miércoles, 24 de octubre de 2007

El Glorioso Final de los Caídos

Bueno, como todo principio de una saga, esta también tiene un final. Con este relato ambientado en la cultura nórdica se despide Crepúsculo. Será el último relato del bestiario que publique en este blog, al menos de momento. Ya concluído, ahora quizá me tome un pequeño descanso de criaturas mágicas en pequeñas dosis y continúe con mi novela, que anda algo abandonada. Así que, pues bueno, ha sido un placer saberos del otro lado de la pantalla y recibir vuestros comentarios. Pronto tendréis noticias mías acerca de proyectos que por fin están viendo la luz pero aún no pueden ser revelados. Os mantendré al tanto y, cada vez que mi pluma quiera hablar, dejaré que la escuchéis sin reparo. Un abrazo a todos y a cuidarse. Hasta pronto.


EL GLORIOSO FINAL DE LOS CAÍDOS

Esbjorn permanecía solitario tras su jarra de hidromiel. La taberna estaba repleta de guerreros prestos a la pronta lucha que se avecinaría. Vitoreaban el nombre de los dioses y aclamaban a Odín, suplicándole les diera la oportunidad de morir en combate para así pacer con él en el Valhalla. Esbjorn también se regocijaba con esta idea, pero lo hacía en silencio, apartado de la muchedumbre ebria.

Era un guerrero temible, de gran estatura y hercúleo. Una melena rubia trenzada caía sobre su espalda desnuda, llena de cicatrices, recuerdo de anteriores batallas. Se decía que pronto llegaría su momento de ascender junto a los grandes, de morar en el reino prometido para los que caen en la lucha. Mientras tanto, permanecía. Simplemente permanecía. Sin montar escándalo, sin golpear a sus compañeros, sin mediar palabra alguna. Su esposa había muerto años atrás durante el parto y el retoño que había engendrado marchó con su madre a causa de una alta fiebre que no superó al poco de nacer. Así que Esbjorn se encontraba solo. Dispuesto a dejar este mundo de un momento a otro. Sin embargo, bien sabía que jamás volvería al lado de su bebé y su esposa Frida, ellos habían perecido sin la gloria de los guerreros caídos. Estaban en un mundo inferior. Él podría yacer enfermo o, anciano, ver sus días agotarse. De ese modo se reuniría con sus seres queridos. Pero prefería la grandeza de caer en combate, los hombres siempre buscaban con ansia aquel final.

Un hombre, tan rudo como Esbjorn, se acercó a su mesa y la golpeó con una jarra rebosante de licor. Se pasó el hombro cubierto por la espesa barba y limpió la espuma que la bañaba. Miró a los ojos al héroe y balbució medio borracho unas palabras de aliento y júbilo.

- ¡Anímate Esbjorn! – Clamó - ¡Pronto estaremos en el Valhala! – Hizo una pausa y esbozó una media sonrisa - ¡Y ellos en el Infierno! – Se marchó riendo, no sin antes propinar un puñetazo en el hombro del solitario.

Quien conocía a Esbjorn sabía que se trataba de un hombre silencioso, de palabras precisas y actos certeros. Cada vez que desenvainaba su espada alguien iba a morir con total seguridad. El amanecer se acercaba y los guerreros aplacaron su sed de alcohol, pero no de sangre. Sin mediar horas de descanso antes de la batalla, se dirigieron a sus hogares para despedir a sus familias y armarse. Animaron a sus mujeres a un último achuchón y a sus hijos, quienes los tenían, aconsejaron llegar a ser fuertes adultos merecedores de un sitio privilegiado junto a los dioses. Esbjorn no se movió del sitio, estaba preparado antes incluso de comenzar a beber. Se ajustó el cinto y mesó su barba. Apuró la jarra y dejó atrás la taberna para reunirse con sus amigos.

El alba les recibió y ellos lanzaron vítores al aire. Sus rostros se llenaron de furia y decisión, de ansia y fortaleza. No parecía que apenas unos minutos antes hubiesen estado tan ebrios. Su deseo de blandir sus armas y hundirlas en la carne de los enemigos, les había despertado del trance etílico. Estaban en plena forma. Sabían beber.

Esbjorn se posicionó entre los primeros. Nadie se opuso. Si alguien debía morir con honor ese era Esbjorn. Lo merecía más que ninguno. Por desgracia, cada vez que se enfrentaban a sus enemigos, la espada de aquel hombre era más rápida que la de ellos y apenas conseguían imprimirle una leve herida. En pocas horas se encontraban en hilera aguardando a sus contrincantes. Aparecieron pronto tras una colina. Los escudriñaron y supieron que les superaban en número. Aquello les agradó. Frente a frente, los guerreros golpearon sus escudos con la empuñadura de sus espadas y hachas. Gritaron desafiantes al enemigo y ambos bandos corrieron al encuentro de sus oponentes. Sería una ofensiva gloriosa, sin duda.

Las espadas chirriaron al estrellarse unas con otras. Saltaron chispas aquí y allá. La sangre salpicó los cientos de cuerpos desnudos que se batían rugientes. Muchas cabezas se separaron de sus cuerpos, al igual que algunas extremidades, que caían en el terreno aún tensas. De vez en cuando, los gritos se alzaban de nuevo, provocando al enemigo. Esbjorn corría de un lado a otro, sajando torsos y mutilando con precisos cortes. Vio a muchos de sus compañeros caer ensangrentados. En ninguno de ellos vio una expresión de derrota, sino todo lo contrario, mostraban alegría y orgullo. Esta visión le daba fuerzas para atacar sin remilgos.

Entonces, en mitad del campo de batalla, la vio. Iba a lomos de un bello corcel. Supo al instante de quién se trataba. Nadie excepto él parecía advertir su presencia, era un buen augurio. Se apeó numerosas veces del caballo para besar a los moribundos, que al instante se restablecían. Aún no era su momento. Entonces volvían a batallar. Esbjorn se mantuvo quieto, cegado por la belleza de la amazona, por su porte y gracilidad. Aquella mujer semi desnuda portaba coraza, escudo, casco y lanza, nada más. Cuando se dio cuenta que el guerrero la estaba mirando ella asintió y le regaló una sonrisa pícara. Fue el instante en que una espada atravesó la espalda de Esbjorn y partió su columna con un fuerte chasquido. Luego de caer de rodillas frente a la mujer, otra hoja volvió a hundirse en su carne, esta vez por uno de los costados. Alcanzó su corazón y murió.

Gna, la valquiria, tomó entonces con orgullo el espíritu de Esbjorn y lo guió hacia la bóveda celeste, donde se encontraría con Odín y compartiría con él grandes placeres, bebería hidromiel de manos de las valquirias y sería agasajado por sus valientes hazañas. Mientras ascendía, pudo reconocer a algunos de sus compañeros caídos ascendiendo a pocos metros de él y de la mano de alguna otra bella mujer, a lomos de sus caballos. No había palabras para describir aquella escena. Gna le confesó que ella misma había suplicado a Odín le permitiera llevarle personalmente al Valhalla. Por regla general, las valquirias son damas vírgenes y libres del amor carnal, pero Esbjorn había suscitado en la amazona una gran pasión que no se sentía capaz de refrenar. Odín, ante las palabras de Gna, accedió a concederle el beneficio de la unión con un mortal, pero le puso como condición que aquel que se adentrara en ella había de ser un glorioso guerrero caído en batalla. No hubo réplica a las majestuosas palabras del dios, Esbjorn era el candidato ideal. Aún su mortalidad estuviese extinta. Sin duda era un acto atípico aquel al que se enfrentaba y, aún así, se sentía capaz de llevarlo a cabo con sumo placer. Mientras llegaban al reino de Odín, Gna habló con delicadeza al guerrero.

- Esbjorn – dijo sin mirarle – tienes el orgullo de desposarte conmigo y limpiar de mi cuerpo la virginal castidad. – Hizo una pausa para advertir la reacción del héroe – Odín bendice nuestra unión. No puedes objetar.

