semanas, incluso había días en los cuales no bebía, pero no tardó en volver a las andadas, otra vez la misma historia de todos los días. Aunque ahora ya apenas hacía el amor con ella debido a sus problemas de espalda, seguía dándole alguna que otra paliza sin motivo entre gritos e insultos. Pero la frecuencia había disminuido. Laura daba gracias a Dios por ello, y por haber impedido que Nando llegara a tocar a su hijo Luis. Parecía que no estaba tan mal, aún podía tener remedio. Ella nunca perdió la esperanza, siempre tuvo fe en que saldrían de aquella. El momento que ella consideró oportuno para despertar definitivamente a su marido de aquel ensueño etílico fue la noticia de un bebé en camino, estaba embarazada. Hubiera querido decir que aquello era fruto del amor que se profesaban, pero más bien fue el producto de una de sus violentas embestidas sexuales. Estaba de mes y medio. Cuando Laura le dio la noticia a Nando, éste doblo la boca en una mueca de amargura e intentó sonreír, pero no pudo. No dijo nada, agarró su abrigo y se marchó. A la mañana siguiente no apareció por casa. No fue hasta bien avanzada la tarde cuando Pedro apareció por casa arrastrando a Nando. Aquella fue la cogorza más grande que Laura jamás había visto se pillase su marido. Pedro iba sobrio o quizá lo parecía en comparación con el otro. Entre los dos lo echaron sobre la cama, le dejaron dormir. Entonces Pedro se sentó en la mesita de la cocina, lejos del niño y lejos de su amigo. Invitó a Laura a sentarse a su lado y hablaron.

Laura hubiera esperado que Pedro le hablara con dulzura y comprensión, era amigo de Nando y sabía por lo que estaba pasando su familia. Para su sorpresa, no fue así. Lo único que recibió de Pedro fueron unas duras amenazas que hicieron que Laura se echara a llorar acorralada en su espacio de la cocina.

- Vamos a ver mujercita – había dicho – si no dejas en paz a Nando con esa mierda de una familia unida y demás, Nando no se tendrá que preocupar porque ya no habrá familia, ¿entiendes guapita?
- Pero que... – asustada se echaba hacía atrás, apenas había tratado con Pedro, pero sabía que era un hombre mucho más frío que Nando. No se andaba con tonterías.
- No quiero oírte abrir la boquita esa que tienes – Pedro acercó su mano a la cara de Laura y con tres dedos apretó sus labios con firmeza – si vuelvo a ver a Nando con alguna movida de estas... estás muerta, ¿entiendes? Esto no es bueno para el negocio y, si no es bueno para el negocio, no es bueno para mi. Mueve la cabecita si me has entendido puta. – Y Laura asintió entre sollozos y lágrimas, asustada y con la congoja agarrándose a su garganta. Entonces Pedro se levantó, acercó su cara a la de Laura y antes de separar su mano le pasó la lengua por la mejilla. – Sabes a putita, no me obligues a comprobar como te sabe el resto. De esto ni una palabra a Nando, si abres la puta boca... será lo último que hagas. – le soltó la cara y se dirigió hacia la salida con aire de superioridad, con lentitud y paso chulesco – Por cierto – dijo volviéndose – nada de policía, ni jugarretas raras. Y ni se te ocurra irte de aquí o te buscaré. – Atravesó la puerta de la entrada y desapareció. Se oían sus zapatos en las escaleras. Cuando dejó de oír sus pasos, Laura reaccionó, se quedó allí sin moverse, llorando durante largo tiempo.

Después de aquel enfrentamiento a Laura le surgió un gran dilema. Ahora tenía en su mano la posibilidad de que Nando dejara por completo aquella vida, si le contaba lo que Pedro había hecho seguro que se ponía hecho una furia y daba carpetazo a todo lo que tanto amenazaba la integridad familiar. Aunque Pedro fuera su amigo, no podía permitirle una amenaza de tal calibre. No permitiría que le pasase nada a su familia. Nando iría a hablar con Pedro y le diría que todo se había acabado, que quería su parte del negocio y que se buscara otro socio, que lo dejaba para ser un hombre respetable por la sociedad del país que le había dado acogida. Laura sabía que también cabía otra posibilidad, que no dijera nada. Si abría la boca ponía en peligro no sólo su vida y la del pequeño Luis, sino también la del bebé que llegaría en pocos meses. Era una situación difícil que se complicaba a cada momento. Sabía que Pedro era capaz de cumplir lo que había dicho y mucho más. Pedro había enterrado años atrás sus remordimientos y la capacidad de generarlos, había derruido toda la bondad que pudiera quedar en él. Sólo Nando le tocaba un poco la fibra sensible, pero no como un hermano o un familiar muy allegado, sino como una extensión de su propio cuerpo. Siempre era Pedro el que daba la orden y Nando el que movía ficha. A Laura se le ocurrían otras formas, pero Pedro había sido muy claro, nada de policía, nada de marcharse y abandonar la casa. Sólo podía aguantar y dejar que todo pasase con el menor dolor posible. Era eso o arriesgarse a morir y poner en peligro a los suyos. Laura sabía que si se marchaba irían a buscarla a casa de su madre primero y a la de su hermana después, pero lo harían dejando huella, no dejarían a nadie con vida, arrasarían todo a su paso sin importarles lo más mínimo que se tratase de vidas humanas. Acabarían con toda su familia y luego, cuando la encontraran, porque lo harían, la matarían a ella, a Luis y al feto que llevaba en su vientre. Pedro no dudaría en exterminar la descendencia de Nando, ya le procuraría otra hembra más acorde. Como si lo estuviera viendo, Laura tenía la mirada fija en el techo de la cocina, imaginando la situación, las reacciones de Pedro y Nando ante todas las posibilidades para salir de aquel infierno. Ninguna elección era factible, no había opción buena. Alguien perdería con cualquiera de las decisiones que ella llegase a tomar, excepto con una: seguir aguantando las palizas de su marido cuando volvía borracho a casa, darle a Luis una educación entre los peores valores humanos, dejar que el bebé crezca en su vientre y llevarle por el mismo camino que su hermanito. Laura sólo podía seguir viviendo en el infierno hasta que Dios se apiadase de su familia y le diera una salida. Cualquier cosa sería mejor que aquello. Mucho mejor.

