martes, 29 de abril de 2008

Mosquito

Ayer me comentaba uno de mis más asiduos lectores: "como sigas publicando así no voy a poder seguirte el ritmo". Y me hizo gracia. Yo le contesté algo así como que debía aprovechar ahora que estoy de relativo descanso de largas escrituras y que nunca se sabe cuando volvería a estar en parón o desaparecido de mis blogs y demás espacios en los que me suelo mover. Hoy, para su pesar, lo siento Salva (jeje), vuelvo a publicar otro relatito de los míos. Este es un poco más corto, pero bueno, igualmente espero os guste. Y, ¿por qué no? Os animo a dejar algún comentario, sólo así puedo ver los fallos de forma más objetiva y construirme con más fuerza como escritor de base. Agradezco además a todos los que pasan por aquí, dejen o no comentarios, su tiempo y dedicación. Entre ellos saben bien Javier Pellicer, Anna o Luís, que no me olvido y que les valoro muy mucho. Así, sin más, me vuelvo a despedir hasta espero que no muy tarde. Un fuerte abrazo a tod@s.


MOSQUITO

Podía pasarse horas mirando el Sol. Siempre que lo hacía sentía un placer inmenso que le recorría toda la espalda y le erizaba el cuerpo desde la punta de los dedos de los pies hasta el último pelo de su cabeza. Era una sensación que no cambiaría por nada, o casi nada. La vida de Mossie era simple, cotidiana. Sin más sobresaltos que los que propiciaba la desidia del fin de semana. Era un hombre solitario, sin pretensiones. Disfrutaba de las pequeñas cosas que la naturaleza le ofrecía. Se podría decir que era un ser contemplativo, con poca tendencia a la acción y huidizo. Apenas se acercaba alguien a su lado, él se desplazaba para guardar una distancia prudencial. Así era él.

Desde que llegó su pubertad, ciertos cambios hicieron que cambiase su percepción del mundo y sus prioridades. Hizo lo que se suponía que debía hacer, por seguir con la regla social. Pero, en su fuero interno, contenía un secreto que apenas él adivinaba. Era como una manifestación de su esencia que veía como un puntito de luz al final de un largo túnel. De momento, había sufrido ciertas modificaciones en sus pautas de conducta y tenía una predilección por los sitios luminosos que llegaban a obnubilarle, a distanciarle de la realidad. En ocasiones, cuando llegaba a casa y encontraba el piso a oscuras, se apresuraba a encender una luz y se quedaba largo tiempo bajo la bombilla, mirándola con regocijo, lamiendo la calidez de sus fotones. Supo en esos trances que algo estaba cambiando en su interior. No era raro encontrar a Mossie sentado en el sofá con la vista perdida hacia la lámpara o el plafón del techo, con la melodía de “Flight of Bumblebee” sonando leve en el reproductor. Entonces se agitaba en un espasmo delicioso y sonreía adicto a ese estado placentero, delicado.

Cuando comprendió que había algo más en él que le diferenciaba de los demás, se sintió descolocado y procuró apartarse aún más de quienes le rodeaban. Voló del nicho familiar, pues no podía considerarse de otro modo dadas las circunstancias que le oprimían, y se buscó un apartamento en uno de los residenciales de la ciudad. No amaba los núcleos urbanos y, sin embargo, pese a su reticencia a mantener contacto alguno con sus semejantes, sentía una cierta atracción hacia sus cuerpos. Le llevó algún tiempo descubrir porqué. Y cuando lo hizo, su gozo se multiplicó por cien, de manera inversamente proporcional a la ansiedad que le provocaba su timidez. Era paradójico que sintiera al mismo tiempo esa fuerza que le atraía y le repulsaba del resto de los seres humanos.

Mossie tenía un trabajo anodino. No tenía vicios conocidos. No frecuentaba en demasía las calles. Pero, tarde o temprano, algo en él le hizo ver que era algo que tenía que hacer. Salir a la calle y buscar. Su olfato adquirió una virtuosa sensibilidad y era capaz de percibir olores a una gran distancia. Lo cual, al principio, le creó cierta confusión y aturdimiento. No estaba preparado para esa magnitud y hubo de acostumbrarse a fuerza de sufrir la mezcla de aromas que la brisa le traía. Años más tarde era todo un experto en identificar, no sólo personas, sino estados de ánimo y situaciones complejas del ser humano. Centrándose podía incluso advertir las características de una persona concreta, su ubicación y las intenciones que traía consigo. Le fue muy útil cuando descubrió su verdadero potencial, que no era precisamente el de olfatear a gran distancia de forma discriminada.