El guerrero contuvo su alegría. No sólo moraría en el Valhalla, sino que, además, se le había obsequiado con la grandeza de compartir sus días de eternidad en compañía de tan magnífica fémina. Las valquirias eran espíritus belicosos y de carácter fuerte, pero eso era algo que, más que preocupar a Esbjorn, le llenaba de orgullo y acrecentaba su pasión.

Llegaron a su destino y Gna invitó a Esbjorn a bajar de su caballo. Entonces Esbjorn quiso besar a su doncella guerrera y esta permaneció sumisa y entregada. En mitad de tanto gozo, Esbjorn tuvo la tentación de mirar hacia abajo y, desde allí, pudo ver el mundo inferior. No aquel en el que había fallecido atravesado por la afilada hoja, sino ese otro al cual iban a parar los muertos sin gloria ni honor. A través de una nube, pudo ver dos rostros mirando con tristeza hacia el cielo. Era Frida, su mujer, con el niño en brazos, señalando con aire triste hacia donde estaba Esbjorn. En ese momento les echó de menos y quiso descender para mostrarles su afecto. La nube se cerró delante de él y les perdió de vista. Ya era tarde para eso. Gna tiró de su mano, arrastrándole hacia el interior de aquel paraíso. Esbjorn volvió la cabeza por última vez para despedirse. Todo quedaba atrás para siempre. Quién fue ya no importaba. A quién amó tampoco. Ahora solamente interesaba saberse digno de lugar en el que se encontraba. Pronto vio llegar a sus compañeros y los saludó con ímpetu. Se jactaron de su fortuna y se perdieron entre canciones de victoria y grandeza. El Valhalla les esperaba.

lunes, 22 de octubre de 2007

Cicatrices

Hola de nuevo amigos blogueros. Después de un fin de semana de relax total, vuelvo a este espacio para dejaros uno de mis últimos relatos que nada tienen que ver con el bestiario, así, de paso, antes de culminar la obra, os permito un descanso de bestias, pero no de tensión o terror, que es en lo que se basa este texto. Espero que lo disfrutéis tanto como los anteriores, no digo nada más, que ya sabéis que los lunes son árduos en el despertar de los sentidos y cuesta volver al mundo real. Un abrazo a todos.


CICATRICES

Le despertó un escozor leve en uno de los brazos. El verano aún no se acaba de ir a mitad de Octubre y dormía aún ligero de ropa. Estaba aturdido, no había pasado una de sus mejores noches y, la ciudad, en ciernes, con el bullicio amaneciente, le provocó el desvelo involuntario. Levantó el brazo en la penumbra, su habitación formaba un claroscuro curioso en el que, medio dormido, se figuraban siluetas espectrales. Entornó los ojos. Le picaban de sueño no complacido. Se acercó el antebrazo a la cara, todavía sin ver nada, hizo malabares para encender la luz con la mano opuesta y el destello repentino le hizo saltar hacia atrás, como tratando de esconderse de un enemigo atroz que le sorprendiera indefenso. Aunque a él, más amigo de la fantasía que de los relatos bélicos, se hubiera comparado con un vampiro. Así le pareció que la luz le afectaba. Como un golpe inesperado y doloroso. Sus pupilas tardaron en acostumbrarse. Con el brazo extendido por encima de él, buscó la postura para hacer sombra sobre su cara. Y se encontró la cicatriz. Era un corte fino de unos cinco centímetros que le cruzaba en diagonal la parte posterior del antebrazo, la sangre estaba seca y la cicatriz en vías de quedarse unida a él para siempre.

No la tomó en cuenta. Era habitual que alguien, en su lucha onírica, se encontrase por la mañana con la marca de una noche movida. Una vez despierto ya no podía volver a conciliar el sueño, así que se levantó a un ritmo retardado y se dirigió al baño para darse una ducha. Aquello y un café era todo lo que necesitaba para resucitar. Mientras se secaba frente al espejo, se detuvo para ver la marca con mayor claridad ahora que estaba más despejado. No vio nada anormal. Al pasar la toalla por la herida, sintió una breve punzada de dolor. Era soportable. Se vistió y desayunó. El café era recalentado en el microondas, para un soldado cualquier batalla es buena, para un adicto a la cafeína sucedía algo parecido. Le sentó de maravilla. Ahora ya estaba preparado para afrontar un nuevo día.

Como vivía solo, pasaba por casa lo justo para su aseo personal y descanso. Excepto los fines de semana, comía siempre en el trabajo. Una dieta desastrosa a base de platos preparados, fritos y comida basura. Cada vez que se sentaba a la mesa no podía evitar dedicarle una amarga sonrisa a los michelines, sus nuevos amigos. Y es que la edad no pasa en balde. Para él todos los días eran prácticamente iguales. Hasta el punto en que llegaba a confundirlos. No era raro verle haciendo anotaciones en el calendario para no olvidar alguna cita futura o compromiso comercial para, luego, darse cuenta que había errado en dos o tres días, perdiendo así cualquier posible negocio. El día pasó lento. Cuando llegó a casa puso la tele, tiró la chaqueta a un lado, aflojó la camisa y se tumbó en el sofá. A veces se dormía allí mismo, con la televisión encendida y una mala postura clavándosele los muelles en todo el cuerpo. Aquella era una de esas noches. A diferencia de otras, no se despertó hasta que los primeros rayos asomaron por la ventana. Su amanecer fue similar al del día anterior. La cicatriz seguía allí, haciendo compañía a una nueva marca que se cruzaba en horizontal, como un brazalete.

Tampoco tomó mucho interés esta segunda vez. Repitió la rutina de cada día. Volvió a casa y esa vez pasaría de quedarse en el salón. Se quitó la ropa y se echó en la cama. Había sido un día muy duro, no había parado de un lado a otro. Además, había recibido una reprimenda de su superior a causa de su tremendo despiste y uno de los clientes más seguros que tenía se había echado atrás en el último momento. Quería olvidarlo todo. Le costó engancharse al tren de los sueños, pero cuando lo hizo se puso en el vagón principal, dirigiendo sus fantasías como un experto maquinista. Durmió como un niño. Al despertar, dos nuevas cicatrices en el brazo opuesto y en el cuello, hicieron que se tomara aquellas heridas algo más en serio. Quizá fuera sonámbulo y, como no había nadie para advertirlo, no lo supiera. No obstante, tampoco prestó demasiada atención a este asunto. No se trataba más que de arañazos, heridas superficiales sin importancia.

Fue al cuarto día cuando de verdad llegó a preocuparse. Rodeando casi todo el perímetro del muslo en horizontal, tenía una herida bastante más profunda que las anteriores. Tenía pinta de haber recibido un corte con un cuchillo. Una llaga así en alguna otra zona más delicada podría costarle serios problemas a su salud. Esta vez, tras la ducha, fue al botiquín y sacó lo necesario para vendarse. Estaba desconcertado, confuso. ¿Cómo habría podido hacerse aquel corte? Era evidente que no relacionaba las cicatrices de los brazos y el cuello con aquella más intensa de la pierna.

La mañana siguiente fue aún peor. Tenía una línea roja, que le escocía y dolía como un demonio en mitad del pecho. Era una delgada línea sanguinolenta que nacía por debajo del hombro derecho y le cruzaba el torso hasta el costal izquierdo. La sangre aún no se había secado del todo. Miró hacia la cama asustado y vio manchas rojas por todas las sábanas. Esta vez fue directamente a urgencias. Allí le hicieron insidiosas preguntas acerca de cómo había podido hacerse algo así, preguntas que no supo contestar. Era evidente que pensaban que se las había hecho él mismo, pero tampoco tenía pruebas de lo contrario. Pasó del trabajo y marchó directamente a casa. Pensó que merecía un descanso y desconectar. ¿Y si estuviera siendo presa de algún tipo de estrés? Se dijo. ¿Y si me levantaba por las noches y me auto infligía estas heridas? Pensó. Ninguna de sus cuestiones y las consecuentes posibles respuestas le complació y decidió averiguarlo de una vez por todas, antes que acabara desangrado o mutilado o, peor aún, mutilado y desangrado. Así que buscó en los rincones de los armarios. Detrás de las mantas de invierno, aquel que parecía no llegar nunca, encontró la cámara de video que le regalaron sus padres hacia un par de años. La sacó de su funda y la conectó. Perfecto. Funcionaba. La batería aparecía a la mitad. Buscó el cargador y la dejó durante todo el día. Cuando se fue a la cama, colocó el trípode en una esquina y dispuso la cámara de manera que tuviera un buen ángulo y le captase por completo. Iba a salir de dudas.