Nando se despertó, comió vorazmente y se marchó. Su mujer no dijo nada. Tuvo que morderse los labios para no hacerlo. Cuando su marido abandonó el edificio, estaba Pedro esperándolo abajo. Subió al coche y se fueron. Otra noche más. Laura no sabía cuanto aguantaría así. Se desvaneció en sus pensamientos hasta que Luis empezó a gritar entre risas, volvió en sí y se acercó a su niño. Estaba en el parque con sus juguetes de colores, riendo, ajeno a lo real.

Cuando Nando subió al coche de Pedro, este le recibió con una sonrisa. Esa noche iban a celebrar algo gordo, estaba contento.

- ¿Qué pasa Nando? ¿Cómo va esa resaca? – hablaba con los dientes apretados, con el puro bien agarrado – Ayer te pillaste una buena, je je...
- Sí, fue una mierda de las buenas... – se tocó la cabeza e hizo una mueca de desazón.
- Ayer estuve hablando con tu mujercita y le expliqué como está el tema. Parece que lo entendió bien, es una buena mujer. – Aunque Pedro hablaba con suma ironía, Nando no captó el tono delator.
- Sí que lo es. A veces me saca de quicio... pero el negocio es el negocio... – agachaba la cabeza, él sabía que de resaca podía llamarla buena esposa con más facilidad que puta de mierda, que eran las palabras más comunes cuando llegaba ebrio a casa.
- Claro tío, eso le dije yo y bueno, hablando se entiende la gente... je je... es una buena tía – y siguieron en silencio hasta que llegaron al club.

Al llegar tuvieron el recibimiento de las chicas, les adoraban. Hoy celebraban el triunfante restablecimiento del negocio, pero además Pedro estaba especialmente contento porque había conseguido un buen contacto dentro de la policía y las preocupaciones ahora eran menos. Por fin podrían relajarse un poco y mover cuanta mierda quisieran por las calles y en sus clubes. Así que esta noche el “Pantera” se había transformado con más razón que nunca en un club privado. Había gente importante entre los invitados. Grandes empresarios de la capital, sus mejores camellos, sus mejores chicas, algún que otro contacto de las altas esferas, sus chicos más allegados de la banda... y Bobby. Esa era la gran sorpresa de la noche, Roberto había venido de Perú. No sabían nada de él desde la redada cuatro años antes. Nando lo abrazó. Realmente era una gran sorpresa. Aunque los jefazos eran él y Pedro, Bobby había tenido una muy buena relación con ambos, especialmente con Nando, quién sugirió dejarle al mando allá en Perú. La cosa no salió bien, pero ahí estaba Bobby, con alguna cicatriz pero vivo y con ganas de seguir negociando en este país. La noche transcurrió grandiosa entre chistes, anécdotas e historias para ponerse al día acerca de sus vidas. Les contó cómo trincaron a la gran mayoría aquella noche en el club “Canela”, cómo algunos se escaparon y cómo otros cayeron delante suyo acribillados por la policía. Les contó que todo fue muy rápido y no pudieron reaccionar a tiempo. Contó que a él le pillaron cuando estaba llegando a su casa, tenían un buen chivatazo. Entre risas y lágrimas pasó la noche, volaba el alcohol y la coca, las chicas sentándose en sus regazos y acariciándoles el pecho. Pedro apenas bebió, pero se reía como el que más. Nando había bebido pero la alegría no le dejaba pasar del punto y tenía una borrachera limpia como hacía tiempo que no tenía. El más ebrio de los tres era Bobby, sus ojos vidriosos se entornaban, reía sin parar casi hasta atragantarse, palmeaba las nalgas de sus chicas, estaba contento, se le veía bien. La noche fue dando paso al día, la fiesta se terminaba y apenas quedaban invitados. La mayoría de las chicas se habían retirado para ser un bocado fresco al día siguiente. Apenas quedaban los tres amigos, un par de chicas y un camarero. Pedro les dijo a las chicas y al camarero que ya se podían ir y se quedaron los tres solos. Pedro entre risas, les invitó a levantarse. Bobby casi no podía caminar de la borrachera, Nando le ayudó a mantenerse dándole apoyo. Se dirigieron hacía la puerta de atrás, Pedro había ordenado al camarero que cerrara la puerta principal con llave al salir. Llegaron al almacén, Pedro iba un poco por detrás de Nando y Bobby. Al cerrarse la puerta tras ellos, un sonido sordo sobrecogió a Nando. De repente, Bobby se encogió en un espasmo llevándose las manos al vientre. Levantó las manos al tiempo que se volvía a oír el sonido sordo, las tenía llenas de sangre. Nando vio a Pedro con la pistola en la mano, con su cara inexpresiva, con la frialdad característica de un asesino. Disparo varias veces más. El cuerpo de Roberto cayó sin vida sobre el suelo del almacén. Pedro abrió la puerta que daba al exterior desde el almacén y allí estaban esperando Fran y José, dos de los allegados de la banda. Todo había estado perfectamente calculado, ambos cogieron el cuerpo y se lo llevaron. Una rápida eliminación de pruebas incriminatorias. Les dio el arma y se marcharon con el cuerpo de Bobby en el maletero. Nando aún estaba atónito, con la boca abierta, con la cara blanca. Pedro lo vio y le dirigió una sonrisa.