Una noche no pudo ceder a sus impulsos aromáticos y salió a la calle en busca de diversión. Por causa del azar que une a ese tipo de personas solitarias, Mossie se encontró con otro taciturno noctámbulo paseando por el parque que frecuentaba. Adivinó decenas de metros antes siquiera de verlo, que se trataba de una chica joven. Captó su tristeza, había perdido a alguien. Sin saber cómo, Mossie acabó sentándose en el mismo banco que ella. En estas situaciones, a esas horas de la noche nada prudentes, que un extraño se siente a tu lado puede ocasionar múltiples reacciones en aquel que siente invadido su espacio vital. Sin embargo, la chica, absorta en el mal que la aturdía, ni siquiera se molestó en mirarle. Mossie la miró de reojo mientras ella miraba al suelo con los codos apoyados en las rodillas y la cabeza sujeta por sus manos. Las lágrimas se deslizaban por sus mejillas cada poco, estrellándose en sus zapatos y no se preocupaba de enjugarlas para limpiar su linda cara. Mossie cerró los ojos y se concentró en el efluvio de sus poros, su boca se llenó de jugos salivares y se sintió muy cercano al éxtasis al notar en sus papilas gustativas el sabor de la juventud casi virginal de la muchacha. Cuando volvió a abrir los ojos, la chica le miraba desconcertada, preguntándose tal vez quién sería aquel depravado y en qué estaría pensando para tener aquel semblante desencajado. Entonces pareció que volvía a la realidad y se daba cuenta de las circunstancias. Una chica sola, desconsolada, junto a un hombre extraño que no auguraba nada bueno. Se levantó con lentitud, para no despertar una iniciativa perniciosa en aquel hombre, y puso rumbo hacia la calle, una zona más abierta donde las miradas pudieran ser testigo de un posible ataque sorpresa.

No tuvo tiempo de alcanzar la primera de las farolas que la separaban del banco. Mossie, poseído por algo mayor que él, se abalanzó sobre la chica. Con una agilidad que le sorprendió incluso a él, tapó su boca y la contuvo con fuerza, apretándola contra su cuerpo. Entonces se llenó de la luz mortecina del candil y dejó que su lengua se alargase hasta tocar el cuello de la muchacha. Salió de su boca desenrollándose, como si hubiese estado contenida dentro en una especie de bucle. La punta misma de aquella protuberancia se clavó delicadamente en la nuca de la chica y comenzó a vibrar y succionar. Ella cayó desmayada en pocos segundos. Y Mossie, extasiado por el tibio elixir, entornó los ojos y absorbió hasta la última gota de su sangre. Fue la primera vez que probó la sangre. Fue ese el día en que descubrió que era más especial de lo que creía. No obstante, también fue ese el día en que apreció que aquel crimen no sería sino la antesala de todos los que estaban por suceder. Se sintió revitalizado, rejuvenecido, pleno. Y de esto hicieron eco algunos de sus compañeros del trabajo cuando al día siguiente le vieron aparecer algo enrojecido y con más kilos de lo normal, como hinchado. Era normal, ahora su interior estaba repleto de sangre ajena, dulce y fresca, apenas poluta. Se volvió adicto a aquella sensación y, mientras dejaba que el líquido carmesí se digiriera, seguía pasando las noches en vela sentado en su sofá, con la mirada perdida hacia la luz de la habitación, aguardando el momento de volver a salir. De volver a cazar. Era acaso, una de las más extrañas mutaciones que podría haber sufrido el ser humano y Mossie, a veces, sólo a veces, temía que un gran manotazo lo barriese del mapa. Era él, o al menos así se consideraba, un alma de mosquito encerrado en el cuerpo de un hombre. La luz lo invadió y, con esta reflexión, se quedó dormido y satisfecho.

domingo, 27 de abril de 2008

Arena en los Bolsillos

Hoy no pensaba publicar nada, pero no pude resistir la tentación y después de escribir esto no quise posponerlo. Imagino que hoy, domingo, pocos serán los que dediquen su tiempo a internet y estos espacios. No obstante, he querido ofreceros este relato de ficción aún sea para que os planteéis la posibilidad que da pie a todo el texto y las consecuencias de lo que acontece en él. Lejos de pretender moralista os ofrezco una reflexión acerca de lo material y lo perecedero y vano que es. Un fuerte abrazo y que sigáis recobrando fuerzas en este último día de fin de semana. Y, por supuesto, un inmejorable comienzo de la que viene.

ARENA EN LOS BOLSILLOS

Nadie hubiera imaginado que las consecuencias de aquello serían tan nefastas. ¿Quién había hipotetizado sobre algo así? Lejos de ser una salvación, se convirtió en una condena de la que muchos no supieron salir indemnes. Con las primeras muertes llegó la alarma, la verdadera conciencia de que jamás volvería a ser nada como antes. Era a lo que estábamos destinados, tarde o temprano habría de llegar un momento como aquel, que nos afectara a todos por igual y del que no podríamos escapar. Un día teníamos una vida más o menos apacible, con nuestros más y nuestros menos... al otro, ya no teníamos nada. Todo empezó con un hombre, con su aparición, con su palabra. Un solo gesto de su mano bastó para que todo se volviera del revés. Y aún hoy, creo que se equivocó. Erró su acción en pos de hacer de ella su intención. Yo, como muchos, hemos comprendido, no obstante, el cambio. Huimos de las ciudades y comenzamos una nueva vida lejos del pasado. Ahora los campos nos cobijan y dan alimento. Somos parte de uno de los tercios supervivientes del planeta. ¿Fue aquello un final o tal vez un nuevo comienzo? Es pronto para saberlo.