La mañana siguiente no despertó. Los amigos del trabajo llamaron a su casa, al móvil e incluso llamaron a su puerta, pero no obtuvieron respuesta alguna. Contactaron con sus padres y éstos negaron cualquier contacto con su hijo desde la semana anterior. Alertados por lo que pudiese haberle pasado, últimamente estaba algo raro, decidieron llamar a las fuerzas de seguridad. La policía derribó la puerta de su casa cuatro días después que no se supiera nada de él. El escenario que encontraron revolvió el estómago de los dos agentes y no pudieron contener el vómito. La imagen era aterradora. Una cama empapada en sangre. Una cámara de video dirigida hacia la escena y un cuerpo inerte en cruz sobre el lecho y con la garganta abierta, plagado de cicatrices, decenas, quizá cientos. Los policías tomaron la cinta de la cámara como prueba. Allí se encontraba, posiblemente, la grabación que inculparía al asesino.

Mientras el forense hacia la autopsia, los agentes visionaron el video en una pequeña sala de comisaría. La primera imagen fue la del muerto alejándose del objetivo para después echarse sobre la cama. Los agentes esperaron pacientes. En mitad de aquel juego de sombras, vieron algo sospechoso. Lo que sucedió a continuación les dejó helados. Una figura comenzó a emerger de la pared. Era una aparición fantasmagórica de rasgos apenas definidos. Solamente su mirada era clara, temible y penetrante. Salió de la pared con lentitud y sin realizar gesto alguno. En la mano llevaba algo. Los agentes, aterrados, se acercaron un poco más a la pantalla y descubrieron que no era nada, solamente largas uñas como cuchillas. La sombra miró al objetivo y sonrió. Después, comenzó a agitar las manos sobre el cuerpo de la víctima, abriendo delicados surcos en su piel. Por último, la figura se volvió una vez más a la cámara y, luego, descargó, con un movimiento ágil, sus uñas a través de la garganta de aquel hombre indefenso. Los ojos de aquél se abrieron entre espasmos. El líquido carmesí nacía a borbotones de la garganta. Y murió. La grabación se cortó minutos después. Los agentes tardaron en reaccionar. Cuando lo hicieron, tomaron una decisión. Aquella cinta tenía que ser destruida, no sabían porqué, pero era necesario. Cogieron una papelera de metal próxima a la entrada de la sala y echaron la cinta en su interior junto a un montón de papeles, entre ellos su informe, ya redactarían uno nuevo. Lanzaron una cerilla y el resto fue historia. Se formó una incómoda humareda y hubieron de abrir las ventanas. Salieron de la habitación con la firme idea de no contar jamás lo que habían visto. Y nunca lo hicieron, ni siquiera cuando, uno de ellos, comenzó a despertarse con extrañas cicatrices por todo el cuerpo.


viernes, 19 de octubre de 2007

Palabras que nacieron del Fuego

Hola Amigos, ya es viernes y comienza el fin de semana. Por aquí está el tiempo lluvioso y que mejor que pasar los días resguardados del agua y el frío junto a un buen fuego. En cierto modo de eso va esta historia, de fuego y de aquellas criaturas que nacen de él y en él habitan. Espero que os guste. Me despido de vosotros hasta el Lunes, hacia el final del Crepúsculo que no tardará en avenirse. Un abrazo a todos y buen fin de semana.


PALABRAS QUE NACIERON DEL FUEGO

Ya al comienzo de los tiempos existía una delimitación entre los elementos. Pero fueron los antiguos filósofos griegos quienes la dispusieron de forma abierta para conocimiento de todas las gentes con afán de sabiduría. Igualmente, en cada uno de esos elementos, se ubicó una criatura que nacía, vivía y moría de él. Las nereidas partieron del agua; los silfos del aire; los gnomos de la tierra; y del fuego, las salamandras.

En tiempos remotos, el ser humano se buscó la enemistad de estas últimas sin ellos saber siquiera de su existencia. Fue que Prometeo mostró el fuego al hombre y ahí le negó su visión del mundo feérico. Por eso las salamandras, las criaturas que nacen y se alimentan del fuego, apenas se muestran al ojo humano y, si lo hacen, aquél que las ve puede sentirse afortunado por tal deferencia, pues únicamente se aparecen a los mortales para otorgarles sabiduría y fortaleza de espíritu.

Los medios a través de los cuales alguien puede llegar a ver a cualquiera de estos seres feéricos, son inescrutables. Nadie conoce cómo ni porqué regalan su imagen a un simple mortal. Pero, los pocos que la han disfrutado, gozaron después de una plenitud interior que muchos han envidiado a lo largo de los siglos. Algunos eruditos de las letras o las ciencias han mantenido oculto su contacto con la salamandra. Otros jamás se escondieron de confirmar su hallazgo en mitad de una hoguera o mientras las llamas de la chimenea crepitaban con fuerza contra las paredes. Por supuesto, sus nombres no serán desvelados aquí. Ellos ya se descubrieron entonces y, ahora, no importan. Sólo Zed importa.

Zed era tan sólo un niño cuando vio la cara de la injusticia por primera vez. Estaba en casa, una chabola de chamizo y barro que apenas se mantenía, a las afueras de la gran urbe, la civilización industrializada. Él, como el resto de sus hermanos, no conocieron más de lo que les rodeaba. Sus padres eran pobres antes que Zed supiera identificar el concepto mismo de pobreza, antes que pudiera comparar entre lo que ellos tenían y lo que otros, lejos de allí, disfrutaban. Aquel día hacía frío, pero siempre hacía frío bajo el techo permeable. Por suerte, no llovía. Oyó un vehículo acercándose hacia las casuchas, esquivando los fardos de basura y montones de escombros y chatarra. Frenó frente a su casa y vio como su padre descorría la cortina para salir al exterior y recibir a los intrusos. Pues eso eran aquellos hombres bien vestidos, de corbata y gafas de Sol. Intrusos del otro lado, de la zona adinerada.

Zed no pudo oír la conversación que mantuvieron los hombres con su padre y algún otro miembro de la zona pobre. Si hubiese querido podría haberse acercado para escuchar. No obstante, su padre le advirtió sobre esto y le obligó a quedarse rezagado en casa. No oía, pero, asomado por un lateral de la cortina, veía todo lo que sucedía. No eran amigos, de eso estaba seguro, sus gestos eran amenazadores. Cinco minutos después, los hombres echaron mano de sus cintos y sacaron armas. No dudaron en usarlas. Cuando Zed salió corriendo hacia su padre, solamente encontró un cuerpo ensangrentado y sin vida. En aquel momento aprendió otro término, orfandad. Su madre no estaba muerta, pero había huido de aquella vida para entregarse a una mucho más degradante, la de las calles de la civilización en busca del dinero que pudiera ganarse con su cuerpo, aún no muy ajado.

La vida del niño se vio truncada en un instante. A los hombres de traje no parecía importarles lo más mínimo. Sin embargo, se ocuparon, dos días después, de sacar a todos los supervivientes del poblado para luego depositarlos en las inmediaciones de la ciudad. Sin techo, sin comida, sin agua, sin familia. Tocaba buscarse la vida.

Al principio se recurrieron en el calor de la unidad. Tres semanas después, comenzaron a dispersarse, movidos por el hambre. Algunos murieron, la mayoría encontraron un modo de subsistir valiéndose de la delincuencia. Era el “sálvese quien pueda”. Ya no había familia, ni amigos, solamente negocios y posibilidades de llevarse un trozo de pan a la boca. Sólo unos pocos decidieron seguir juntos por el bien común y formaron bandas. Zed estaba solo. Y echaba de menos a su padre. Mucho.