- Era un chivato. – y volvió al club para echarse una copa.

Más tarde, Nando supo que fue Bobby quien traicionó a sus compañeros en Perú, ocasionando tantas muertes y encarcelamientos. Fue un infiltrado desde el principio, les siguió el juego para llegar hasta Nando y Pedro. Cuando terminó el tema de Perú, Bobby pensó que había perdido la oportunidad de incriminarles, se perdió el enlace con Europa, pero al reemprender el negocio, Pedro había echado mano de algunos contactos en Perú que, por supuesto, Bobby tenía constantemente vigilados. Cuando llegó y le contó a Pedro lo que había pasado este no le creyó, pero disimuló. Pedro ya sabía quien era Bobby, lo que había hecho y lo que pretendía hacer. Así que Pedro había movido algunos hilos en Perú para hacer creer a Bobby que era él quien tenía el control, siendo, como se vio, totalmente al contrario. No obstante, a Nando le supuso un duro golpe. A pesar de quién fuese Bobby, Nando le apreciaba como a un hermano y sintió su muerte. Aquel fue el primer indicativo de que algo no iba bien, quizá su mujer tuviera razón. Pedro era un hombre despiadado, mucho más que él y esta última faena no le gustó nada. Este pensamiento le revolvió las tripas.

Esperó que Pedro acabase su copa. Había estado prácticamente toda la noche sin beber para llevar a cabo su perfecto plan. Ahora se bebía la copa del ganador, la del trabajo bien hecho. Nando aún podía ver la sombra de los matones de Pedro abriendo la puerta de atrás, con sus gafas de sol y su pelo cortado al cepillo. Sus camisas encorbatadas y sus chaquetas de cuero. Pero sobre todo, la seriedad y frialdad tan característica del mismo Pedro, que solamente sonreía cuando a su mente venía algún pensamiento retorcido. Enfrascado en esta última idea, fue el mismo Pedro el que lo sacó de su ensoñación.

- Nos vamos... – y le guiñó un ojo en un gesto de complicidad. Nando miró el suelo, la zona en la que Roberto murió, había un pequeño charco de sangre. Pedro se percató de esto. – No te preocupes, ya lo limpiarán los chicos más tarde.

Nando no habló en todo el trayecto, de hecho no había vuelto a abrir la boca desde que Pedro disparara traicioneramente a Bobby. Se montó en el coche, fumó un par de cigarrillos seguidos en el trayecto a su casa. Los efectos del alcohol ingerido durante la noche habían pasado, desaparecieron en lo que dura un disparo, el que mató a su amigo. Aunque fuera un traidor no podía evitar sentir cierto cariño por él, habían pasado muy buenos momentos juntos y él no creía en absoluto que todos ellos fueran parte de un elaborado plan. Pedro se dio cuenta de lo callado que estaba Nando, a Pedro no se le escapaba nada, no pasaba por alto ni un detalle. No dijo nada. Llegaron a la puerta de casa de Nando, su mujer ya no le esperaba despierta, era una pena, hoy vería que no llegaba como siempre. Bajó del coche y no se despidió de Pedro, este le dijo algo y Nando tan sólo levantó la mano sin volverse indicando aceptación. El ruido del motor se perdió calle abajo. Abrió el portón y subió a casa. Eran las siete y media, pronto Laura se levantaría y haría el desayuno para ella y Luis. Abrió la puerta del piso silenciosamente, no quería despertar a su familia, no deseaba en absoluto que su mujer anduviera con preguntas, ahora no. Llegó a la habitación y sin encender la luz, con los escasos hilos de Sol que se adentraba por las rendijas de la ventana, se desvistió y se metió en la cama. Laura se movió un poco, se había despertado. Se sorprendió de la quietud de su marido. Ella simuló estar dormida para que su marido no le pegara, él simulo estarlo para evitar las insidiosas preguntas y reproches de siempre. Estaba lo suficientemente sobrio para saber que ya tenía bastante violencia por hoy.