MENSAJERO

Apareció con ropas ajadas y nadie le tomó en cuenta sus primeras palabras. ¿Quién iba a hacer caso de un mendigo por mucha sabiduría que sostuviera en su garganta? No bastaron sus soliloquios callejeros para que el mundo se diera cuenta. Tuvo que mostrar. Ver para creer. El eco de sus actos recorrieron las calles de aquella ciudad al principio, las de todo el mundo al final. Los medios de comunicación apoyaron lo increíble de aquel tipo. Sanaba enfermos con sus manos, devolvía la vista al ciego y hacía hablar al mudo. Levantaba los brazos y la lluvia arrastraba el recuerdo de una incipiente sequía en cuestión de minutos. Pero no era su intención aquella que le estaba haciendo famoso. Tan sólo estaba buscando una manera de llamar la atención y llegar a todos. Una vez tuvo radio, prensa y televisión pendientes de él, fue cuando obró lo que el dio en llamar “el verdadero milagro”, el desencadenante de todo lo que vendría después. Jamás, en las semanas que duró la disposición de los medios a hacerle publicidad, cambió sus atuendos ni rasuró su espesa barba. Y allí estaba él, de pie en un púlpito, con cientos de cámaras enfocándole, pendientes del más mínimo detalle. ¿Qué iría a hacer ahora? Se preguntaron. ¿Convertir el agua en vino? Pero no fue lo que esperaban. Alzó los brazos como siempre que comenzaba un discurso, levantó la vista al cielo y asintió, como recibiendo una señal invisible de un ser superior. Miró al frente entonces y una frase bastó para que todo cambiara. Dijo: “no más dinero”. Al instante, se comenzaron a oír murmullos de confusión, luego gritos de disgusto y abucheos de los presentes. Desde sus casas, los telespectadores de todo el mundo también ofrecieron una mueca de desagrado, no ante la noticia, sino al comprobar, como el resto, que esa frase no era más que un hecho a partir de ahora. Quienes hurgaron en sus bolsillos con el fin de extraer alguna moneda, no encontraron más que arena, una arena blanquecina y resplandeciente al reflejo del Sol. Y eso, después de todo, no fue lo más grave. Realmente no había dinero.


PAPEL MONEDA

Los bancos también descubrieron que sus cajas fuertes parecían más playas desiertas que salvaguardas de caudales. La excitación ante lo acontecido hizo que las autoridades apresaran al hombre y emitieran un comunicado de calma al que pocos hicieron caso. Aún quedaban los números de las cuentas, pues al fin y al cabo, eso eran los ahorros de los ciudadanos para los grandes empresarios que dominaban las entidades bancarias. Los gobiernos establecieron un plan de acción que consistía en poner a trabajar a marchas forzadas todas las casas de moneda de todo el planeta. En pocos meses habrían conseguido restablecer el orden monetario y la paz entre los angustiados habitantes. Lamentablemente, cuando aquella frase fue pronunciada, no hizo referencia a pasado, presente o futuro, sino que se forjó un aura atemporal libre de espacio. El papel moneda existente también fue arena clara y cada vez que las máquinas se ponían a obrar, nada más que limos se creaban. Ahí fue donde el caos se hizo incontenible y los gobiernos ya no supieron que más hacer salvo condenar al que les había hecho aquello.


CAMBIO DE ORDEN

En verdad, ya no había motivos suficientes para seguir llevando una vida normal. Hubo pocos que vieran aquello como una bendición y muchos los que se apostaron a las puertas de la prisión reclamando la muerte del maldito. Las tarjetas de crédito eran inservibles, los valores de inversión en bolsa tampoco servían de nada. Quienes tenían algún tipo de posesión podían considerarse afortunados, pues eso era lo que valían ahora, lo que tenían. Ya no más facturas del gas, ni de la luz, ni del agua o teléfono. Era una bancarrota generalizada que comenzó a tomar partido en el asunto recortando los gastos de producción y, más tarde, quedándose sin operarios que en nada estaban dispuestos a trabajar por un salario que no existía. Las tiendas ya no podían vender y los clientes comprar. Surgió de este nuevo orden una nueva forma de subsistencia que consistía en tomar cuanto se pudiera con la mayor diligencia. La ley del más fuerte y rápido, la supervivencia sin más. No pudieron a esto hacer frente los políticos, quienes también sufrieron las consecuencias de esto. Se descubrió entonces el alma oscura que encerraban muchos ante la sociedad que, ahora sin necesidad de fingir, robaban, violaban e incluso mataban por conseguir saciar sus apetitos. Muchos fueron también los que se refugiaron en las iglesias, mezquitas y sinagogas, recuperando su fe en Dios y pidiéndole les devolviera cuanto tenían. Otros tantos repudiaron a su Señor y dejaron de ser siervos de una buena causa para dedicarse a servir a otras causas menos loables y más ruines.


LA CAÍDA DE LOS PODEROSOS

No tardaron tampoco los menos favorecidos en allanar las opulentas mansiones de los más ricos y poderosos. No había nada que pudiera proteger a nadie. La policía seguía sus propias normas. Unos pocos se agruparon en un nuevo operativo de seguridad que apenas podía mantener a salvo a sus propias familias. Cualquier persona, animal o cosa que habitara la faz de la Tierra, estaba exento del peligro que ahora rondaba al acecho en cada esquina. De este modo, quienes no podían robar lo imprescindible para la supervivencia acaban en el estómago de otros en su misma situación o enfermaban. La tasa de mortalidad fue creciendo paralelamente inversa a la de natalidad. Sólo aquellos que vieron que el futuro de su existencia estaba lejos de las ciudades consiguieron sobrevivir mediante el autoabastecimiento. Los comercios se cerraron por completo una vez hubieron sido desvalijados. Los dirigentes políticos emigraron de sus puestos y se perdió su rastro en el olvido. Las cárceles se abrieron y las ratas poblaron nuevamente las alcantarillas de las que habían salido. Una única persona permaneció encerrada aún, paciente.