A pesar de la pobreza en la que siempre habían vivido, su padre siempre le enseñó que robar no era cosa de buena gente, pero en caso de necesidad, era perdonable. Hablaba de la codicia como el mal verdadero al que se evolucionaba con el robo. “Toma lo justo para subsistir, nunca más de lo que necesites. Aquellos a quienes substraes cualquier cosa puede que también tengan sus propias dificultades”. Estas eran las palabras que siempre le decía. En aquel momento, Zed pensaba con el estómago y, aún así, trataba de seguir el consejo de su progenitor con el mayor cuidado.

En cierta ocasión quiso volver al poblado del que fue exiliado. A los pies del camino que le llevaba hasta allí descubrió que ya no sería posible. Había desaparecido. No existía. En su lugar, ahora había un amasijo de hierros y pilares enladrillados que se erigían hacia el cielo y, al menos, un centenar de hombres trabajando en la edificación de un nuevo anexo para la ciudad. Zed apenas sabía leer, lo suficiente para leer la palabra “Residencial” en un gran cartel apostado a la entrada de su antiguo hogar. Se dio la vuelta y jamás volvió la vista atrás.

A mitad de camino, entre la urbe y la antigua zona de chabolas, Zed se sentó e hizo un fuego con algunos maderos viejos y cartones, residuos de su pasado. Los quemó para darse calor y, a cambio, obtuvo algo más que eso. Al prender aquellos restos, supo que estaba purgándose de su anterior vida, renaciendo y reeducando su mente para lo que viniera de ahí en adelante. Mientras estas ideas flotaban en su cabeza, con esperanza, le pareció ver un par de puntitos titilantes entre las llamas. Creyó alucinar, pero más aún cuando, además, observó una lagartija caminando entre el fuego como si nada. Le miró una vez más y luego se esfumó. Sin dejar rastro. Atizó con un palo las brasas del fondo, hurgando por si acaso. No había nada. Solamente el recuerdo del animalito moteado de negro y amarillo retozando en la hoguera. No la apagó, se levantó y se fue. Aquello debía ser un buen presagio.

Los años siguientes fueron tan duros como los antecedentes, pero aprendió a sobrevivir con lo justo y sin envenenar su alma. No podía decir lo mismo de aquellos de los suyos que seguían con vida. Apenas les reconocía. Por otro lado, sus orígenes les hacían iguales y los tachaban con las mismas etiquetas. De cara a la gente de la civilización era una lacra, pero con respecto a esos delincuentes, tenía carta blanca y podía considerarse intocable.

Recién cumplidos los dieciocho, Zed pensó que sería bueno hacer algo digno con su vida y dejar los trabajos de mala muerte que aún le obligaban a sustraer aquí y allá. Decidió que la mejor opción era vivir del estado y se alistó en el ejército. Fue una de las mejores decisiones de su vida. Allí aprendió a leer y a escribir, matemáticas, ciencias y algo de filosofía. Además de indagar en otras materias de interés militar como topografía o estrategia. Hizo muchos amigos, de los que no pedían nada a cambio. Incluso se enamoró. Pero lo mejor de todo era que había conseguido, gracias a aquel trabajo, alejarse de la mala influencia que los suyos ejercían sobre él. Renunció a su pasado con el fin de forjarse un futuro. Jamás volvió a aquella ciudad.

Una noche, en mitad de un campamento improvisado como parte de las prácticas de supervivencia, encendió una fogata minúscula. Y allí volvió a ver la criatura que viera de niño. Le pareció le guiñaba un ojo y le sonreía. Como aceptando el destino que había elegido. Zed tenía sus dudas acerca de si seguir formando parte de un ejército, con vistas a proteger un país a base de balazos y estrategias ofensivas, o buscar alguna tarea más saludable. La criatura pareció guiarle en su decisión y, al despertar, supo que debía abandonar la Armada. Con ese antecedente, ya no volvió a tener problemas para encontrar otro medio de vida.

A las pocas semanas entró en una oficina del Ministerio y, desde allí, llevaba comandas de importancia a altos cargos. Tenía firmado un contrato que le exigía confidencialidad acerca de todo lo que se movía allí dentro. Zed conocía más de lo que debía y, hasta cierto punto, resultaba peligroso. Nunca tuvo miedo.

Aunque se alejó de su pasado, éste acabó atrapándole. Pero no de la manera que hubiera esperado. Apenado como estuvo del final que alcanzó a su familia, jamás se planteó el formar la suya propia. No quería descendencia ni alguien de quién depender ni que dependiera de él emocionalmente. Se aisló del mundo de los sentimientos y creció en soledad. Cinco años después de comenzar a ejercer en el Ministerio, tomó la firme decisión de abandonarlo todo y recluirse aún más en su destierro personal. Compró una casa cueva perdida en el Sur del país y, tras unas leves reformas, se instaló allí. Era un hogar en mitad de la montaña, sin luz ni agua corriente. Volvía a sus orígenes cuando apenas había cumplido los cuarenta. En aquel lugar, con un pequeño huerto con el que era capaz de alimentarse durante todo el año y una considerable reserva monetaria en el banco de un pueblo cercano, Zed tenía todo lo que necesitaba.

Le gustaba escribir y leer. Desde que aprendió a hacerlo, no pudo dejar de saborear las mieles que le proporcionaban aquellos hábitos adquiridos. Leía todo lo que caía en sus manos y, como el pueblo no estaba demasiado lejos para ir a pie, eventualmente visitaba la biblioteca y sacaba un buen número de ejemplares que devoraba en su retiro. Era un lugar humilde y apenas tenía sitio para acumular cachivaches y objetos innecesarios, de ese modo, prefería alquilar los libros que comprarlos. Era más práctico. Con respecto a escribir, cada noche se sentaba a una piedra plana que hacía de mesa y, alimentado con la leve luz de una candela, escribía todo cuanto creía importante para sí. Pensaba que quizá, algún día, pudiera ayudar a alguien con sus palabras. Pero no era ajeno a su ascendencia y se sabía falto de aptitudes para llegar a escribir para nadie que no fuera él mismo.

Llevaba tres años en su cueva cuando unos puntitos titilantes, como en su niñez, le volvieran a sorprender entre las lenguas de fuego de la hoguera. Tenía una chimenea en el centro de la cueva que calentaba toda la casa y le proporcionaba lo necesario para cocinar y hornear si era preciso. Entre las llamas estaba otra vez la criatura. Sin saber cómo, tuvo la certeza que aquella sería la última vez que viera al reptil moteado. Desde que lo viera por última vez, había leído mucho y más de una obra, sobre todo los clásicos de Paracelso, Leonardo Da Vinci o San Agustín, mentaban las virtudes de la criatura que habitaba el fuego. Se trataba de una Salamandra. Hasta, no sabía de qué modo, había caído en su poder “El Diccionario del Diablo” de Ambrose Bierce que las describía como seres inmortales antropomorfos y pirófilos, refiriéndose a ellas como una especie extinta ya. En ese momento, entonces, no le resultó una desconocida. Sino que comprendió el porqué estaba allí. Zed sentía su fe temblorosa y no sabía como afrontar la vida que había elegido. La Salamandra vino a ayudarle. Siempre lo hizo.