Nando apenas pudo dormir, daba vueltas en la cama atormentado por las pesadillas y la imagen de Bobby acusándolo de haber permitido su muerte. Se sintió culpable y avergonzado una vez más. Se levantó temprano, se fumó un cigarro abstraído en sus pensamientos, desayuno-comió y se duchó. Laura siguió todo el ritual y había algo inusual, Nando se comportaba aquel día de manera extraña. No parecía resacoso, no parecía agresivo... pero en cambio lo vio preocupado. En alguna ocasión, mientras comía apenas sin apetito, cosa rara en él, ávido comensal, Laura había notado que se detenía e intentaba dirigirse a ella, entonces se frenaba y daba paso a otra engullida para evitar hacerlo. Fue al salir de la ducha, con el albornoz puesto y sentado en el borde de la cama, mirando sus manos desnudas, mojadas, cuando Laura decidió acercarse a pesar del riesgo y le dedicó, por vez primera en muchísimo tiempo, una muestra de cariño. Le acarició la espalda suavemente, se oía al niño jugar en la cocina. Entonces le preguntó.

- Cariño... – vaciló un momento, intentando escoger adecuadamente las palabras - ¿estás bien? Te noto algo preocupado, ¿ha pasado algo? – Nando le miró con cara de cordero degollado, los ojos vidriosos y las facciones apagadas.
- ¿Te acuerdas de Bobby...? El era muy buen amigo allá en Perú, creo que te hablé de él ¿no? – utilizaba un tono totalmente inexpresivo, carente de emoción.
- Si, me acuerdo de él... el que estaba en la cárcel... – se puso delante de su marido en cuclillas y le miró a los ojos, directamente a la cara, era un enorme desafío pero no sentía que en ese momento estuviese ante un asesino o un violador, más bien sentía que estaba ante un niño dolido.
- Está muerto... Pedro le ha matado... estuvo ayer en el club y... Pedro... – Nando se echó a llorar, se inclinó hacia Laura y lloró sobre su hombro abrazándola con fuerza. No podía hablar...

Estaba totalmente compungido y descompuesto, no contaba con aquello. Laura tampoco contaba con aquel derrumbamiento de su marido, un hombre al que temía y por el que ahora sentía lástima. No hay cosa más triste para un hombre tan poderoso y respetado como el desplomarse hundido ante aquellos que le temen. Si Laura quería persuadir en algún momento a su marido de que dejara aquella vida y que renunciara a los asuntos sucios de Pedro, aquel era perfecto. Ahora su marido era vulnerable y Laura podía aprovechar aquella debilidad para contarle a Nando la charla que Pedro le había dado el día anterior, contarle cómo la había amenazado si le contaba algo o se movía de allí... pero aún dudaba, primero dejaría que su marido se desahogara, que descargara todo ese pesar que llevaba dentro. Fue en aquel momento cuando Nando se acordó de su madre, de lo que pudo ser su vida lejos de la violencia, de cómo Pedro se acercó a él cuando recogía botellas y le ofreció un negocio, de cómo se fue metiendo hasta convertirse en lo que más odiaba: su padre. Todo fue gradual pero rápido. Laura preparó café mientras su marido se vestía, daba vueltas por la cocina, estaba nerviosa. Se lo contaría ahora, era ahora o nunca, tenía que arriesgarse. Nando salió de la habitación lentamente, abotonándose sin bravura los últimos botones de la camisa. Se sentó a la mesa y dio un sorbo al café, fue como un hálito de vida, era reconfortante el sabor del café, el calor atravesando la garganta, aquella sensación le hizo sonreír. Fue la señal que necesitaba Laura. Se sentó a su lado y le cogió una mano. Respiró profundamente y entonces empezó a hablar. Le contó todo, desde el momento en que Pedro y ella lo dejaron en la cama durmiendo la borrachera más grande que jamás se hubiera pillado Nando. Hasta que Pedro le agarró la cara y la amenazó de muerte a ella y a toda su familia. Nando sabía que Pedro había hablado con Laura, él mismo se lo contó, pero desconocía los sucios detalles que su esposa le revelaba en estos momentos. Laura temblaba al recordar lo sucedido, no hacía ni dos días que había sucedido todo aquello, tenía una imagen muy fresca en su cabeza, muy vívida. Nando, por primera vez empezó a darse cuenta de toda la mierda que lo rodeaba. Pero tenía la semilla del mal muy adentrada en su interior, no concebía que Pedro hubiese tocado un terreno tan íntimo como era el de la familia de su propio socio, su hermano casi. Se conocían desde hacía más de veinte años. Podía imaginar a Pedro tal como lo describía su mujer, pero no con ella. No era capaz de ver a su socio hablándole así a su esposa. Nando no quería oír, se empezó a alterar. Llamó a Laura mentirosa. No podía ser decía. Laura llorando seguía contándole a Nando todo lo que había pasado, que pensara en Luis y en su hijo nonato, en su familia. Nando no pudo aguantar oír todo aquello y se levantó negando con la cabeza. Laura le siguió con las lágrimas mojándole el jersey, no se las enjugaba. Nando cogió la chaqueta de cuero marrón del respaldo de la silla y se la puso casi en un mismo gesto. Su esposa gemía y sollozaba tras él. Con paso firme abrió la puerta y la cerró tras de sí, Laura se arrodillo de espaldas a esta al otro lado. Nando se quedó un momento quieto, de frente a la escalera y con la cabeza gacha. Fueron unos segundos. Luego se marchó. Hacía días que no cogía su propio coche. Abrió su BMW con clic y, una vez dentro, arrancó y se fue. Laura lo oyó apoyada en la puerta. Temblaba, empezó a brotar el germen del terror. Las cartas estaban echadas y no pintaban bien.