MEDIDAS GUBERNAMENTALES

Los gobiernos decidieron que no podía haber cabida para aquel desorden y crearon zonas de cuarentena que acabaron por exterminar. Un genocidio que contribuyó a despejar las ciudades de insania. Esas medidas tan drásticas acarrearon consigo la aparición de guerrillas y grupos rebeldes organizados. Cada lugar del mundo tenía así su propia guerra civil, algo que fue extendiéndose para convertirse en guerra entre naciones. Lo que quedó después de aquellos enfrentamientos... fue como limpiar un jardín de hojas secas. Donde antes se levantaban grandes edificios, ahora no había más que llanuras y amasijos de hormigón y acero. Los cadáveres fueron abono para la nueva tierra durante muchos años.


RECONSTRUCCIÓN

Ninguno se planteó la reconstrucción del planeta. ¿Qué merecía la pena de lo perdido? Se abrumaban pensando en las respuestas. Lo que sí sucedió fue algo sorprendente. Una vez abandonadas las ciudades por un gran número de personas, comenzaron a cultivarse los campos y a criar ganado. Renacieron oficios olvidados y quien sabía hacer algo lo hacía en pos del bien de la comunidad. Los albañiles construyeron nuevas viviendas para sus vecinos; los artesanos hacían vasijas y útiles para el hogar, zapatos y herramientas; otros tejían sus ropas... Se creó un hermanamiento insólito y todos los integrantes de cada comunidad se sintieron agradecidos por ello. Lejos de pensar más allá de la simple vivencia plácida, al entrar en contacto con otras comunidades, no sufrieron contiendas ni luchas por el poder. Surgieron vínculos comerciales en los que se utilizaba el trueque como moneda. Surgió un nuevo orden de fraternidad y, poco a poco, fueron comprendiendo que tal vez aquello no había sido una maldición sino todo lo contrario. El coste fue muy elevado, muchos habían muerto por hambre, enfermedad o guerras. Sin embargo, como decía, aún es pronto para saber si allá hacia donde nos dirigimos es un final o un nuevo comienzo.

Del hombre ya no se sabe nada. Si quedó encerrado en la prisión o alguien lo liberó se desconoce. Algunos aseguran haberlo visto después paseando por sus comunidades con la sonrisa amplia y los ojos llenos de ternura. Quienes afirman haber entrado en contacto con él, siempre dicen lo mismo, que no sentían rencor ni ansias de vengar en las carnes de aquel hombre el mal que había caído sobre el planeta. Y el hombre de espesa barba les acariciaba el rostro y bendecía con dulces palabras. Yo sigo pensando que quizá erró su sentencia, cuánto tiempo pasará hasta que vuelva la rivalidad entre los hombres no lo sé. Quizá no hubo de haber liquidado el dinero, transformándolo en arena. Quizá lo que debió aniquilar fuera otra cosa menos material y más dañina, la codicia. Sin embargo, lo que yo piense está de más. Tal vez venga algún día por nuestras tierras. Puede que entonces sea momento de saber.

sábado, 26 de abril de 2008

Cuarto Menguante

Ya a estas horas la costumbre hace tiempo que me dejó abandonado. Por eso tengo los ojos entornados y llenos de la típica arenilla nocturna que hace que te piquen. No obstante, quería publicar esto antes de dar comienzo al fin de semana. Espero lo disfrutéis. Sigo con mis experimentos literarios. En fin, os deseo un buen fin de semana a todos aquellos que pasen por este rincón. Un abrazo.

CUARTO MENGUANTE


Noche de Luna Llena, noche de tristeza. Él le había dicho que ya jamás quería volver a saber de ella. Otra mujer había ocupado sus tibias sábanas. Ya no más desayunos al pie del balcón iluminado por los rayos del alba o esos almuerzos tardíos al cobijo de las primeras estrellas surgiendo del cielo. Los problemas que últimamente asolaban la relación creía Nemesina que no eran más que los baches típicos de toda relación, uno de esos altibajos recurrentes de cada poco una vez se acaba la pasión inicial. El error de este pensamiento cayó sobre sus hombros como un piano de cola desde un octavo piso. Clavándose en ella sus chirriantes notas finales y sus astillas que jamás volverían a soportar melodía alguna. Era noche de Luna Llena, sus favoritas. Aquellas en las que ella se sentía tan plena como la ovalada y melancólica figura celeste. Después de ver alejarse a Filipo bordeando el río, lo sintió como el Sol, inalcanzable, perdiendo su calidez en la distancia. No lloró. Contuvo sus deseos y trató de alejar aquella verdad, al menos por esa noche. Contaminar lo más bello del mes con algo tan agreste como aquel adiós hubiera sido imperdonable. Frunció el ceño y bajó la mirada. Siguió sus pasos hasta casa en el sentido contrario del Amor. De vez en cuando, tímidamente, como avergonzada, dirigía sus ojos hacia la Luna y creía comprender su tristeza. Al menos así quería ella que fuese, era la única que podía compartir ahora su silencioso dolor.

Los días siguientes no pudo contener más la presión que sentía en el pecho y pasó un día entero llorando la pérdida de Filipo. Lo hizo apostada frente al televisor, muy cerca del teléfono y junto a un cargamento de pañuelos de papel y helado de chocolate. La telebasura fue su compañera, llenando sus pensamientos de ironías, malas intenciones, falsas promesas e idílicos finales. Cómo deseo estar dentro de una de esas telenovelas en las que el tiempo se detenía en los momentos románticos. Pero la realidad era bien distinta. Su hermana estuvo esa tarde tratando de consolarla, Carla era mucho más fuerte que ella. Nemesina era una enamorada del Amor, una sufridora nata. Carla se reía de ese profundo sentimiento y jugaba con él a su antojo. Cómo envidió entonces estar en su pellejo y saber guardar tan estoicamente la compostura en las ingratas situaciones. Fue ésta, su hermana, la primera que le hizo notar con gravedad su pérdida de peso.

