Esbjorn permanecía solitario tras su jarra de hidromiel. La taberna estaba repleta de guerreros prestos a la pronta lucha que se avecinaría. Vitoreaban el nombre de los dioses y aclamaban a Odín, suplicándole les diera la oportunidad de morir en combate para así pacer con él en el Valhalla. Esbjorn también se regocijaba con esta idea, pero lo hacía en silencio, apartado de la muchedumbre ebria.
Era un guerrero temible, de gran estatura y hercúleo. Una melena rubia trenzada caía sobre su espalda desnuda, llena de cicatrices, recuerdo de anteriores batallas. Se decía que pronto llegaría su momento de ascender junto a los grandes, de morar en el reino prometido para los que caen en la lucha. Mientras tanto, permanecía. Simplemente permanecía. Sin montar escándalo, sin golpear a sus compañeros, sin mediar palabra alguna. Su esposa había m
uerto años atrás durante el parto y el retoño que había engendrado marchó con su madre a causa de una alta fiebre que no superó al poco de nacer. Así que Esbjorn se encontraba solo. Dispuesto a dejar este mundo de un momento a otro. Sin embargo, bien sabía que jamás volvería al lado de su bebé y su esposa Frida, ellos habían perecido sin la gloria de los guerreros caídos. Estaban en un mundo inferior. Él podría yacer enfermo o, anciano, ver sus días agotarse. De ese modo se reuniría con sus seres queridos. Pero prefería la grandeza de caer en combate, los hombres siempre buscaban con ansia aquel final.
Un hombre, tan rudo como Esbjorn, se acercó a su mesa y la golpeó con una jarra rebosante de licor. Se pasó el hombro cubierto por la espesa barba y limpió la espuma que la bañaba. Miró a los ojos al héroe y balbució medio borracho unas palabras de aliento y júbilo.
- ¡Anímate Esbjorn! – Clamó - ¡Pronto estaremos en el Valhala! – Hizo una pausa y esbozó una media sonrisa - ¡Y ellos en el Infierno! – Se marchó riendo, no sin antes propinar un puñetazo en el hombro del solitario.
Quien conocía a Esbjorn sabía que se trataba de un hombre silencioso, de palabras precisas y actos certeros. Cada vez que desenvainaba su espada alguien iba a morir con total seguridad. El amanecer se acercaba y los guerreros aplacaron su sed de alcohol, pero no de sangre. Sin mediar horas de descanso antes de la batalla, se dirigieron a sus hogares para despedir a sus familias y armarse. Animaron a sus mujeres a un último achuchón y a sus hijos, quienes los tenían, aconsejaron llegar a ser fuertes adultos merecedores de un sitio privilegiado junto a los dioses. Esbjorn no se movió del sitio, estaba preparado antes incluso de comenzar a beber. Se ajustó el cinto y mesó su barba. Apuró la jarra y dejó atrás la taberna para reunirse con sus amigos.
El alba les recibió y ellos lanzaron vítores al aire. Sus rostros se llenaron de furia y decisión, de ansia y fortaleza. No parecía que apenas unos minutos antes hubiesen estado tan ebrios. Su deseo de blandir sus armas y hundirlas en la carne de los enemigos, les había despertado del trance etílico. Estaban en plena forma. Sabían beber.
Esbjorn se posicionó entre los primeros. Nadie se opuso. Si alguien debía morir con honor ese era Esbjorn. Lo merecía más que ninguno. Por desgracia, cada vez que se enfrentaban a sus enemigos, la espada de aquel hombre era más rápida que la de ellos y apenas conseguían imprimirle una leve herida. En pocas horas se encontraban en hilera aguardando a sus contrincantes. Aparecieron pronto tras una colina. Los escudriñaron y supieron que les superaban en número. Aquello les agradó. Frente a frente, los guerreros golpearon sus escudos con la empuñadura de sus espadas y hachas. Gritaron de
safiantes al enemigo y ambos bandos corrieron al encuentro de sus oponentes. Sería una ofensiva gloriosa, sin duda.
Las espadas chirriaron al estrellarse unas con otras. Saltaron chispas aquí y allá. La sangre salpicó los cientos de cuerpos desnudos que se batían rugientes. Muchas cabezas se separaron de sus cuerpos, al igual que algunas extremidades, que caían en el terreno aún tensas. De vez en cuando, los gritos se alzaban de nuevo, provocando al enemigo. Esbjorn corría de un lado a otro, sajando torsos y mutilando con precisos cortes. Vio a muchos de sus compañeros caer ensangrentados. En ninguno de ellos vio una expresión de derrota, sino todo lo contrario, mostraban alegría y orgullo. Esta visión le daba fuerzas para atacar sin remilgos.
