Él sabía que no había abandonado el país. Intuía que incluso seguía en aquella ciudad. Era tan difícil dejar atrás aquellas calles plagadas de melancolía y bohemia que ella jamás habría abandonado sus rincones. Le partiría el alma y haría su corazón añicos, más aún que la despedida amarga que le obligó a separarse de su lado. Jorissou desconocía los motivos de su marcha, que quizá hubiera sido forzada por circunstancias ajenas a su conocimiento. De algún modo esperaba que así fuera y no un adiós voluntario con el único fin de alejarse de él. Aún evocaba a la caída de la noche su dulce nombre entre las sábanas frías de su apartamento. Marie... se decía susurrando, como si de esa manera trajese algo más que su recuerdo y volviese a él el calor perdido que tanto tiempo anduvo en su cama, rozándole la piel, absorbiendo su aliento y despojándole de todo con una furia estremecedora y excitante. Durante las últimas semanas, había seguido los pasos habituales de su amada con la esperanza de encontrarla en busca de su petit dejuné en la pastelería, o comprando fruta, o en el supermercado. Pero también se había recreado en los lugares que les sirvieron de románticos paseos sin premura. Los parques habituales llevaban un tiempo largo sin saber de sus miradas. Los árboles no olvidaban el tacto de sus manos en contraposición a su áspera corteza agrietada. Las aves danzaban como tantas otras veces, chapoteando en las aguas de los estanques y regando el lugar con sus cantares bajo el cielo de gris amenazador. No. Estaba claro. Ella no estaba allí. Jorissou lo sabía. Así como también sabía que la espera había tocado a su fin y llegaba el momento de iniciar la búsqueda de aquel Amor. Pues era aquel el que le henchía el pecho y le llenaba la vida de color.
Abandono aquel amanecer con aire decidido y ojeras delatoras. Salió de su apartamento en Rue Lamandé con un plano de París en la mano. Iría distrito por distrito, recorriendo los más de veinte que conformaban la ciudad, hasta que la encontrara. No cogería el metro, ni el autobús, ni siquiera un taxi. Quería hacer el trayecto a pie, no fuera que en su arranque de pereza perdiera la oportunidad de encontrarse con ella. Aún así sabía que nada se podía hacer en contra del destino y que si había de hallarla lo haría fuera caminando o en avioneta. Desconocía los motivos que habían impulsado a Marie a dejarle de la noche a la mañana. Sin una nota, sin una explicación, sin una discusión de por medio. Y aún ignorante de ello, no le importaba en absoluto. Lo más importante era dar con ella, abrazarla, besarla... y, sobre todo, amarla.
A las diez de la mañana se sorprendió en la tercera planta de
agentes del orden, alertados por la vocería y temiendo fuera otro romántico suicida a las puertas de la muerte, le tomaron por los brazos y por loco. Jorissou no dejó de llamar a Marie, mientras los turistas se agolpaban entusiasmados y expectantes a su alrededor, los más morbosos regando su rostro anegado en lágrimas con flashes. Abajo ya, los agentes aconsejaron amablemente al pobre hombre que jamás volviera a pisar un solo hierro de aquel monumento. Y Jorissou se marchó cabizbajo, no por la advertencia, sino por el poco tiempo que se le había concedido. No sabía si su voz había alcanzado siquiera el piso inferior, pero, sin duda, el sentido latir que emanaba de su corazón era capaz de atravesar cada callejuela de París al encuentro de Marie. Y cuando su latido se encontrara con el de ella, sabría que la buscaba y no podría más que permanecer en silencio, con la cabeza alta y los ojos cerrados, para tratar de oír su procedencia.
Cerca del mediodía, cuando todos se relajaban con el almuerzo en alguna cafetería o restaurante, comenzó a llover. No era una lluvia severa, sino más bien delicada, como finas puntitas de agua que apenas herían la piel. Jorissou miró al cielo con tristeza y una gota se pegó a la esquina de su ojo, resbalando por la mejilla y clavándose en sus labios. La saboreó y le pareció tan salada como las lágrimas que Marie derramó la noche anterior a su partida. La recordó con añoranza. Era una nostalgia placentera, pues su imagen aparecía vívida en la memoria de Jorissou y se regodeaba con ella. Aquel momento de gozo le imbuyó una extraña vitalidad que supo aprovechar saliendo de su ensimismamiento y dirigiéndose con paso firme hacia el siguiente destino.