- Tienes que comer algo Neme – le dijo con dulzura – o te vas a quedar en los huesos. Ningún tío merece esto.

- Mira el bote de helado Carla... – indicó con la mano que sostenía un perenne pañuelo mojado – me lo he comido yo, y no es el primero. ¿Y dices que me ves más delgada?

- Eso no es comida. Mañana te vienes a casa unos días. – No era una sugerencia.

- No. Estoy bien. – Frunció el ceño molesta. – Puedo superar esto yo sola.

- ¿A quién quieres engañar? – Ladeó la cabeza y entornó los ojos. – Tu no estás bien, Neme. Mañana te vienes conmigo.

- No pienso irme, Carla. – Ahora estaba enfadada. – No me iré.

- Está bien – dijo resignada, Nemesina era una gran cabezota. – Pues no vengas. Pero si necesitas algo... llámame. – Y esto también sonó a orden.

- ... – la mirada bastó para comunicar su asentimiento. Luego, Carla se levantó, besó la frente de su hermana y se marchó.

Nemesina no quería reconocerlo, pero sabía que estaba mucho más delgada. Al igual que su hermana, lo achacaba a la pérdida del apetito y el malestar que sentía por la ruptura. Una vez se despidió de Carla, se acercó al baño y se subió a la báscula. Había perdido tres kilos. Se desnudó y se puso frente al espejo. Se notó menos caderas y apenas tenía michelines. Qué rara se veía, incluso le pareció verse más menuda.

Al día siguiente de la visita de Carla, Neme se acercó de nuevo al baño para asearse antes de ir al trabajo. Su cara aparecía más estrecha. Dios, parecía una yonqui. Con los pómulos prominentes y unas ojeras horrorosas. El vientre plano y hundido hacia dentro. Incluso las redondeces de su trasero parecían haber desaparecido. Se estaba quedando en nada. Y, al pensarlo, no supo cuánta verdad había en esa reflexión. Al menos, hasta unos días después. La ropa le quedaba demasiado holgada y optó por rescatar esos modelitos que llevaban años aguardando en el armario para el momento en que volviese a caber en ellos. Ese día le quedaban perfectos, más incluso que el día en que se los compró. Ya en la oficina notó como todos la miraban con cierta angustia. Algunos le daban el pésame por su fallecida relación, otros la animaban a mandar a su ex al cuerno y, la mayoría, pasaban a su lado con la cabeza hundida en los hombros, sin mirarla a los ojos.

Fue al quinto día cuando su estado comenzó a preocuparle. No era sólo que estuviese adelgazando. Su cuerpo se moldeaba curiosamente de modo que parecía que le hubiesen comido por delante, algo extraño. No había la misma proporción de pérdida entre su pecho y su espalda. Trató de ver su perfil en el espejo y le pareció que su nariz estaba comenzando a desaparecer también o, en cualquier caso, se estaba achatando. ¿Qué diablos era aquello? Apenas podía moverse, la dificultad de sus movimientos propiciaba golpes tontos en cada esquina y tropiezos que la desestabilizaban. Llamó a la oficina y pidió unos días para descansar. Su jefe, que estaba al tanto de la desmejora de la muchacha, no puso objeción alguna y le deseó una pronta recuperación. Nemesina agradeció el gesto y se hundió en el sofá en busca de descanso.

Los días siguientes hicieron que la ruptura con Filipo apenas fuera un recuerdo en segundo plano. No porque hubiese conseguido superarlo, sino por el asunto que primaba ahora en su vida. Ya no podía vestirse. No había ropa lo suficientemente estrecha o pequeña para que no se le descolgase del cuerpo. Se sorprendió al medirse con el canto de la puerta. Ella era más delgada. Ni la anorexia consumía así la anatomía. Era imposible que siquiera pudiera estar viva y respirar. No podía comer y apenas era capaz de mojarse los labios con un poco de agua para no morir deshidratada. No llamó a su hermana por no preocuparla. Era una batalla que debía librar en soledad.

El noveno día, con pasmosa dificultad, fue del dormitorio al salón. Dejó que la noche se llevara al día y miró angustiada al cielo. Dentro de lo extraño de la situación, Nemesina relacionó sus estado con algo que sus ojos observaban ahora en la bóveda celeste. Las estrellas brillaban con una fuerza inusitada. En medio de éstas, la Luna en cuarto menguante. Desapareciendo. Como ella. Supo ahí que su destino estaba más relacionada a aquel satélite de lo que jamás hubiera creído. Por desgracia, aquella conexión se manifestaba tardía y con el único propósito de verla desvanecerse. Una lágrima, más gruesa que toda ella, recorrió su cuerpo desnudo. Se tumbó en el suelo y oteó el camino de las estrellas con calma, esperando que la Luna dejara de ser visible y se llevara su existencia para siempre de este mundo terreno. Nemesina sintió como se comprimía hasta el límite. El primer rayo del horizonte, el que mutaba los colores oscuros hacia tonos más cálidos, dio sobre una superficie vacía en el piso de Nemesina donde antes ella había estado echada. El apartamento estaba vacío. Ella había desaparecido. Había menguado como su amada Luna. Y lo había hecho hasta dejar de ser. Una lágrima seca había dejado un círculo liviano en el suelo.

