Lejos de lo que esperaba encontrar en aquel rostro, encontró unas facciones dulces, tristes y triunfantes a un tiempo. El primer gesto que le dedicó el extraño fue una sonrisa que hizo que todos los temores de Alicia se deshicieran como azúcar en agua. Ella no dijo nada, sólo miró y esperó. Aquel hombre que no era más que un muchacho algo mayor que ella, tenía un bastón de madera en una mano. Aquel con el que había arañado la tierra mojada. En la otra, un cuaderno y una pluma. Ninguno de estos objetos resultaba conocido para la muchacha, pero no le cabía duda que el extraño no tardaría en enseñarle su utilidad. Aún le quedaba por aprender lo que aquel humano venido de la nada tuviese que enseñarle.
Permanecieron callados, el uno frente al otro, por un tiempo que pareció extenderse hacia el infinito y detenerse a la vez en un espacio indefinido. Sus ojos buscaban reconocimiento en el otro, en las facciones de aquel rostro. Se sabían conocidos, pero eran tan distintos y lejanos... Alicia, ahora más tranquila, volvió a levantar la mano y acarició la mejilla del hombre. Aquella piel cubierta de pelo hirsuto y negro le pareció curiosa. Luego mesó sus largos cabellos, también oscuros. Era el primer humano de verdad con el que tenía contacto. Damián, al fin y al cabo, procedía de su mundo de sueños y tan sólo en él lo había tocado. A pesar de que su mente le hubiera hecho alucinar y verlo correteando por entre la jungla, jamás, en esas ocasiones, tuvo otro tipo de contacto que no fuera visual o para recibir algún consejo esporádico, breve y repentino. Ahora tenía un hombre frente a ella. Y le parecía tan diferente del anciano... Sin mediar palabra aún, Alicia rodeó al muchacho sin dejar de observarlo de arriba abajo, tocando sus ropas y sonriendo divertida. No le parecía aquel un humano tan temible como aquellos que Damián le había relatado en sus experiencias. No tenía aspecto de ser un asesino o un cruel y despiadado malhechor. Sus ojos parecían reflejar un alma noble, pero ¿acaso podía fiarse de unos ojos? ¿acaso ella conocía la naturaleza del ser humano como para poder confiar en sus rasgos como determinantes de su conducta? La respuesta era un no rotundo y, aún así, no podía dejar de mirar sus ojos y maravillarse. Quería dejarse arrastrar por la corriente que aquel extraño traía consigo. Él se dejó hacer, no hizo movimiento alguno. La belleza de Alicia y su desnudez le habían encandilado y no quiso romper la magia ni asustar a la muchacha de pelo rojo.
Cuando pensó que ya era suficiente y que no había motivo para asustarse el uno del otro, el muchacho sonrió de nuevo a Alicia y habló con un tono que a la chica le pareció una dulce melodía tan hipnótica como la de muchas de esas aves que ahora eran ceniza. En ningún momento, Alicia relacionó la aparición del extraño con ese acontecimiento tan triste. Estaba tan absorta con la novedad que sus preocupaciones quedaron momentáneamente a un lado.
- ¿Quién eres? – Dijo el chico. Alicia abrió la boca demostrando asombro.
- Hablas la lengua de los hombres. – Se limitó a decir.
- Tú también... – Se mostró divertido.
- Damián me la enseñó. – Era escueta en sus palabras. No tenía mucha costumbre y tampoco tenía afán de crearla.
- ¿Hay más personas aquí contigo? – Se sorprendió, pensando que ya era insólito encontrarla a ella allí. El lugar más remoto que jamás nadie hubiese imaginado.
- Bueno, no exactamente. – Señaló a sus espaldas y, de entre la maleza, vieron aparecer decenas de criaturas de lo más variopintas. Mosak encabezaba el grupo.
- Pero... – Dijo él con una mueca desencajada en el rostro. – No puede ser... – No le asustaban las bestias que aparecían, mestizajes imposibles entre criaturas de esta realidad y aquella que alberga los sueños. Sus temores iban mucho más allá. Esas criaturas no debían existir. Ya no.
- Estos son mis amigos. – Dijo Alicia con agrado mientras alargaba el brazo y lo paseaba en el aire formando un arco que se extendía de un lado a otro, abarcando los límites que conformaban aquel grupo heterogéneo.
- ¿Y Damián? – Exclamó aún acongojado. - ¿Es uno de ellos? – Esta insinuación pareció divertir a Alicia.
- Damián no es un animal, es como yo o, bueno, más bien como tú. – Dijo fingiendo irritación. Lo cierto es que estaba disfrutando con la broma. - ¿Creía que te había quedado claro cuando me has preguntado si había más personas aquí?
- Bueno, ¿y dónde está? – Insistió el extraño.