Zed se quedó toda la noche mirando la Salamandra rondar por entre las llamas, girando y escurriéndose por las brasas. De vez en cuando se volvía y clavaba sus ojos en los del hombre y asentía. Cuando la mañana echó a la noche y el fuego apenas fue ceniza, Zed se sintió renovado. Los dos años siguientes los empleó para aprender todo aquello que no se puede enseñar y escribir las conclusiones a las que llegaba tras horas de reflexión y meditación. Se sentía pleno y su mente bullía de claridades tales que él mismo se sorprendía de no haberlas advertido antes. De los ahorros que aún guardaba en el banco, empleó parte para dar luz a sus escritos y los publicó. Jamás pensó que llegaría a ser tan importante como lo fue, ni que sus ideas revolucionaran toda una nación en pos de la libertad, la fraternidad y la igualdad entre los humanos. A pesar de ser tan excelso, nunca reveló la identidad que se escondía tras aquel seudónimo con el que firmaba sus libros. Así como nunca dejó de vivir la vida que quería, entre los muros de su cueva en las entrañas de la colina. La Salamandra vino a él para indicarle un camino, el que siempre quiso seguir pero nunca supo que quería. Después de todo, la criatura ígnea vino a él para eso, para otorgarle la sabiduría y fortaleza de espíritu necesarias para alcanzar su propio sino. Zed no dejó de agradecer aquel gesto orientador y nunca, nunca, nunca olvidó... que sus palabras nacieron del fuego.


miércoles, 17 de octubre de 2007

La Lengua Azul

Ya estoy aquí de nuevo, esta vez con un relato inspirado en la mitología hindú. Espero que os guste a pesar de ser más cortito que los que habitualmente cuelgo. La verdad es que estaba algo malito cuando lo escribí, así que tenía la mente alborotada y quizá no sea de lo mejor que me leaís, pero bueno... para las buenas y las malas, que se dice. Ahí lo tenéis. Un abrazo a todos.


LA LENGUA AZUL

- Cariño, ¿qué significa ese tatuaje? – dijo Arantxa mientras señalaba el pecho de su esposo, recostado a su lado semidesnudo, después de hacer el amor – Siempre que te pregunto me sales con evasivas...

- Arantxa... – dijo con consternación Isaac.

- Llevamos tres años casados... – le reprendió – ya va siendo hora de que confíes en mí. – Puso ojos de corderito degollado e hizo pucheros – Venga... no se lo diré a nadie – siguió con la farsa – palabrita del niño Jesús – y juntó los dedos de forma infantil.

- Vale, vale... – sonrió convencido – ya está bien...

Isaac era el dueño de una empresa de control de calidad del Medio Ambiente. Pero no siempre fue así. En otro tiempo, antes de conocer a su esposa, Isaac había sido director de una empresa que fabricaba cabezas nucleares para grandes potencias gubernamentales. Los negocios que se manejaban en secreto constituían un gran riesgo para sí mismo y para el resto del planeta. Confiaba en que jamás se utilizasen aquellas cabezas, emisoras de muerte y destrucción masiva, y aún así, le importaba más el dinero que sacaba de cada uno de los tratos que el daño que pudiese hacer. Su vida tuvo la fortuna de ver un cambio y en su nuevo destino se escudaba para evitar hablar de su desastroso pasado. Arantxa, no obstante, no desconocía los días de director de su marido, ni los negocios que se traía entre manos, ni su talante egoísta. Muy al contrario, ella estaba al tanto de todo lo que Isaac había sido y, con esfuerzo, en lo que se había convertido. Estaba muy orgullosa de él, pero exigía respuestas que Isaac no quería o no estaba preparado para responder. Hasta aquel momento. En aquel instante se sintió capaz y cedió. Era un buen momento para afrontar el pasado, mirarlo a los ojos por última vez y enterrarlo definitivamente.

- ¿Recuerdas cuando me conociste? – Preguntó Isaac con la vista perdida en la memoria.

- ¡Claro que lo recuerdo, tonto! – dijo mientras le besaba tiernamente en la mejilla y se ladeaba para acercar su cuerpo al de él.

- Ya te he contado muchas veces lo que hacía en aquel lugar, ¿verdad? – quiso saber.

- Sí, ¿tiene que ver eso con el tatuaje? – acarició las líneas azules que se dibujaban en aquel dibujo extraño y sin aparente sentido.

- Todo. – Se limitó a contestar – Tiene que ver todo. – Arantxa se quedó expectante mientras Isaac se arrancaba con la historia que quería contarle. – Te contaré algo...

>> Al principio de los tiempos, los dioses menores de la mitología hindú, tan imprudentes como solían serlo, tuvieron la mala idea de batir con leche el agua de los océanos, para hacer del líquido resultante un néctar que les otorgara la inmortalidad. Sin embargo, lejos de su propósito, ignoraron que, en lugar de un elixir milagroso, habían transformado aquellas aguas en veneno. Shiva, un dios piadoso y compasivo, al ver tal desastre ocasionado por los dioses, se acercó a la orilla y bebió para que ningún otro ser muriera a causa de tamaña fechoría. El veneno comenzó a hacer efecto en el dios, que no era inmune, y se convulsionó con espasmos que le llevaban directo a una muerte segura. En las inmediaciones del lugar, se encontraba una naga, una criatura mitad mujer y mitad serpiente. Su nombre era Manasa. Al ver a Shiva, la naga se acercó con rapidez. Su parte sierpe le protegía contra cualquier veneno y unió sus labios a los del dios para extraer el mal que había ingerido de su garganta. Las nagas fueron consideradas desde aquel momento como servidoras del bien bajo la protección de Shiva. Aún así, muy pocos conseguían soportar su presencia, si tenían la suerte de ver alguna. Se trataba de criaturas que, por ser híbridos de mujer y serpiente, contenían en su esencia partes de ambas. Así, como con las serpientes, su apariencia provocaba pavor y tenía dotes para el engaño. Pero, por otro lado, eran seres de gran sensualidad. Su torso de mujer contenía una gran belleza y poder de seducción del que bien se valían cuando la situación lo precisaba. Aún hoy día se las venera en Nepal y otros lugares orientales, donde incluso se le hacen ofrendas para que cuiden de sus cosechas y sus hogares. En aquellos tiempos en que las aguas se envenenaron, Shiva libró a los hombres de la muerte y la malicia de los dioses menores y Manasa, a su vez, libró a Shiva de un destino fatal. Desde aquel día, Shiva quedó marcado para siempre. Se lengua se volvió azul. Aquello no le dejaría olvidar a Manasa y a las de su estirpe.

- Muy bonito cariño, pero... – se rascó la sien con gracia - ¿qué tiene eso que ver con el tatuaje?

- Mira... fíjate bien – Arantxa se acercó al pecho de Isaac. Ahora, aún entre sombras, se veía más claramente aquella cicatriz manchada. – ¿Ves esta línea? – Señaló la parte superior, donde nacía el dibujo – Esto simboliza un nuevo comienzo y, si sigues hasta el resto del tatuaje – guió con el dedo – hay unas letras orientales escondidas tras algo que parece un árbol, ¿lo ves? – ella asintió – No es un árbol.

- Parece un árbol – acercó más los ojos a la mancha azulada.

- No lo es. Es una naga. – Indicó – En algunas culturas se la representa como una serpiente de varias cabezas, de tres, siete o nueve. Son consideradas espíritus sabios y guardianes del planeta y sus continentes. – Siguió explicando – El quinto día de novilunio del mes de shrawan, entre Julio y Agosto, en el valle de Katmandú se celebra el Día de la Serpiente en honor a la diosa Panchami.

- Sigues sin contestarme... – se enfuruñó su esposa - ¿qué me quieres decir con eso?

- Ari, cielo... – suspiró – cuando te conocí, aún no tenía el tatuaje. Lo hice después de nuestra primera cita, cuando supe que eras la mujer de mi vida y que jamás querría separarme de ti.

- Cariño... – los ojos de la mujer comenzaron a nublarse, estaban a punto de explotar en un torrente de lágrimas. Estaba muy emocionada y la congoja le oprimía la garganta. No podía hablar. Sólo escuchar.

- Antes de conocerte, sabes que era un hombre egoísta y sólo Dios sabe el mal que habré hecho participando en aquella empresa. – Pareció escapársele una lágrima también a él. – Pero el daño ya esta hecho y no puedo volver atrás, solamente podía comenzar de cero y desde aquel punto. Entonces apareciste tú... Arantxa... mi amor – respiró e hizo una pausa – tú fuiste mi naga. Tú me rescataste de aquel veneno y me salvaste la vida. Esta marca es, como la lengua azul de Shiva, para que jamás olvide lo que hiciste por mí.