Carla trató de localizarla sin éxito. Fue a casa de su hermana y la encontró vacía. Llamó al trabajo y le dijeron que no sabían nada de ella desde hacía días. Temió lo peor. Pero no había nada que pudiese hacer, salvo esperar y buscarla perdida entre las calles de la ciudad. Le preocupó ver algunas prendas arrugadas en el suelo de la habitación y el baño. Sus maletas estaban en su sitio, sus cosas, incluso las más imprescindibles, también. Qué raro era todo aquello. Histérica y con los nervios calentando sus pensamientos, volvió a casa. Dos días después llamaron a la policía y denunciaron su desaparición. Todos comenzaron una pequeña campaña de movilización para encontrar alguna pista acerca de Nemesina.

No pasó mucho tiempo, apenas cuatro días, cuando Neme reapareció. Decía no recordar apenas un vacío en su memoria. Se encontraba desvalida, escondiendo su flaqueza en un cuerpo diminuto y desmerecido. El apoyo de sus compañeros y su hermana fue crucial en su recuperación. En un par de días recuperó el color de sus mejillas y se la veía con unas carnes más orondas y prietas. Qué alegría les dio a todos aquel cambio a mejor. En tanto, tras la sonrisa que Nemesina regalaba a cada visitante con cortesía, ocultaba una profunda pena que ya nada tenía que ver con Filipo. Y es que faltaban dos días para que la Luna volviera a llenarse y después... después no sabía, pero intuía que volvería a pasar por aquella misteriosa metamorfosis. Volvería, tal vez, a unirse al cuarto menguante. Y dejaría de ser para luego reconstruirse a sí misma una y otra vez. No sabía hasta cuándo sería capaz de soportar ese trance. Ni si cedería a su vida normal con el tiempo. Eludió esta idea. Continuó regalando sonrisas, abrazos y palabras de gratitud. Se sentía de camino a la euforia, a la plenitud. Aprovechó esa sensación y desechó aquella que estaba por venir. Cuando volviera a mermar ya se ocuparía entonces de buscar una solución. Carla fue la última en abrazarla. Estrechó con fuerza a su hermana y le dijo unas palabras entre sollozos.

- No vuelvas a darme un susto así... – Lo dijo ignorante, sin saber que no sería una, sino cientos, las veces que sucederían aquellas extrañas desapariciones. Pero en ese momento no le importó. Ni Carla ni Nemesina se preocuparon entonces. Era momento de fraternidad, de regalarse el amor que profesaban la una por la otra. Nemesina descubrió que si ella era Luna, Carla, sin duda, era la estrella que más brillaba en todo el firmamento y nunca perdería el camino sabiéndola allí luminosa.

miércoles, 23 de abril de 2008

Superpoderes

Algunos de los personajes de este relato, como no podía ser menos, provienen de mi buen amigo Antonio José López Mula, un gran talento creativo que de vez en cuando me cede chispazos para que les de forma al gusto. Esto pretende ser un experimento, no obstante, en mi intento de tratar otras formas y estilos narrativos, otras ideas... pero sin perder la esencia de lo que hasta ahora soy y ofrezco. Aún así, espero no sufráis mucho con lo que os dejo a continuación, que creo más bien os sacará alguna sonrisa. Buen provecho y hasta la próxima. Un fuerte abrazo.

SUPERPODERES


Tres amigos, tal vez unidos por el azar, se encontraban divagando acerca de las opciones que les ofrecía la vida en un futuro. Ninguno sacó nada en claro, únicamente que eran especiales y desaprovechaban aquel don que se les había otorgado por nacimiento. Estaban Rato, Moncho y Pepe bromeando sobre esos poderes que en ningún momento les había fallado. Parodia misma de los clásicos superhéroes del cómic. A Rato se le manifestaba cada vez que el tiempo anunciaba lluvia y la primera gota siempre le caía a él, estuviese donde estuviese aún dentro de casa el destino buscaba la forma de que así fuera; Moncho poseía la gracia de encontrar aparcamiento siempre a la primera. No sabía él lo que era estar dando vueltas a una manzana o varias durante largos minutos para encontrar un lugar donde estacionar; Por el contrario, algo más agresivo era el don de Pepe, con inclinación a la pelea fácil y las pocas palabras. Sucedía que Pepe, cada vez que se metía en follones se pavoneaba de salir en todas sus batallas ileso y con el orgullo de saberse ganador, pues con un solo golpe tumbaba a cualquier adversario. No había rival al que no descubriera inconscientemente su punto más débil y era allí donde se lanzaban, casi de forma automática, sus puños.

Eran quizá unos superpoderes algo atípicos pero, sin duda, muy prácticos. Y allí estaban los tres, tumbados en el césped, bromeando con la mirada perdida en el cielo nuboso acerca de estos y otros menesteres. ¿Podían hacer algo con aquellas virtudes? Rato quizá hubiera encajado bien como hombre del tiempo pero, dado que cuando divisaba el agua ya era demasiado tarde, creyó que acabaría por durar poco en el oficio. Moncho y Pepe lo tenían más fácil a la hora de elegir oficio. No era difícil imaginar a Moncho como taxista, aparcacoches o cualquiera de los trabajos que implicasen estar al volante con frecuencia y realizar muchas paradas en boxes. En cuanto a Pepe, si su cuerpo no hubiese sido tan enclenque, era probable que se hubiese planteado una carrera profesional como boxeador o luchador en cualquiera de sus categorías y especialidades. Sin embargo, sabía que tampoco había negocio ahí. Nadie quería ver un combate que durara menos de un minuto, sobre todo si se había pagado por ello. Así, los tres amigos, pensando que la vida era injusta y que si tenían aquello debían aprovecharlo, se dispusieron a urdir un plan que les hiciese la vida más fácil.