Llegó a Montmartre con el corazón a mil, la sangre hirviéndole en las venas y la esperanza pugnando por ganar la batalla a la fe. Jorissou subió escaleras altas y cuestas empinadas. Cuando parecía que llegaba a la cima, una nueva alzada le
salía al paso. Aún así, perdido como estaba en sus pensamientos, no le supuso gran esfuerzo llegar al final de la calle empedrada. Y se encontró con la plaza llena de artistas. Apenas tenía cada uno de ellos un metro cuadrado para desarrollar su arte. La mayoría eran pintores, pero también se encontraban algunos innovadores que con unas tijeras y un trozo de papel conseguían imitar el perfil del retratado. Los menos afortunados, de los artistas claro, vagaban entre la gente libreta en mano para ofrecer sus servicios retratistas. Algunos decían en un francés para turistas que no le cobrarían más que los minutos que tardasen en realizar la obra. Pero no debía ser tan tentador como pretendían, pues eran pocos los que comenzaban siquiera un trazo. Jorissou caminó entre caballetes y lienzos aún por descubrir su alma. Su mirada era atenta. Quizá, pensó, Marie estuviese retratada en alguno de aquellos cuadros. Los observó uno a uno. Pidió, incluso, a los pintores referencias de su chica y todos le negaron rotundamente. Sin embargo, no tenía más remedio que hacer caso omiso de sus negativas, pues era imposible, excepto para él que no olvidaría jamás aquel rostro angelical, que aquellos recordaran cada una de las personas que por allí desfilaban o se detenían prestas a ser inmortalizados. Se acercó a una boulangerie y compró un dulce que apenas mordisqueo. No tenía hambre, era la inercia. Luego de dar otra vuelta a la plaza y preguntar a alguna gente, fue hacia el Sagrado Corazón y contempló sus gárgolas. Eran aberraciones animales de aspecto tosco y amenazador, talladas en piedra con rabia, la misma que debían mostrar a cualquier intruso que osara alterar la paz de aquel lugar sacrosanto. De sus bocas emanaban hilos de agua sucia y se sintió, por un momento, objeto de burla. Aquellas figuras inermes parecían estar provocándole con insultos invisibles. Enojado, Jorissou se dio la vuelta hacia el mirador y vio todo París de camino al ocaso. Puso sus manos ahuecadas alrededor de la boca y gritó con fuerza.
- ¡Marie!¡Marie!¡Mon Amour!¡Marie!
Esta vez no hubo fuerzas de seguridad que limitaran su llamada, pero quienes tenía alrededor no fueron menos curiosos que los de ue a Marie le encantaba aquel lugar y soñó por un instante que la encontraba allí, junto a la barra. Ella decía que era el mejor bar de París. Jorissou nunca estuvo del todo de acuerdo con ella, pero al entrar y admirar aquel espacio, pensó que quizá se equivocara. Había una lámpara enorme colgando del techo en el centro mismo de la sala, más allá de donde la barra se abría para dejar paso a los camareros. Era una de esas lámparas de cientos de brazos con una vela al final de cada uno de ellos. La diferencia radicaba en que en lugar de velas había botellas embutidas por su cuello y bocabajo. Las paredes estaban llenas de cuadros de cuerpos desnudos tatuados. Al fondo, unas escaleras de apenas unos peldaños que daban a otro espacio destinado a la comida, junto al cual se abría un ventanal tras el que un hombre bigotudo de gorro caído esperaba las comandas junto a la plancha redonda. Miró concienzudamente cada mesa y lugar de la barra. Esperó incluso unos minutos por si alguna de las personas que salían del baño era ella. Mientras, otra cerveza. Fueron dos más antes de abandonar el lugar con el alma a los pies y la cabeza revuelta. Jorissou llegó a su apartamento siguiendo el camino que marcaba la rutina. Sin desvestirse, cansado, se desplomó en el catre y durmió agitadamente.
Un sonido apagado le sacó de su letargo y, al salir de la habitación, descubrió a Pierre hurgando entre las sobras de la mesita sin importarle que llevaran allí días.
- ¡Eh, Joris! Tienes mala cara. – Dijo mientras masticaba con la cara constreñida.
- No te comas eso, lleva tiempo ahí. – Su aspecto era horrible. Los hombros gachos y la mirada caída. Su rostro reflejaba apatía y cansancio.
- ¿Estás bien? – Insistió su amigo.
- Sí, sí... – dijo distraído. – Sólo necesito un café.