- No está aquí. – Alicia no se desperdiciaba en palabras inútiles.
- Eso ya lo veo, ¿puedo hablar con él? – Ni el mismo sabía qué diferencia podría haber entre el hombre y la chica que acababa de conocer. Sin embargo, llegó a la conclusión que era la mejor excusa que se le ocurría para ir hacia algún lado que no fuese aquel, rodeado de criaturas que no debían existir. Comenzaba a marearse.
- Creo que no. ¿Te encuentras bien? – Dijo Alicia, al notar que el chico intercambiaba el peso de su cuerpo entre una pierna y otra y miraba con avidez hacia todos lados y, más en concreto, hacia la fauna que se erigía tras la muchacha. – Tú cara tiene un aspecto extraño.
- Sí... – Contestó. – Ha sido un viaje muy largo.
Alicia no quiso seguir preguntando. Se encontraba fatigada con el interrogatorio. No estaba acostumbrada a tanta palabrería. La mayoría de las veces que hablaba, aunque Damián le había insistido en que practicase en el mundo real, lo hacía en sueños, donde sus cuerdas vocales no sufrían y su garganta no se secaba. Cuando terminó de hablar, le dolía la mandíbula y la acarició con la mano, moviéndola hacia uno y otro lado. El extraño se limitó a mirarla y esperar el siguiente movimiento. No esperaba encontrar a nadie allí. Había escogido aquel lugar como su retiro personal en el que encontrarse a sí mismo y volver a empezar de cero. No contaba con encontrar a otros y, menos aún, una mujer desnuda y bella. En el momento en que la vio, algo dentro de sí se despertó y la vergüenza subió a su rostro con celeridad. Estaba tan acostumbrado a la desnudez ajena como aquella chica al uso de la lengua. Cuando se giró y la vio allí, tuvo una sensación extraña y el recuerdo de Gabriela acudió a su memoria. Su talante dulce que escondía, sin embargo, una fría obsesión y unos deseos de venganza que él no supo advertir. A ella también la había visto desnuda. Recordó cuando fue a su celda y le ofreció la satisfacción de ciertos placeres que el muchacho no supo catalogar. Para él, el único placer que existía en aquel momento era la libertad. Ahora, lejos de los muros que le habían aprisionado y del mundo que no había visto crecer salvo en su imaginación, se encontraba aliviado. No obstante, al mismo tiempo, al descubrir las criaturas que cohabitaban con Alicia, sintió un pinchazo en su interior y sintió que nada de lo que había hecho hasta ahora había servido para paliar su mal. Un esfuerzo inútil que sembró en él una enorme cuestión que debía ser resuelta por encima de todas las demás. ¿Cómo era posible que aquellos seres siguiesen existiendo? Sin saber cómo, intuyó que, tal vez, la muchacha tuviese algo que ver. O, quizá, el hombre al que Alicia llamaba Damián. Si quería averiguar algo, debería mantener la calma y seguir la corriente. Ya habría momento de alarmarse. Lo primero que hizo fue transcribir lo que había escrito en la arena al cuaderno que ahora tenía en la mano. Era una manera de asegurar la permanencia de sus deseos. Lo que se escribe en la orilla de la playa acaba desapareciendo bajo las lenguas de espuma. Y él, de momento, necesitaba que sus palabras perdurasen por un largo tiempo. Ahora, con más motivo.
Alicia le hizo un gesto amable para que la siguiera. Los animales se apartaron al ver a la chica atravesar la playa por donde ellos estaban y el extraño la siguió con cierto recelo. Los animales le miraban como el depredador que observa a su presa pero, por algún motivo que no alcanzaba a comprender, estaba seguro que no corría peligro alguno mientras permaneciese junto a la bronceada muchacha de pelo rojo. Un escalofrío, no obstante, le erizó los pelos de la nuca. Respiró profundamente y aceleró el paso hasta situarse muy cerca de la chica, tanto que podía oler el aroma de su piel salina. De vez en cuando, Alicia miraba hacia atrás por encima del hombro y le sonreía. Era su manera de comprobar que todo estaba bien y que le seguía. Estaba contenta de tener a alguien más allí. Alguien como ella. Real y humano. Pronto anochecería y aún tenían muchas cosas que contarse antes de dormir. Quizá entonces acudiera Damián a recibir al extraño y Alicia se preguntó si acaso sería posible encontrarse los tres en un rincón tan misterioso e insondable como era el de los sueños.