Con esa absurda facilidad que caracteriza a los jóvenes descerebrados e inocentes, los tres chicos que apenas sobrepasaban la veintena, decidieron que lo mejor, sin duda, sería buscar el dinero fácil allí donde seguro podían encontrarlo: un banco. Rato, Honorato para sus padres, abuelos y resto de la familia, se encogía de hombros indicando que él poco podía ayudar a ese respecto. Lo que quedaba claro, al menos, era quien conduciría y les llevaría a la fuga por la ciudad. Y bueno, Pepe, él sería la mano ejecutora del plan. Si alguien se ponía chulo no tenía más que lanzar sus puños de hierro y, antes que le noquearan lo tumbaría de un solo golpe. Aún así, su plan se quedaba cojo, pues arrebatar una suma escandalosa de dinero no era nada fácil teniendo en cuenta las tecnologías que ahora se gastaban los bancos. ¿Qué podían hacer entonces? Chema, un viejo amigo de primaria les dio la solución cuando lo vieron pasar paseando entristecido frente a ellos, sin prestar demasiada atención a las tres figuras echadas en el suelo.

Con Chema apenas hablaban. De vez en cuando intercambiaban saludo cortés y poco más. No obstante, no podían olvidar que él también poseía un extraño don, aunque la mayoría de las veces aquello podía tratarse más bien como una desgracia. Y es que su amigo era gafe. Sí, exacto. Estaba gafado. Toda la vida había sido así y, por los andares que llevaba el chaval, no parecía que hubiese cambiado aquella situación. Moncho y Pepe zarandearon a Rato levemente para que fuese él quien se acercase a hablar con Chema. Rato siempre había tenido más contacto con aquel despojo humano y, en cierto modo, creía comprenderle. Tuvieron que insistir. Finalmente, Rato se levantó y corrió hasta donde se encontraba Chema. Como era de esperar, una gota mojó la frente de Rato. Aquello confirmaba la fuerza de su poder. La de ambos. Chema le miró con aire triste.

- Va a llover... – dijo llanamente.

- Lo sé... – correspondió resignado Rato.

- ¿Qué haces por aquí? – dijo mirándose los zapatos. – Deberías alejarte del peligro.

- No digas tonterías Chema... – quitó importancia a su mal. Entonces sintió la picadura tras la oreja de una maldita avispa y se arrepintió de lo dicho. Chema le descubrió haciendo aspavientos. Le miró un momento sin sonreír, con los ojos caídos. Luego volvió la vista al suelo.

- Te lo dije, si no haces caso puedes acabar mal. – Insistió.

- No ha sido nada. – Trató de encauzar el tema.

- Pero lo será... – guardó silencio unos segundos. - ¿Qué quieres, Rato? Vete ahora que estás a tiempo.

- No puede ser tan malo eso que te pasa... – tragó saliva y aguardó alguna catástrofe. No sucedió nada.

- Lo es, tal vez más para quienes me rodean que para mí mismo. – Se explicó. – A mí realmente nunca me pasa nada malo, pero aquellos que se me acercan... – suspiró largamente. – Vete, por favor...

- No me iré, Chema... – le palmeó el hombro y la avispa atacó de nuevo sobre el dorso de su mano. – ¡Maldita sea! – La retiró rápidamente y lamió la herida como si fuera un gatito bebiendo leche.

- Ves... – Se encogió de hombros y siguió caminando.

- ¡Espera! – Le espetó. – Somos amigos. – Y se acercó hasta su lado.

- Hace años que no hablamos, Rato. – Miró hacia donde estaban Moncho y Pepe – ¿Te han mandado aquellos para divertirse un rato o qué?¿Es una especie de prueba o algo así?

- No... no... – se apresuró a decir. – Sólo que hemos pensado en ti para un negocio. Igual puedes sacarle partido a ese don.

- ¿Un negocio? ¿Don? – Bufó despectivo y asqueado - ¿Cómo puedes llamar a esto un don? Esto es una desgracia... ¿qué negocio podría yo sacar de esto?

- Tal vez haya algo. – Rato no tenía intención de dejarse vencer. A cada palabra que intercambiaba, notaba con profunda pena la tristeza de su amigo clavándosele en el alma. Aquello removió sus sentimientos y se dijo que no se rendiría aún fuera por darle esperanza a aquellas tierras baldías.

- No hay nada... Vete, Rato. – Se detuvo y le miró con ojos llorosos. – Vete antes que sea demasiado tarde.

- Ven con nosotros, Chema. – Lo tomó de nuevo por los hombros y esta vez no tuvo que lamentarlo. – Creo que no te arrepentirás. Eres especial... – Chema le sonrió y asintió vencido. ¿Qué podía perder cuando ya no había nada que mereciese la pena?

Los chicos le explicaron su plan. Tenían intención de utilizar el don de Chema para bloquear las acciones defensivas de quienes se cruzaran en su camino, tal vez bloquear los sistemas de seguridad o a saber. Chema escuchó paciente, sin desaparecer el hastío de su semblante. Al acabar de narrarle la idea, se les quedó mirando inexpresivo.

