LA ISLA (X)
Damián les dio unas indicaciones básicas para salir de allí y esperó a que la noche cayese sobre el barrio para depositar a Fausto y Alicia cerca de la casa. Los padres de Fausto habían muerto durante el asalto, los hombres de Leandro los habían aniquilado sin mediar palabra, sin darles la oportunidad de rendirse. Damián había tenido la suficiente delicadeza para evitarle el mal trago de una visión tan trágica al muchacho y había hecho que el holograma se desvaneciese antes de los disparos y los gritos. Aún recordaba el brazo que sobresalía a través de la puerta del salón de casa cuando Gabriela le conducía hacia la falsa libertad prometida. Era su padre, tendido en el suelo. Estaba muerto, no necesitó que se lo confirmasen. Sus preguntas tenían una evidente respuesta. Ahora, después de lo que había presenciado en el video holográfico, las pocas dudas de que su familia hubiese sobrevivido se disiparon como la claridad que acompaña al rayo.
Llegaron poco después del ocaso a la antigua casa de Fausto. Éste se sentía extraño al pisar aquel suelo que durante más de dos décadas se le había negado. Todo era confuso y traía a su mente recuerdos de lo que pudo haber sido en caso de haber disfrutado de una vida normal. Los juegos en el parque, los bocadillos a media tarde cuando volvía a casa sudoroso y lleno de barro hasta las orejas, las reprimendas, las buenas y las malas notas en el colegio, sus primeros flirteos con las chicas de clase y sus primeras salidas y consecuentes llegadas tarde. Todo eso se acabó a los siete años. Ahora no había vuelta atrás. Era irrecuperable. Había perdido toda su infancia y gran parte de su vida. Además, había sido el causante del caos que asolaba el planeta desde su encierro. Viendo que no tenía pasado, había pensado que, tal vez, la vida le dejase hacer algo por su futuro y por el de sus congéneres. Y lo cierto era que, cuando comenzaba a escribir la historia de nuevo en su pequeño cuaderno, el destino volvía a traerle donde todo había empezado. No podía escapar de aquella espiral. Era inútil. Este pensamiento le abatió y dejó aturdido un instante. Fue Alicia la que le arrancó de su ensimismamiento cuando su curiosidad le llevó a empujar la puerta principal de la casa. Fausto apenas sí se había dado cuenta del camino recorrido desde que Damián les dejase en el barrio. La chica miraba con admiración todo cuanto le rodeaba, aunque su facilidad de adaptación era asombrosa y ya no veía con los mismos ojos sorprendidos todo cuanto rodeaba. Pronto, todos esos objetos absurdos y sin sentido, incluso le llegaron a parecer aburridos. Fausto agarró el hombro de Alicia antes de que se adentrase en la oscuridad del salón.
- Espera. – Le susurró. – Yo iré primero. – Ella asintió en silencio y se ladeó para dejarle pasar.
A oscuras y sin articular palabra, ambos fueron avanzando hacia las estanterías en las cuales habían visto a su hermana trajinando. Con un movimiento rápido, Fausto indicó con los dedos a Alicia para que comenzara a mirar en el interior de los libros. Ella se encogió de hombros. Evidentemente, no le entendía. El muchacho tuvo que acercarse para mostrarle lo que debía hacer y le dijo al oído lo que debía buscar. Sin embargo, fue bastante ambiguo. Ni él sabía lo que su hermana había escondido entre aquellos volúmenes. Podía ser cualquier cosa plana que no ocupara más que la palma de la mano. Podía ser incluso una hoja, pensó Fausto. Y entonces, como si una bombillita se hubiese iluminado sobre él, comenzó a extraer libros de la estantería con avidez, abriéndolos mientras los sujetaba por el lomo y agitaba sus páginas para ver si caía algo. En una de esas ocasiones, cayó. Era una hoja. Se acercó con sigilo hacia la ventana que daba a la calle y aprovechó la luz mortecina que le facilitaban las farolas para echar un vistazo al contenido escrito de aquel papel. La reconoció al instante. Era una de las muchas páginas que Fausto había escrito. Pero, ¿por qué las habría guardado Anita? Antes de obtener respuesta o un atisbo siquiera de alguna pista certera, un ¡clic! hizo que se volviese. Alicia estaba en el suelo, obviamente, alguien la había golpeado con una habilidad felina y ahora, el cañón de un revólver apuntaba directamente a Fausto entre los ojos. El libro que tenía en una mano se le resbaló y se estrelló contra el suelo. Fue un mal movimiento que apunto estuvo de borrarle del mapa, pues su agresor pareció ponerse nervioso.
- ¡Maldita sea! – Al hablar, el propietario del arma se descubrió como mujer. – ¡No vuelvas a hacer eso, me cago en la puta! – Dijo soez. Fueron pocas palabras, pero suficientes para reconocer en la voz, que no en el rostro, tan a oscuras como el suyo, a alguien conocido. Muy conocido.