Lo que pasó a continuación fue una cadena de terribles desdichas, fruto de las más desafortunadas decisiones y de la casualidad más abrumadora. Nando, había cogido el coche que hacía tiempo tenía intacto en la puerta de casa, Pedro tenía la costumbre de ir a buscarle cada día para luego dirigirse al “Pantera”. Pero Nando no fue al club, ni en busca de Pedro a su casa, necesitaba pensar y se alejó unos kilómetros de la ciudad. Tenía que oír sus pensamientos y decidir hacía donde dirigía sus pasos a partir de aquel momento. Pedro no sabía nada y, cómo siempre, fue a casa de Nando. A los cinco minutos de esperar a éste en el portal y, apreciando que su coche no estaba donde siempre, paró el motor y subió en busca de respuestas. Al llamar a la puerta se hizo el silencio, una quietud más que sospechosa. Nadie abría, pero Pedro sabía que Laura estaría allí y, si no abría la puerta era porque algo raro pasaba. Así que llamó varias veces más y alzó la voz llamando a Laura e instándole a que le abriera. Mientras ya había desenfundado la pistola y estaba colocándole un silenciador. Es posible que no la utilizara, quizá se bastase con sus manos enlatadas en aquellos guantes de cuero, pero prefería no pasar por alto nada, no podía cometer ningún error. Laura oía los gritos de Pedro y aprovechó para esconder en el armario de la despensa a Luis y coger un cuchillo de cocina, el más grande que tenía. Pedro acabó tirando la puerta abajo. Laura gritó y se abalanzó sobre Pedro, este disparó por primera vez al estómago de Laura, que dejó caer el cuchillo y se agarró con pesar el vientre. Su hijo no nacería. Pedro la interrogó, pero apenas hizo falta que Laura le dijese nada para saber que es lo que había pasado. Nando entró en el club y no vio a Pedro. Entonces empezó a preocuparse y rápidamente arrancó el coche y salió a escape hacia su casa. En ese momento Pedro volaba la cabeza de Laura, justo después de obligarla a ver como se la reventaba de un balazo al pequeño Luis. Mientras Pedro salía de casa limpiando el arma y sus manos salpicadas de sangre con un paño de cocina, a Nando aún le quedaban cinco minutos para llegar a la escena del crimen. Pedro arrancó su coche y se fue hacia el club, se cruzó con Nando cuando este casi estaba llegando a casa y le obsequió con una de sus malévolas sonrisas. Nando tragó saliva. Al llegar dejó el coche sobre la acera frente al portal, lo dejó en marcha y subió corriendo al piso. No había tiempo para minucias. La puerta estaba forzada y entreabierta. Empezó a jadear y la congoja le aprisionó la garganta. Su mujer y su hijo muertos, el pequeño Jonatan ya no nacería tampoco. La sangre salpicaba la mesa de la cocina, el suelo... y la ira disipó la congoja de Nando en un grito ensordecedor, el llanto acudió a él y se arrodilló abrazando a su familia muerta. Ahora no podía pensar, ahora no podía hablar... solamente quería matar. Quería matar a Pedro por todo aquello, una persona capaz de hacer algo así no merecía vivir. No lo merecía en absoluto. Tanteó su pistola en el cinto asegurándose que la llevaba, se enjugó las lágrimas con el brazo y rápidamente se dirigió hacia el coche. Pedro le estaría esperando en el club, no le cabía la más mínima duda. Estaría tomándose una copa, siempre lo hacía después de manchar sus manos con la sangre de otros, era como un ritual. Nando había ido al club para hablar con él y proponerle amistosamente un cese de la sociedad, habría sido duro para Pedro, llevaban toda la vida juntos, pero esperaba que lo comprendiera, él tenía una familia y no quería exponerla a los peligros de aquella vida, no quería exponerlos a la muerte, muerte que Pedro había provocado. Ahora a Nando no le quedaba nada, nada... todo aquello por lo que hubiese querido luchar y estar vivo yacía inerme en el suelo de la cocina. Su madre murió por su culpa y ahora su mujer y sus hijos, la vergüenza y la culpa le consumían por dentro y se mezclaban con la rabia y el dolor. Mientras iba de camino hacia el club sólo podía ver la sonrisa de Pedro cuando se cruzó con él de camino a casa, no tenía sentimientos, era un loco cabrón hijo de puta sin los más mínimos escrúpulos. Merecía morir se repetía una y otra vez Nando. Pero algo en su interior le contradecía, le decía que ya estaba bien, ya se habían sucedido demasiadas muertes a su alrededor, demasiada sangre derramada y demasiada violencia Era un pensamiento camuflado en la voz de su madre y, al mismo tiempo, en la de su mujer. Era como si le hablaran desde el otro lado, como si Dios hablara a través de sus voces en su cabeza. Se repetían en su mente una y otra vez las palabras de las dos mujeres más importantes de su vida. Ya era hora de dejar ese camino de perdición del que tantas veces su madre y esposa habían querido apartarlo. Ahora oía como sus voces retumbaban en su cabeza. Pedro merecía morir, pero Nando no era juez ni verdugo. Y entre lágrimas y dientes apretados intentando contener la ira, Nando se debatía entre la idea de matar a Pedro y la de dejarle vivir. Si le dejaba vivir no saldría impune de aquello, él también tenía contactos y sería difícil, si movía los hilos necesarios, que escapara de una larga condena que no le permitiría ver la calle en varios siglos, moriría entre rejas. Pero la tentación de acabar con la vida de aquel desgraciado que creía amigo suyo era mucho mayor que la de saber que vivía cómodamente entre cuatro paredes siendo respetado y sobornando a todo el mundo a su alrededor para vivir como un señor. Era temprano aún, el club estaba cerrado para los clientes a esa hora. Pronto abriría. El portero ya estaba en la puerta, saludó a Nando educadamente y le abrió la puerta. Nando agarró el arma y se dirigió hacia el final de la barra, el sitio que siempre escogía Pedro para saborear la copa de la victoria. Extendió el brazo mientras caminaba con decisión hacia donde Pedro estaba. Éste no se inmutó, alzó la copa y bebió un trago. Allí estaba, impasible, como si no hubiese pasado nada. Nando acercó el arma a la sien de Pedro. La apretó firmemente contra su cabeza. Deseaba con todo su corazón esparcir los sesos de aquel hijo de puta por toda la barra. No habían llegado los camareros y las chicas estaban arriba dándose los últimos retoques. Estaban solos.