- Oh... – Lloró como nunca. Entre sollozos adoró el nombre de su esposo una y otra vez – Isaac... mi amor... Isaac... – hasta que por fin se tranquilizó, se acurrucó más aún junto al pecho desnudo de su marido y, acariciando su tatuaje, besándolo a ratos y sintiendo sus latidos, se durmió con un te quiero en los labios y el corazón. Isaac la abrazó. Se perdió en el techo barajando recuerdos. Cerró los ojos.

- Mi dulce naga... – susurró tiernamente mientras se desvanecía entre los pliegues de su amada.

lunes, 15 de octubre de 2007

El Laberinto del Olvido

Ya estoy aquí de nuevo. Una semana que comienza y un nuevo relato. Este relato es una versión personal del mito de Teseo y el Minotauro, espero que os guste. Aunque últimamente ando poco fino con el modo de expresarme espero que, al menos, os haga pasar un rato agradable y entretenido. Bueno, pues eso, nada más. A leer. Un abrazo a todos.

EL LABERINTO DEL OLVIDO

Sus recuerdos de la infancia se encontraban, como el resto de los que se sucedían hasta ese momento, recluidos entre aquellas laberínticas paredes sin comienzo ni fin, sin entrada ni salida. Su estigma había sido su aspecto, provocado por el adulterio de su madre, degenerada que copuló a espaldas de su padre con un precioso toro blanco. Con el tiempo había conseguido perdonar aquel hecho inmundo, no así lo hizo su padre. En cierto modo, la perdonó porqué comprendió que él mismo se debía a aquel desliz. Apenas era un niño de teta cuando le recluyeron. Las noticias que tenía de su vida y el mundo exterior le llegaban en forma de susurros a través de los corredores y siempre creyó que era su madre o alguna sirvienta ofreciéndole una valiosa información que le ayudaría a sobrellevar su soledad.

No fue hasta hacía unos años que su rabia se extinguió casi por completo. Hasta el momento en que entró en razón y caviló las opciones que tenía, devoraba a todo ser vivo, humano o no, que se adentrara en su morada, en su prisión. Él nunca tuvo la culpa de estar allí encerrado. No fue por sus pecados que era penitente. Llevaba sobre sus hombros el peso de los actos ajenos. Y, cada vez que se miraba en alguno de los cientos de estanques que poblaban los entramados florales, veía en su rostro la clara imagen de su yugo. Se había constituido como un hombre fornido, pero su rostro era el de un tosco animal cornudo, un toro. Para él no supuso una desavenencia en un principio, pensó que si había alguien más en el mundo, que por las voces confirmó que sí, debían ser como él, con aquel aspecto. Fue cuando llegaron los primeros humanos cuando percibió que se encontraba ante un error de perspectiva. Ese día fue su bautismo de sangre. Ahí conoció la rabia y el dolor, la sensación extraña de saberse diferente. No tuvo más remedio que rendirse a sus instintos y devorar a cada uno de aquellos, a las siete hembras y los siete varones. De ese modo aplacó su ira por esa vez.

A partir de aquél, todos los años se repetía la situación. Él, como minotauro, los devoraba. Quienes enviaban a los jóvenes lo hacían como ofrenda, pensando que así apaciguaban a los dioses, pero él, que nada sabía, se limitaba a dar rienda suelta a sus bajezas emocionales. Nunca se planteó la amistad ni el amor, nunca se permitió dejar a alguno de aquellos con vida para que le hiciera compañía. Sus rostros al encontrarse con él desestimaban cualquier idea relativa a este asunto. Sus gritos de espanto, sus sollozos de miedo, su pavor ante la imagen del monstruo. No podía soportar sus muecas de horror y apenas los devoraba sin mirarles, tratando de acabar con la imagen de sus ojos desorbitados y sus bocas desencajadas.

Cuando Dédalo construyo aquel laberinto en el que se encontraba, el minotauro no tuvo voz ni voto. Aquella sería su prisión para el resto de sus días. Por toda su vida sería lo único que viera. Se le había vedado el mundo y sus experiencias. La sola idea de aquello le hacía pasar largas noches en vela y días enteros derramando sus lágrimas por los recovecos del laberinto. Ni él sabía nada de lo que acontecía fuera, ni nadie del exterior sabía el mal trago por el que pasaba el muchacho con cabeza de toro. Sólo veían en él una figura llena de avidez por la carne y furiosa con los mortales. Nunca pidió aquellos sacrificios y, por ellos, iba a ser castigados. Una vez más, pagaría por los actos de otros. Aunque eso él aún no lo sabía.

Teseo era un muchacho apuesto y valiente. Vivía en las inmediaciones del laberinto y sabía de los sacrificios que cada año se ofrecían al minotauro. Lo consideraba estúpido. Por otra parte, sabía que tarde o temprano él mismo podía ser una de las víctimas electas para la bestia y eso era algo que no le acababa de convencer. Así, un día, tomó la determinación de terminar con los sacrificios de una vez por todas e ingenió un plan brillante. Pero no sabía lo que mientras se cocía en el interior. Teseo primero tenía que asegurarse un salvoconducto y, para ello, decidió hacer una visita al rey Minos y presentar sus respetos a una de sus hijas, Ariadna. El primer paso sería enamorar a la muchacha. Allí pasó varias semanas, adulándola con agasajos. Mientras, Asterión vivía su soledad entre los muros de su obligado hogar.

El minotauro, al tratarse de una especie mutante, mestizo de un animal y una mujer, comenzó a tener serios problemas de salud a edad temprana. Pero lo más grave empezó a gestarse apenas un par de años antes de que Teseo consiguiera adentrarse en el laberinto con fines nada loables, al menos para Asterión. La bestia llevaba toda su vida allí y, muy al contrario de lo que los sabios creían, conocía a la perfección cada uno de los rincones del lugar. Si hubiese querido salir lo habría hecho, pero no había nada en el exterior, después de ver el comportamiento ajeno a su encuentro, que le llamara la atención. De vez en cuando se aproximaba a una de las salidas y oteaba el paisaje allá fuera, pero no le seducía. Era un ser concebido para estar solo y no se imaginaba en otro lugar que no fuera entre las paredes de su condena. Lo aceptaba, con resignación, pero lo asumía. No podía mezclarse con las gentes del mundo, jamás comprenderían su alma y lo juzgarían por su fisonomía. No señor, prefería quedarse al resguardo de aquellos muros. No quería saber de las oportunidades que podrían aguardarle fuera. Por eso en parte seguía interpretando su papel de criatura sanguinaria y cruel. No le agradaba, pero menos aún tener que vivir lejos de allí, aún tuviera sus momentos de odio hacia su propia vida.

Los dioses quisieron que fuera de alguna manera suavizado su dolor y le enviaron la enfermedad. Al principio no fue más que la confusión al intentar acercarse a una de las salidas habituales donde miraba a escondidas. Después de varias horas de callejear, dio por imposible encontrar aquel cotidiano sitio y abandonó abatido. Otro día, se olvidó de comer y cayó mareado sobre un lecho de hojarasca. Eran episodios aislados, pero se repetían cada vez con mayor frecuencia. Olvidó las voces de los pasadizos, sus lugares favoritos y, el año anterior a la incursión de Teseo, casi se sorprendió de ver más de una docena de jóvenes merodeando por su hogar y quedó paralizado sin saber qué hacer. Claro que, al final, pudo su instinto y acabó con sus vidas. Algunos le ayudaron con este objetivo, pues se abalanzaban hacia sus fauces conscientes de los motivos que les habían llevado allí y lo aceptaban con orgullo. A veces, Asterión masticaba y olvidaba que llevaba algo en la boca, entonces quedaba aletargado en una pausa eterna. Muchas veces, el Sol daba paso a la Luna o viceversa antes de que volviera en sí. Quedaba con la mirada vacía y perdida en un mundo vacuo, en la nada más absoluta, como si todo desapareciera de improviso y no hubiese siquiera existencia, ni tiempo ni espacio. Para él eran períodos imperceptibles, apenas una fracción de segundo.