Antes de tumbarse sobre sendos lechos que había preparado Alicia con hojas de palma, ambos humanos dieron un paseo por la orilla de la playa, lejos de las miradas de las criaturas. Mosak era el único que, con recelo, observaba entre la maleza y velaba por la seguridad de su amiga. La noche había caído y las estrellas parecían brillar con más fuerza que nunca. Alicia, lejos de parecerse sus sentimientos a los del sueño, no padeció pudor alguno y se sintió altanera mostrando sus atributos. Era como si su naturaleza animal quisiese exhibirse en un extraño ritual que buscaba el inconsciente apareamiento para la procreación de la especia, como si le dijese de forma encubierta que aquella sería la única oportunidad de salvar la especie. Pero Alicia, poco instruida en estos asuntos, tan sólo sintió un leve cosquilleo y una quemazón repentina cada vez que sus cuerpos se rozaban por casualidad en su paseo. Ella entonces se reía y apartaba la mirada hacia la vasta extensión de mar que se perdía en la oscuridad de la noche. La muchacha le contó lo que hacía habitualmente. Le habló de Mosak y sus amigos. También le contó todo lo que Damián le había narrado en los últimos años, así como las cosas que había aprendido de él.
- Gracias a él puedo estar hablando contigo ahora. – Lejos de querer insinuar aquel gesto una bendición, fue lo que pareció y ambos se manifestaron ciertamente incómodos por unos instantes.
- Claro... – Dijo él avergonzado.
- ¿Y a ti quién te enseñó a hablar? – Quiso saber Alicia.
- Bueno... no sé... – Se rascó la cabeza. – Imagino que eso se aprende de pequeño, entre los adultos, el colegio...
- ¿Por qué no han venido tus padres contigo? – Insistió. Entonces él se detuvo y agachó la cabeza. Un destello de tristeza asomó a sus ojos y tardó en responder. Tan sólo lo hizo una vez suspiró y aunó fuerzas para hacerlo.
- Yo no tengo padres. – Dijo con un tono de voz apagada. Ahora, sin saber porqué, comenzaba a echarlos de menos.
- Yo tampoco, pero no estés triste por eso. – Dijo Alicia pensando que lo habitual era no tener progenitores o, al menos, no conocerlos. El extraño miró alrededor comprendiendo que la muchacha tenía un concepto sesgado del mundo. Le recordó a si mismo. Sin embargo, su desconocimiento era mucho más profundo de lo que había sido el suyo.
- No es eso. Están muertos. – Dijo esbozando una leve sonrisa que trataba de quitar hierro al asunto.
- Oh... vaya... – Y Alicia se unió a su tristeza, pues en ese momento, la muerte se había pronunciado y había vuelto a su mente el recuerdo de los cientos de animales que había visto desintegrarse justo antes de que apareciese el extraño. Entonces comenzó a temblar. Cómo había podido olvidar aquel suceso. Y cayó de rodillas sobre la arena de la playa y lloró como hasta ahora, en su breve experiencia del dolor humano, lo había hecho. El extraño se acercó a ella y le apartó el pelo de la cara.
- No te preocupes. – Trató de suavizar ignorando que su mal no era el de ella, sino que otros pesares ocupaban su corazón y propiciaban aquel torrente. – Ya pasó todo. – Ella levantó la mirada y vio un sufrimiento hiriente en su mirada. Esos ojos le dolían con fuerza.
- Siento lo de tus padres. Pero no es eso... – Dijo entre sollozos, cada vez más apesadumbrada. Se sentía incapaz de hablar. Necesitaba la compañía de Damián. Sus amigos había muerto, esa era la palabra. Una palabra que se había escabullido de su pensamiento o, tal vez, ella la había omitido porque le dolía pensar que era eso lo que les había sucedido. – Muchos de mis amigos también han muerto. Se han ido en el aire y no volverán. Y no pude hacer nada... – Apretó los dientes y, por primera vez, otro sentimiento apareció en ella, aprisionando sus músculos. Era la ira. La rabia surgida de la impotencia. Sus puños, ahora cerrados, golpearon la arena repetidamente. - ¡Nada! – Gritó. Y su llanto se hizo más potente.
Dolía tanto que pronto cayó de un costado y no pudo más que dejarse llevar por esa angustia. Ni los brazos consoladores de su acompañante, ni sus palabras de aliento y preocupación, pudieron hacer nada por ella. Tan sólo el tiempo. Ambos esperaron hasta que la noche fue muy cerrada y Alicia, exhausta, quedó rendida al sueño. Él la miró y se sintió tan responsable que volvió a sentir el Mal del Mundo pesando sobre su corazón. Supo entonces que aquel era un estigma del que difícilmente se iba a poder desprender en su vida. Arrodillado, puso la cabeza de Alicia sobre sus piernas y la acarició hasta que sus espasmos fueron menos continuos y el sueño se tornó placentero. Él, por el contrario, no durmió. Pasó la noche oteando las estrellas en busca de respuestas. Mosak, apenado por la desazón de Alicia, tampoco cerró los ojos. Se quedó allí oculto hasta el amanecer.

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