- ¿Qué vas a hacer? ¿Matarme? Je, je... – Pedro esbozó su típica sonrisa y dio otro trago. – Pero hombre Nando... te acabó de librar de las cadenas de esa zorra...
- Eres un maldito... – amartilló la pistola, estaba a punto de desbordar su ira contenida.
- Pero Nando hombre... hermano... esa tía quería separarnos... – No daba ni una muestra de miedo o inseguridad, Pedro no estaba en absoluto nervioso y contaba con poder contener a Nando. – No te preocupes por la sangre y los cuerpos... mis chicos se encargarán de todo... venga tómate una copa.
- Pero... ¿qué coño estás diciendo? ¿Qué no me preocupe? ¿Te acabas de cargar a mi familia? Eres un... – Nando lloraba ahora y escupía al hablar. Se debatía entre su demonio y su ángel particular. Cerraba los ojos y veía a su esposa y su hijo sobre un charco de sangre. Apretaba el arma contra la sien de Pedro. El gatillo atraía su dedo como un imán. Y disparó... ¡Pum!

La bala hizo estallar una botella de JB al otro lado de la barra. Nando asestó entonces un golpe con la culata del arma contra la nuca de Pedro. Lo dejó inconsciente. En un momento de lucidez vio el rostro de su mujer diciéndole que le perdonara la vida, que no fuera como aquel que le quitó la vida. El portero entró rápidamente, pero Nando le dijo que estaba todo bien y que saliera de nuevo a vigilar la puerta. Antes de que llegara nadie cogió el cuerpo inconsciente de Pedro y lo llevó hacia el almacén. Lo ató y lo amordazó bien. Entonces cogió el coche y lo llevó a la puerta de atrás, la del almacén que lleva a un pequeño callejón y por la cual días atrás sacaron el cuerpo de Bobby. Se echó el cuerpo de Pedro sobre el hombro como si fuese un saco de patatas y lo depositó en el maletero. Tenía a Pedro y tenía el arma homicida con el que había masacrado a su familia. Nando escribió una carta, movió hilos en las altas esferas, estableció contactos con amigos policías y abogados... en un par de horas Pedro estaba detenido y Nando podía seguir impune a la justicia con una nueva identidad y lejos de la vida que había llevado hasta entonces. Tenía mucho dinero así que por una vez hizo caso a su mujer y decidió probar con una nueva vida, aunque ahora fuera tarde para ella. Nando desapareció mientras Pedro era procesado junto con la gran mayoría de sus secuaces, cerraban los clubes y acababan con el negocio de las drogas. Nando cambió de ciudad, de nombre y de vida.