Entonces, en mitad del campo de batalla, la vio. Iba a lomos de un bello corcel. Supo al instante de quién se trataba. Na
die excepto él parecía advertir su presencia, era un buen augurio. Se apeó numerosas veces del caballo para besar a los moribundos, que al instante se restablecían. Aún no era su momento. Entonces volvían a batallar. Esbjorn se mantuvo quieto, cegado por la belleza de la amazona, por su porte y gracilidad. Aquella mujer semi desnuda portaba coraza, escudo, casco y lanza, nada más. Cuando se dio cuenta que el guerrero la estaba mirando ella asintió y le regaló una sonrisa pícara. Fue el instante en que una espada atravesó la espalda de Esbjorn y partió su columna con un fuerte chasquido. Luego de caer de rodillas frente a la mujer, otra hoja volvió a hundirse en su carne, esta vez por uno de los costados. Alcanzó su corazón y murió.
Gna, la valquiria, tomó entonces con orgullo el espíritu de Esbjorn y lo guió hacia la bóveda celeste, donde se encontraría con Odín y compartiría con él grandes placeres, bebería hidromiel de manos de las valquirias y sería agasajado por sus valientes hazañas. Mientras ascendía, pudo reconocer a algunos de sus compañeros caídos ascendiendo a pocos metros de él y de la mano de alguna otra bella muje
r, a lomos de sus caballos. No había palabras para describir aquella escena. Gna le confesó que ella misma había suplicado a Odín le permitiera llevarle personalmente al Valhalla. Por regla general, las valquirias son damas vírgenes y libres del amor carnal, pero Esbjorn había suscitado en la amazona una gran pasión que no se sentía capaz de refrenar. Odín, ante las palabras de Gna, accedió a concederle el beneficio de la unión con un mortal, pero le puso como condición que aquel que se adentrara en ella había de ser un glorioso guerrero caído en batalla. No hubo réplica a las majestuosas palabras del dios, Esbjorn era el candidato ideal. Aún su mortalidad estuviese extinta. Sin duda era un acto atípico aquel al que se enfrentaba y, aún así, se sentía capaz de llevarlo a cabo con sumo placer. Mientras llegaban al reino de Odín, Gna habló con delicadeza al guerrero.
- Esbjorn – dijo sin mirarle – tienes el orgullo de desposarte conmigo y limpiar de mi cuerpo la virginal castidad. – Hizo una pausa para advertir la reacción del héroe – Odín bendice nuestra unión. No puedes objetar.
El guerrero contuvo su alegría. No sólo moraría en el Valhalla, sino que, además, se le había obsequiado con la grandeza de compartir sus días de eternidad en compañía de tan magnífica fémina. Las valquirias eran espíritus belicosos y de carácter fuerte, pero eso era algo que, más que preocupar a Esbjorn, le llenaba de orgullo y acrecentaba su pasión.
Llegaron a su destino y Gna invitó a Esbjorn a bajar de su caballo. Entonces Esbjorn quiso besar a su doncella guerrera y esta permaneció sumisa y entregada. En mitad de tanto gozo, Esbjorn tuvo la tentación de mirar hacia abajo y, desde allí, pudo ver el mundo inferior. No aquel en el que había fallecido atravesado por la afilada hoja, sino ese otro al cual iban a parar los muertos sin gloria ni honor. A través de una nube, pudo ver dos rostros mirando con tristeza hacia el cielo. Era Frida, su mujer, con el niño en brazos, señalando con aire triste hacia donde estaba Esbjorn. En ese momento les echó de menos y quiso descender para mostrarles su afecto. La nube se cerró delante de él y les perdió de vista. Ya era tarde para eso. Gna tiró de su mano, arrastrándole hacia el interior de aquel paraíso. Esbjorn volvió la cabeza por última vez para despedirse. Todo quedaba atrás para siempre. Quién fue ya no importaba. A quién amó tampoco. Ahora solamente interesaba saberse digno de lugar en el que se encontraba. Pronto vio llegar a sus compañeros y los saludó con ímpetu. Se jactaron de su fortuna y se perdieron entre canciones de victoria y grandeza. El Valhalla les esperaba.
