- Bueno... yo me voy... – alargó la mano hacia un pedazo de baguette endurecido – sólo pasaba por aquí. Luego te veo. – Se perdió por el pasillo y Jorissou oyó la puerta cerrarse. Los pasos se apagaron escaleras abajo.
Mientras tomaba su café largo, sólo y amargo, Jorissou recordó su intención. Se lavó la cara con agua fría y cogió la chaqueta del perchero. Segundos después se encontraba en la calle. El día era peor que el anterior. Las nubes no eran grises, sino negras, y amenazab
a tormenta. Subió la cremallera hasta la nuez y se escondió media cara en el abrigo. Aceleró el paso hacia el Arc de Triomphe. Cuando llegó se quedó mirando su imponencia y paseó los ojos por cada una de las figuras que contenía el monumento. Al bajarlos, una mujer en bicicleta llamó su atención. Reaccionó con un sobresalto y pronto corrió tras la ciclista gritando el nombre de Marie como un poseso por todo el paseo de Les Champs-Élysées. No conseguía alcanzar a la mujer que creía su amada perdida. Sin aliento, frente al Obelisco que se alzaba majestuoso en
Durante los días siguientes, las calles de París se hicieron eco del nombre de Marie, que Jorissou clamaba a los cuatro vientos y por cada uno de sus rincones. Pasaron semanas,
Una mañana despertó con el primer rayo de Sol. Hacía tanto tiempo que no lo veía que creyó aún estaba sumido en el sueño. Desconcertado se descubrió pensando en el último día que había regalado su luz a aquella ciudad el astro rey. Tantos como días llevaba ausente Marie. Sintió aquel destello como una señal y se levantó presuroso y con el ánimo entonado por la euforia. Se duchó con calma, disfrutando del agua caliente mojando su cuerpo. Se afeitó y peinó cuidadosamente. Aún desnudo, Jorissou tomó del armario sus mejores galas y se vistió con esmero. Sonriente salió a la calle y se dejó llenar por la calidez del día. Abrió los brazos y dirigió las palmas al cielo. Sin la prisa habitual de los últimos días, caminó disfrutando de su paseo. Por primera vez en mucho tiempo, sin buscar. Simplemente esperando, dirigiéndose hacia su destino. Caminó hasta Le Jardin des EnfantsNotre-Dame se acercaba a él, se agachó para rozar el agua con sus dedos. El barco turístico pasó por delante, dejando tras de sí un reguero de aguas ondulantes. Su rojo intenso se marchó siguiendo la corriente. Entonces tuvo un impulso y gritó el nombre de su amada. Pero esta vez no lo hizo con desesperación ni amargura. La voz salió de su garganta melodiosa, como una canción que espera acompañamiento. Y la música sonó entonce
s del otro lado del río. Una voz tan cálida como la primavera llegó a él apenas en un murmullo. La identificó entre la algarabía ambiental y la siguió hasta posar sus ojos allí donde nacía. Una lágrima corrió por su mejilla. Echó a correr en dirección al puente más próximo, aquel primero que unía Notre-Dame con la ciudad. Del otro lado, una figura le imitó. Ahora, dos locos seguían una única dirección en lugares opuestos, separados por la inmensidad de aquellas aguas parisinas. y tomó las escaleras que bajaban hasta la orilla del río. Bordeando el Sena sintió como la plenitud le embargaba. Respiró una paz extraña y cercana a un tiempo. En varios tramos de su paseo, viendo como la isla de
- ¡Marie!¡Marie!¡Marie!¡Mon Amour! – Sonaba de un lado del Sena.
- ¡Joris!¡Joris!¡Joris!¡Jorissou! – Sonaba del otro.
Hombre y mujer, cada uno de su lado, subieron las escaleras de cada orilla y pronto se encontraron a los extremos del puente de piedra. Siguieron corriendo hacia el encuentro. Entonces el Sol brilló solamente para ellos y París enmudeció, regalándoles el silencio que sólo los enamorados oyen. Las lágrimas se fueron destilando, quedando en el camino a sus espaldas. Los brazos se abrieron y, a mitad del camino, se fundieron en un abrazo plagado de besos y caricias, de miradas tiernas y nostalgia sufrida. El mundo se paró entonces y dos almas gemelas se unieron por fin. Era la primera vez que se veían, sin embargo, aún recordaban sus cálidos encuentros, las promesas y los besos que se profesaban al caer la noche y sumergirse cada uno en los sueños del otro.