- ¡Anita! – Dijo emocionado. La garganta pareció encogérsele y solamente pudo volver a repetir aquel nombre como si fuese un salmo sagrado o un deseo que pudiese hacerse realidad. - ¡Anita!
- ¡Fausto! – La extraña bajó el arma y le puso el seguro. No era la primera vez que sostenía una pistola y se la veía bastante resuelta. - ¿Eres tú?
Llegaron poco después del ocaso a la antigua casa de Fausto. Éste se sentía extraño al pisar aquel suelo que durante más de dos décadas se le había negado. Todo era confuso y traía a su mente recuerdos de lo que pudo haber sido en caso de haber disfrutado de una vida normal. Los juegos en el parque, los bocadillos a media tarde cuando volvía a casa sudoroso y lleno de barro hasta las orejas, las reprimendas, las buenas y las malas notas en el colegio, sus primeros flirteos con las chicas de clase y sus primeras salidas y consecuentes llegadas tarde. Todo eso se acabó a los siete años. Ahora no había vuelta atrás. Era irrecuperable. Había perdido toda su infancia y gran parte de su vida. Además, había sido el causante del caos que asolaba el planeta desde su encierro. Viendo que no tenía pasado, había pensado que, tal vez, la vida le dejase hacer algo por su futuro y por el de sus congéneres. Y lo cierto era que, cuando comenzaba a escribir la historia de nuevo en su pequeño cuaderno, el destino volvía a traerle donde todo había empezado. No podía escapar de aquella espiral. Era inútil. Este pensamiento le abatió y dejó aturdido un instante. Fue Alicia la que le arrancó de su ensimismamiento cuando su curiosidad le llevó a empujar la puerta principal de la casa. Fausto apenas sí se había dado cuenta del camino recorrido desde que Damián les dejase en el barrio. La chica miraba con admiración todo cuanto le rodeaba, aunque su facilidad de adaptación era asombrosa y ya no veía con los mismos ojos sorprendidos todo cuanto rodeaba. Pronto, todos esos objetos absurdos y sin sentido, incluso le llegaron a parecer aburridos. Fausto agarró el hombro de Alicia antes de que se adentrase en la oscuridad del salón.
- Espera. – Le susurró. – Yo iré primero. – Ella asintió en silencio y se ladeó para dejarle pasar.
A oscuras y sin articular palabra, ambos fueron avanzando hacia las estanterías en las cuales habían visto a su hermana trajinando. Con un movimiento rápido, Fausto indicó con los dedos a Alicia para que comenzara a mirar en el interior de los libros. Ella se encogió de hombros. Evidentemente, no le entendía. El muchacho tuvo que acercarse para mostrarle lo que debía hacer y le dijo al oído lo que debía buscar. Sin embargo, fue bastante ambiguo. Ni él sabía lo que su hermana había escondido entre aquellos volúmenes. Podía ser cualquier cosa plana que no ocupara más que la palma de la mano. Podía ser incluso una hoja, pensó Fausto. Y entonces, como si una bombillita se hubiese iluminado sobre él, comenzó a extraer libros de la estantería con avidez, abriéndolos mientras los sujetaba por el lomo y agitaba sus páginas para ver si caía algo. En una de esas ocasiones, cayó. Era una hoja. Se acercó con sigilo hacia la ventana que daba a la calle y aprovechó la luz mortecina que le facilitaban las farolas para echar un vistazo al contenido escrito de aquel papel. La reconoció al instante. Era una de las muchas páginas que Fausto había escrito. Pero, ¿por qué las habría guardado Anita? Antes de obtener respuesta o un atisbo siquiera de alguna pista certera, un ¡clic! hizo que se volviese. Alicia estaba en el suelo, obviamente, alguien la había golpeado con una habilidad felina y ahora, el cañón de un revólver apuntaba directamente a Fausto entre los ojos. El libro que tenía en una mano se le resbaló y se estrelló contra el suelo. Fue un mal movimiento que apunto estuvo de borrarle del mapa, pues su agresor pareció ponerse nervioso.
- ¡Maldita sea! – Al hablar, el propietario del arma se descubrió como mujer. – ¡No vuelvas a hacer eso, me cago en la puta! – Dijo soez. Fueron pocas palabras, pero suficientes para reconocer en la voz, que no en el rostro, tan a oscuras como el suyo, a alguien conocido. Muy conocido.
- ¡Anita! – Dijo emocionado. La garganta pareció encogérsele y solamente pudo volver a repetir aquel nombre como si fuese un salmo sagrado o un deseo que pudiese hacerse realidad. - ¡Anita!
- ¡Fausto! – La extraña bajó el arma y le puso el seguro. No era la primera vez que sostenía una pistola y se la veía bastante resuelta. - ¿Eres tú?

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