Teseo consiguió al fin enamorar a Ariadna y de ella obtuvo un ovillo de hilo que Dédalo, el inventor del laberinto, le regaló un día. Teseo se dirigió a aquella maraña de salas y corredores. Se situó en la entrada, ató uno de los extremos del hilo a un robusto árbol y comenzó a caminar por el interior del laberinto desenrollando la madeja y asegurándose el camino de vuelta. Le llevó mucho tiempo dar con el minotauro. Esperaba que Asterión le encontrara antes a él, pero no lo hizo y, cuando lo encontró, apenas recibió de él una mirada sin fondo, llena de nulidad y despersonalizada. Era un ente errante sin interior ni alma. Sintió lástima por él en aquel instante. Nació de Teseo una súbita compasión que no supo identificar. Miró a la bestia con quietud. Asterión permanecía sentado y con la cabeza ladeada, miraba a través del héroe y parecía no verlo. Sus ojos estaban húmedos pero inexpresivos. Se acercó aún más a él, con cautela. Podría ser una treta del minotauro para acabar con la vida de Teseo, no podía fiarse, no debía confiar.

Entonces, después de un largo rato, pareció despertar con lentitud de su estado y clavó sus ojos en los de Teseo. Ahora había inteligencia en ellos y no estaban tan perdidos como antes, pero aún así, la bestia no se inmutó. No se movió un ápice del lugar donde estaba. Sonrió al héroe y lo saludo inocentemente. Teseo no podía creer que aquel ser fuera el ejecutor de los sacrificios que cada año se ofrecían. Para su sorpresa, Asterión habló con aire quedo y parsimonia.

- Mátame... – suplicó la bestia.

- No esperaba un oponente tan lacio, la verdad... – se ató el hilo a la cintura y se rascó la cabeza con la empuñadura de su espada, confuso.

- Mátame, no quiero más esta soledad... – se colocó de rodillas y agachó la cabeza con la esperanza de ser guillotinada por la afilada hoja de Teseo.

- ¿Eres tu Asterión el minotauro o he errado mis pasos? – Preguntó casi enojado - ¿Acaso eres una caricatura de aquel que todos temen y a quien le sirven los sacrificios de siete muchachos y muchachas cada año?

- Soy yo, créeme... – advirtió con premura – por eso debo morir. ¿Qué te detiene? Soy la bestia que buscas y debes darme muerte. – Pausó sus palabras y añadió – Te lo suplico.

- Tú, bestia, ¿me suplicas? – El minotauro asintió.

- Nunca elegí este destino. No elegí ser quien soy ni venir de donde vengo, al menos, héroe, déjame elegir mi muerte. – Le dijo mirándole a los ojos con seguridad, algo recobrado de su pena. – Llévate los laureles y déjame a mí lo que me corresponde.

Teseo, en el fondo, quiso apiadarse de aquel animal esclavo de su extraña apariencia y su insólita enfermedad. Jamás descubrió los entresijos de su pensamiento, no supo que Asterión estaba perdiendo la esencia de sí mismo y que apenas se aferró a un grano de su existencia consciente para suplicar por el fin de su vida. Su memoria había ido cediendo sus recuerdos al olvido y no tenía mucho más de lo que ahora ofrecía a Teseo. La bestia no tenía mucho más para sí, salvo la oscuridad de la inexistencia en vida. Como héroe que era, Teseo levantó su espada y frunció el ceño. La descargó sobre la nuca del hombre-toro y lo decapitó. Sus ojos permanecieron eternos en un atisbo de inteligencia nublada. Llevó la cabeza consigo como muestra de su hazaña y recogió la madeja siguiendo el camino de vuelta. Cuando salió del laberinto, lo hizo con una duda plantada en su cabeza. No tenía muy claro si había salvado al mundo del minotauro o al minotauro del mundo. Ahora ya poco importaba. Teseo desanudó el extremo del hilo del árbol y guardó el ovillo en la bolsita del cinto. Caminó con la cabeza del minotauro en una mano. Mientras abandonaba el invento de Dédalo, le asaltó una extraña sensación y dudo de su calificativo, al fin y al cabo, ¿quién era el verdadero héroe de aquel pasaje?


jueves, 11 de octubre de 2007

Isondú

Bueno, amigos, ya estamos llegando a la recta final de este bestiario. En esta ocasión, un relato para las almas viajeras amantes de las leyendas de aquellos lugares que visitan. Espero que os guste, simplemente. Gracias a todos los que seguís estas líneas con interés y los que disfrutáis con mis escritos. Un placer teneros ahí, al otro lado de la pantalla. Hasta la próxima historia. Un abrazo.


ISONDÚ

Ya estaban terminando su viaje por Argentina. La pareja había estado durante más de un año planeando aquel retiro que les llevaría a estar en una deriva controlada por tan preciosas tierras sudamericanas por al menos seis semanas. Acababan de pasar unos días junto a las cataratas de Iguazú y ahora permanecían sentados en un montículo desde el cual podían ver el cruce entre los ríos Paraguay, Uruguay y Paraná. Aquel no había sido uno de los objetivos señalados de inminente visita, pero un lugareño de la provincia en la que se encontraban al nordeste se lo había recomendado. Se trataba de Misiones, un bello lugar en el que no habrían reparado con tan sólo mirar las señas de un mapa. Hicieron caso, unos días más no les supondría ninguna alteración de lo ideado, al contrario, añadía más belleza a sus recuerdos para la posteridad. Ricardo les dijo que, si pasaban la noche en aquel lugar, serían testigos de un espectáculo maravilloso y ninguno de los dos quería perdérselo. Antes de seguir sus indicaciones, habían visitado el pueblo y repuesto algunos víveres, además, para la ocasión, habían comprado un buen vino tinto para beber bajo las estrellas. Acamparían allí, sí. Antes de llegar albergaban ciertas dudas al respecto, pero al encontrarse con aquel despliegue de hermosura no pudieron más que rendirse, una vez más, a los pies de la madre naturaleza y su inmensa sabiduría para crear tales parajes.

Ariadna y Pau, dos catalanes aferrados a la cultura de la mochila al hombro en sus escapadas por todo el mundo, llevaban mucho tiempo dedicando varias semanas al año a descubrir nuevos lugar por todo el globo terrestre. Habían visitado casi toda Europa, Australia, las zonas más significativas de Asia y África y llevaban un par de años haciendo incursiones en la cultura latinoamericana. Para el final dejaban Estados Unidos, no era un país que les llamara mucho la atención, sin embargo aparecía en su lista, en un lugar no preferente. Antes tenían decidido que visitarían el Polo Norte. De momento, adónde fuesen en el futuro o donde hubiesen estado no les interesaba, querían disfrutar del momento y, la mejor manera para conseguirlo no era otra que olvidándose de todo lo anterior y lo venidero, quedarse anclados allí, en el presente y las emociones que les transmitía. Aún era media tarde cuando cogieron las mochilas y se encaminaron al lugar aconsejado. Antes inspeccionarían el terreno y disfrutarían de las vistas. Cuando el ocaso se comenzara a pronunciar con sus tonos cálidos, Ariadna y Pau buscarían un buen lugar para plantar la tienda y preparar algo de cena. Les había gustado el montículo sobre el que se habían apostado para ver el paisaje y resolvieron volver más tarde para brindar con vino por la noche que les daba cobijo.

Según lo establecido, el cielo se tiñó de naranja y Pau comenzó a montar el hogar ambulante mientras Ariadna sacaba los cachivaches para preparar la cena. Sería algo sencillo, un revuelto de mini-salchichas con cebolla y algunas verduras enlatadas. Lo acompañarían con pan casero y unas lonjas de queso de cabra. Pau ya había terminado de ajustar los clavos a la tierra y estirar la lona impermeable, cuando le sedujo el olor que despedía la cacerola sobre el hornillo. El humeante sofrito hacía que sus glándulas se reactivaran y se le llenase la boca de saliva. Sorprendió a Ariadna por detrás y le besó en la cabeza, notando como sonreía por aquel gesto tan tierno y habitual.

- ¿Ya está la cena? – Dijo Pau desde atrás – Humm... huele de vicio.