- Dime ¿cómo te sientes? – La doctora preguntaba con interés a su paciente.
- Bien, creo que bastante mejor... – Raúl llevaba ya varios meses acudiendo a la terapia de la doctora Ramos.
- Pues Raúl, creo que no necesitas más sesiones, con esto yo creo que ya es suficiente... ¿qué me dices? – Silvia le dedicó una sonrisa a Raúl, habían sido más de siete meses de intensa terapia.

Raúl había acudido a Silvia Ramos, doctorada en psicología y con conocimientos profundos de hipnosis. Al principio, Raúl solamente quería solucionar ciertos problemas con Nora, su novia. Al acudir a la doctora Ramos se dio cuenta que el problema era mucho más grave de lo que él creía. Cuando su novia le recomendó que visitase a un profesional, lo hizo con intención de que Raúl calmase su ira, sus injustificados arrebatos violentos y su admiración por la muerte. Además sentía que Raúl actuaba siempre como pidiendo perdón, se sentía culpable y avergonzado por todo. Nora no podía soportarlo y Raúl no entendía porque se comportaba de tal manera. No llevaban mucho tiempo juntos, quizá un par de años, pero lo bastante como para que el tema preocupara bastante a la pareja que ya estaba haciendo planes de boda. Cuando acudió a la psicóloga, ésta no encontró a priori el causante del problema del chico, sometió a varias entrevistas tanto a Raúl como a Nora y les realizó numerosos test, pero todo en apariencia era normal. Raúl actuaba de forma muy incoherente consigo mismo, era como si tuviese dos personalidades viviendo dentro de sí, pero tuvo que descartar la esquizofrenia por la falta de síntomas relacionados. Así que, después de mucho batallar con su paciente para intentar entrever la causa de su mal, decidió probar con la hipnosis. Al contrario de lo que la gente cree, la hipnosis no consiste en establecer un control absoluto sobre el paciente de modo que este pierda su total voluntad, ni es una terapia en si misma. La hipnosis es una valiosa herramienta que, como en el caso de Raúl, ayudado con el psicoanálisis y otras técnicas, puede potenciar los efectos beneficiosos de las mismas. La doctora Ramos era miembro de la Sociedad Española de Hipnosis Clínica y Experimental y tenía varios diplomas de diferentes escuelas de hipnosis de toda Europa. Además había trabajado y colaborado en diversos talleres de Madrid y Barcelona de Regresión hipnótica junto con el prestigioso Brian Weiss. Raúl dio con ella casi por casualidad, no hacía mucho que había montado la clínica en el centro mismo de Madrid y a pesar del prestigio que la precedía, sus consultas no eran excesivamente caras. No obstante, Raúl no era una persona a la que le faltase el dinero, tanto por su trabajo como por la familia de la que descendía, así que agradeció que Silvia Ramos fuera de las mejores, costara lo que costase.

Antes de empezar con las primeras sesiones, Silvia le explicó en que consistía la hipnosis, el tipo de terapia que iba a utilizar y como funcionaba el tema de las regresiones. Raúl mostró su escepticismo abiertamente cuando la doctora Ramos le explicó qué era eso de las regresiones. Le dijo que a través de la hipnosis podía llevar a Raúl a recordar cosas de forma muy nítida de otras vidas anteriores. La doctora le avisó que ella no creía mucho en ello, tenía un pensamiento muy similar al de Brian Weiss, pero que a pesar de no creer, utilizaba la técnica porque en lo que sí creía era en los resultados que parecían casi milagrosos en algunas ocasiones. Ella se quedaba con el hecho de que consiguiera curar ciertas enfermedades que habían sido somatizadas. Las personas que se sometían a las regresiones hipnóticas afirmaban que revivían momentos de una vida pasada y que este acto de revivir momentos tan duros como la muerte o algún otro hecho de carácter traumático les liberaba de la enfermedad que normalmente estaba relacionada con esa vida anterior. Silvia le contó unos cuantos casos al respecto. No podía pasar por alto el caso de aquel hombre que tenía un tremendo dolor en el pecho y que, tras acudir a especialistas y comprobar que los médicos no podían establecer ninguna explicación a su dolor, acudió a un profesional regresionista y lo que pasó fue sorprendente. Revivió momentos de una vida anterior en la cual él era un soldado de la primera guerra mundial. En un enfrentamiento al descubierto con el enemigo, este hombre se encontró frente a frente con un soldado oponente y recibió una dolorosa ráfaga de disparos a menos de un metro. Esa ráfaga fue la que le mató. Lo sorprendente del caso es que los disparos los recibió en el pecho, justo donde a él le dolía. Una vez fuera del trance hipnótico, este hombre se levantó de la camilla totalmente curado y nunca más le volvió a doler el pecho. Historias como esta hay cientos, quizá miles, algunas de ellas, para sorpresa de mucha gente con pruebas tan contundentes de otra vida que, al no creyente de las teorías reencarnacionistas más le vale mirar hacia otro lado para pasarlas por alto. En el caso de Raúl, tras casi cuatro meses de tests y entrevistas personales, merecía la pena probar con la hipnosis y ver qué pasaba. En tan sólo tres meses avanzó más que en todo el tiempo anterior. Fueron suficientes para terminar satisfactoriamente con la terapia.