- Casi... – Ariadna estaba concentrada removiendo el contenido.

- Voy preparando la mesa... – Pau hurgó en una de las mochilas y sacó un mantel que extendió sobre el suelo. Luego unas tazas de plástico que usaban para todo y unos cubiertos escondidos en pequeñas bolsitas individuales.

- Esto ya está – sonrió abiertamente a Pau – a comer.

- Que hambre... – ambos se sentaron alrededor del mantel. Pau chistó, había olvidado los platos. – Uff... qué cabeza. – Alargó la mano y la introdujo en la mochila para sacarlos. Los dispuso y Ariadna sirvió.

Durante la cena charlaron de forma amena, admirando la noche en derredor y sintiéndose plenos. Dejaron los platos sucios a un lado. Ariadna se adelantó y tomó la botella de vino con rapidez. Mientras Pau la seguía con la mirada, también cogió las tazas y salió corriendo en un juego divertido. Pau la siguió. Consiguió alcanzarla justo cuando ella se detenía en el montículo. Ambos rieron con ánimo y se besaron apasionadamente. Se profirieron las más bellas palabras que el mundo es capaz de sostener y se sentaron. Pau descorchó el vino y sirvió las tazas. El primer sorbo les supo delicioso. Miraron la etiqueta en busca de algún dato relevante que les permitiese repetir la compra en el futuro, pero las letras estaban gastadas. Hubieron de resignarse y seguir saboreando el afrutado licor. A media botella, ambos se tumbaron para admirar la bóveda celeste y su mar de estrellas. La visión de aquel espacio era asombrosa. Enmudecieron a voluntad para impregnarse bien de la imagen que la noche les regalaba. Suspiraron y se cogieron de la mano. Fue en esa calma cuando Ariadna se sobresaltó, irguiéndose para recuperar la postura y sentarse. Pau, extrañado la imitó. Cuando dejó de mirarla confuso, dirigió la vista al frente y comprendió. Había fuegos artificiales. Vaya con Ricardo, pensaron, parece que hay fiesta y no nos avisó. Se alegraron, pues eran enemigos de las grandes aglomeraciones de gente. Preferían, sin duda, la vista de aquel espectáculo que, como bien dijo el lugareño, era maravilloso.

Eran unos fuegos artificiales poco convencionales. No habían sentido explosiones ni los típicos silbidos de sus subidas hacia el cielo. Sintieron que se habían perdido el comienzo del show. Apenas veían cientos de luces de colores, especialmente rojas, danzando frente a ellos a considerable altura y a una distancia que les costaba medir. No sabían cuán lejos se encontraban de las luces. Sin embargo, pronto salieron de dudas, al tiempo que recibieron un buen susto. Las lucecitas se acercaron a ellos y comenzaron a revolotear en torno suya. Parecía una nube de luz envolvente. Se reclinaron un poco, incapaces de moverse. Una voz a sus espaldas les sobresaltó, erizando cada vello del cuerpo. Se volvieron a tiempo de ver a Ricardo, sonriente, divertido, tras ellos.

- Isondú – Dijo sin dejar de mirar los revoltosos puntitos flotantes.

- Oh, Ricardo... – Suspiró Ariadna – Nos ha dado un susto de muerte.

- Lo siento señora... – dedicó la más amplia sonrisa de su repertorio – no pretendía asustarles.

- ¿Qué haces aquí? – Pau rompió su silencio.

- Solo quería saber si les faltaba algo, si estaban bien... – se justificó ante algo tan inusual señalando hacia la derecha con el brazo extendido – yo vivo cerca de aquí, miren... – la pareja se concentró en la distancia y vieron un puntito iluminado entre todos los demás, estático – allí está mi casa.

- Ah... – Ariadna fue cortés con el recién llegado – Ricardo, siéntese con nosotros y tómese una copa de vino.

- Sí, tome asiento – saltó Pau emocionado, le encantaba el trato con los habitantes de la zona – se está muy bien aquí – hizo una pausa – además, así podría contarnos alguna historia de esta zona.

- Bueno... – dudó.

- Venga, sólo una copa... – Animó la chica - ¿qué mal puede hacerle?

- Está bien... – volvió a sonreír mientras se acomodaba entre ellos – supongo que puedo quedarme unos minutos.

Ricardo explicó a la pareja que Isondú era como llamaban a las luciérnagas en Argentina. Cuando Pau se mostró interesado en saber el porqué de aquel nombre, el hombre le contestó que nada viene porqué sí, sin más y que tenía una leyenda detrás. Alentaron a Ricardo a que se la contase y no pudo resistir la oferta de otra copa de vino mientras lo hacía.

- Verán... – comenzó – hace muchos años, había en el pueblo un muchacho de gran porte, elegante y guapo. Todos le tenían envidia. Yo no lo vi porque aún me quedaban décadas para nacer, pero mi abuelo, que era un niño, pudo ver como aquel insano sentimiento se iba apoderando de los hombres. Era un muchacho envidiado por aquellos que no podían remediar las rudas facciones de sus rostros. El chico no tenía la culpa de ser tan rabiosamente perfecto. Pero ellos no pensaron igual. Una noche, el muchacho volvía solo de una fiesta en un pueblo cercano y más de una docena de hombres furiosos y borrachos le siguieron hasta este lugar. – Dio un sorbo y chascó la lengua antes de proseguir – Aquí le golpearon con piedras primero y luego con sus propios puños, le dieron una paliza brutal. Pero no contentos con haberle desfigurado y malherido, aquellos salvajes sacaron sus navajas y lo apuñalaron más de una veintena de veces. Él no pudo defenderse, en ningún momento había representado una amenaza más que para el ego de aquellos hombres. Murió desangrado sobre la arena.

- Vaya... es una historia muy triste, Ricardo. – Masculló Ariadna algo afectada, quizá por el vino, quizá por el relato.

- Sí, así es, señora... – contestó amablemente – el caso es que antes de morir, sucedió el milagro.

- ¿Milagro? – Interrumpió Pau emocionado.

- Dicen que de su cuerpo vieron brotar diminutas bolas de luz, tan rojas como la sangre, y que revolotearon alrededor de los asesinos antes de extenderse hacia el cielo. Parecían luciérnagas y no dejaban de moverse de un lado a otro como nerviosas. Los hombres huyeron asustados dejando el cadáver del muchacho tirado sobre su propia sangre. Algunos volvieron a la mañana siguiente para recuperar el cuerpo y darle un entierro digno. Muchos estaban profundamente arrepentidos. Pero no pudieron resarcirse, jamás encontraron al muerto. Desde entonces... – apuró el vaso – cientos de lucecitas iluminan la región. Muchos creen que son luciérnagas.

- ¿Y el chico? ¿Cómo se llamaba? – Ariadna sentía una gran curiosidad. Ricardo se levantaba para marchar a casa.

- Isondú. – Espetó cansado pero tan amable como siempre – El muchacho se llamaba Isondú.

Vieron como Ricardo se perdía entre las sombras lejanas hacia la luz que emitía su hogar. La pareja quedó mirando las luces rojas aún pululantes y un escalofrío les recorrió el cuerpo. A lo lejos creyeron ver una mancha dibujando la silueta de un hombre, pero al parpadear no había nada. Las luces se fueron en aquella dirección y desaparecieron con la misma celeridad con la que habían aparecido. La pareja vació el resto de la botella a partes iguales y levantaron sus tazas para brindar. Aquella historia la llevarían siempre consigo. Pensaron en cómo a veces la injusticia se cebaba con aquellos que menos merecían su azote, entristecieron y golpearon ligeramente los recipientes de plástico. Sus voces se alzaron al unísono en mitad de la noche.

- ¡Por Isondú! – A modo de despedida, los centenares de lucecitas crearon un bello y breve espectáculo de colores y cabriolas nada inseguras. Se miraron y supieron que no eran luciérnagas. Una inteligencia se escondía detrás de esas luces. Volvieron a clamar hacia ellas mientras desaparecían sobre las aguas de los ríos cruzados. - ¡Por Isondú!


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