Raúl descubrió que en otra vida había sido Nando, que parte de los sentimientos inexplicables que había tenido durante tanto tiempo no le pertenecían en realidad y que debían quedarse en el pasado al que pertenecían. Revivió con tremenda intensidad y detalle la historia de Nando, de cómo llegó a España para fundar un imperio de la mafia y de cómo tuvo que morir su esposa e hijos para darse cuenta del camino correcto. Ahora entendía Raúl el porqué a veces tenía la tentación de pegar brutalmente a su novia o de beber compulsivamente cuando salían de fiesta con sus amigos. Ahora se encontraba relajado, la ira ya había desaparecido, la culpa, la vergüenza... incluso esos kilitos de más parecía que ya no eran un problema y había recuperado la línea de chico deportista que siempre había sido. Raúl recordó que quizá el hecho de haber estado en Perú de viaje hubiese servido como interruptor ante el despertar de síntomas asociados con una vida anterior. No lo descartaba. Lo importante es que ahora estaba bien, mejor que bien. Estaba curado y sabía cuales habían sido los motivos de su enfermedad. En alguna ocasión, Nora, que a veces mostraba interés por eso que llaman ciencias alternativas, le había comentado que sus síntomas estaban asociados con un bloqueo en el primer chakra, el Muladhara que se encontraba en la base de la columna y estaba directamente asociado al color rojo y al elemento tierra entre otras cosas. Raúl recordó con gracia este comentario en su búsqueda de una solución a su problema. Ahora hipotetizaba acerca de ello y creía fervientemente que su bloqueo lo había absorbido del Nando que fue una vez. No obstante, Raúl sabía que había pasado mucho tiempo de aquello. Nando, a través de Raúl había superado sus males en gran medida y podría seguir adelante con su vida, con la vida que Nando no pudo tener. Una vida junto a la mujer que amaba. Ahora podía formar una familia en la base de la honradez y envejecer viendo crecer a sus hijos y sus nietos. Cumpliría el sueño, más que del propio Nando, de todas las personas que le quisieron y murieron por él.

Nora había ido con él a la que sabían iba a ser la última consulta. Silvia no les había dicho nada, pero sabían que no eran necesarias más que la de gracia para confirmar que todo estaba bien ahora. Más de medio año de terapia semanal era mucho tiempo y el lazo afectivo que se había creado entre doctora y paciente trascendía los límites impuestos por el juramento hipocrático. En un último adiós, Raúl más que agradecido propinó un fuerte abrazó a la doctora. Se despidieron y se prometieron estar en contacto, a pesar de que ambos sabían que no volverían a hablar jamás o, al menos, en muchísimo tiempo. Nora ya esperaba fuera, Raúl besó en la mejilla a Silvia y se marchó cogido de la mano de su futura esposa. Era la última visita del día para la doctora Ramos, así que se quedó un rato en su despacho meditando y con la nostalgia recorriendo como un escalofrío su piel. Estaba satisfecha con los resultados, echaría de menos al chico.

Una mañana de Junio, Raúl decidió comprobar algo. Quería zanjar el asunto antes de contraer matrimonio con Nora, sería la última prueba que necesitaba para creer o desestimar todo lo sucedido. Si se suponía que él había sido Nando en otra vida, no le costaría encontrar la tumba de su esposa y su hijo. Se acercó al cementerio donde debía estar enterrada, iba con un buen ramo de flores. Estuvo toda la mañana caminando por el cementerio hasta que la vio. Era real, allí estaba la tumba de su esposa y su hijo. Les habían enterrado juntos. Leyó el epitafio: Aquí yacen Laura Sánchez Rodrigo y su hijo Luis Villar Sánchez, su esposo y padre, que nació al morir ellos, no les olvida. Para su sorpresa, junto a la tumba de Laura y Luis había otra más, la de Nando. Raúl se sintió como si experimentase su propia muerte poco después que su esposa y su hijo. Se vio a si mismo como Nando, arrodillado en medio de la calle, con un dolor muy intenso en el vientre. Más tarde se veía entrando en urgencias y elevándose por encima de la camilla mientras entraba en el quirófano. Así murió Nando, así dejó este mundo para reunirse con su esposa e hijo. Una lágrima corrió por la mejilla de Raúl. Separó el ramo de flores en dos pequeños manojos y los depositó a los pies de ambas tumbas. No estaba solo en el cementerio, una preciosa mujer, esbelta y de pelo castaño paseaba de luto por entre las tumbas. Raúl se preguntó a quién buscaría ella, cuál sería su historia. Observó que se detuvo a unos cincuenta metros de dónde él estaba y se agachaba para dejar unas flores. Sacaba un pañuelo y se enjugaba una efímera lágrima. Se santiguó y se marchó, iban a dar las dos de la tarde. Raúl la imitó, se inclinó brevemente mientras hacia la señal de la cruz. Tras unos minutos y unas palabras muy sentidas en absoluto silencio, Raúl se marchó. Para siempre.
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