- Yo no controlo esto, ¿sabéis? – Les espetó desganado. – No funcionará.

- ¡Claro que sí! – Dijo Pepe – Tú sólo déjate llevar. El resto lo haremos nosotros. No tienen ni porqué relacionarte con el robo. Tú te acercas al banco y permaneces allí, como si fueras un cliente más. Yo qué sé... – masculló dándose golpecitos en la cabeza. – pregunta por una cuenta vivienda o lo que quieras. Sólo tienes que hacer tiempo.

- No sé... – dijo moviendo la cabeza a un lado y al otro.

- Venga... – dijeron Moncho y Rato al unísono. – Puedes hacerlo. Por ti. Te mereces un respiro.

- Pero eso... eso es un crimen. – Trató de justificarse. – Una cosa es que le pasen cosas malas a todo aquel que entra en contacto conmigo y otra muy distinta es hacerlo deliberadamente. No quiero hacer daño a nadie.

- ¡Y no lo harás! – Se apresuró a decir Rato. – Confía en mí. Esos bancos tienen mucho dinero y más que roban ellos... – Volvió a vencerle y Chema se encogió de hombros sumiso.

- Está bien. – Dejó escapar una exhalación que indicaba no había más caminos a escoger.

No querían dejar pasar mucho tiempo, así que procedieron a planearlo todo en menos de una semana. Lo harían un miércoles. Un día intermedio que consideraban cenit económico de la semana. Un día en el que la sucursal tendría suficiente dinero como para que los chicos pudieran pasar unos años bastante desahogados. Chema llegó a las nueve y media. Había gente a esa hora haciendo cola y aquello le salvó de tener que abordar a algún empleado. Se retiró hasta un rincón y permaneció sentado en mitad de una hilera de sillas de plástico. Miraba nervioso la hora. A las diez menos cuarto se levantó y colocó detrás del último que esperaba para acercarse a caja. Su don comenzó a manifestarse. La señora que iba delante sufrió un espasmo y, agarrándose el vientre, salió corriendo con una mueca desencajada hacia el servicio. Toda una hilera de fluorescentes estallaron a su derecha y algunas chispas cayeron sobre los papeles que tenía una de las administrativas sobre la mesa, ardiendo levemente. El guardia de seguridad, prestando su ayuda para apagar el mini incendio mientras apaciguaba a la clientela, no se percató de que las cámaras de seguridad ahora no emitían señal alguna. A menos diez vio, a través del cristal de la puerta de entrada, a Moncho aparcando el coche justo enfrente. ¡Tendrá suerte el cabrón! Pensó. Dos encapuchados, Pepe y Rato, se acercaron con rapidez al guardia y lo redujeron fácilmente. No quería problemas ni perder la vida, por sus hijos que no movería un dedo que pusiese en peligro su integridad. Chema se apartó. Rato le guiñó un ojo satisfecho. La pareja indicó a los presentes que se echaran al suelo y no se movieran. Luego instaron a los operarios para que les dieran todo el dinero que había en la caja fuerte.

- ¡Pero no se puede! – Dijo una chica del otro lado del cristal.

- ¡Cómo que no se puede? – Bramó Pepe enfurecido. - ¡Aquí se puede lo que mis cojones digan! ¡Abre la puta caja!

- No lo entienden – comenzó a llorar – Se abre automáticamente, una vez a la semana. Lo controlan desde la central... – Sus ojos decían “no me maten, soy inocente” – No se puede...

- ¡Cago en la puta! – Pepe miró de reojo a Chema, ahora en el suelo junto al resto. - ¡Tú! – Dijo señalándole. - ¡Ven aquí! – Y lo cogió por la pechera. - ¡Abre la puerta! – Le dijo a la chica anegada en lágrimas.

- ¡No me hagas daño! – Dijo.

- ¡Pues abre la puerta! – Insistió. Luego de poder cruzar al otro lado, arrastró a Chema consigo y el lugar se quedó a oscuras repentinamente. Un fallo eléctrico. Entonces un chirrido precedió al pitido que indicaba mal funcionamiento en la caja fuerte. La puerta blindada comenzó a abrirse como por arte de magia y Pepe no pudo reprimir el instinto de besar la frente del falso rehén. - ¡Vamos! ¡Has visto como si se puede! – Dijo a la chica – ¡Ahora coge a un par de amiguitos y llenad estas bolsas! – Rato se acercó y arrojó un par de sacos de lona a los pies de la cajera.

Con las bolsas llenas y el orgullo henchido, se dirigieron a la puerta. Todo había salido a pedir de boca. Sin embargo, justo al cruzar el umbral, una gota de lluvia cayó sobre el hombro de Rato. El tiempo pareció detenerse. Miró hacia atrás el tiempo justo para advertir un disparo. Se clavó en el mismo lugar donde la gota. Pepe se agachó y corrió hacia el coche. Rato vio a Chema echándose las manos a la cabeza, escondiéndose y deseando le tragara la tierra. Las sirenas de la policía aullaron a pocos metros. Moncho se puso nervioso y no conseguía arrancar el vehículo. Antes de darse cuenta, los agentes les pedían que tiraran las armas y alzaran los brazos “bien altos donde pudieran verlos”. Todo se sucedía a cámara lenta. Y lo vio. Rato descubrió que el plan perfecto se había ido al traste por infortunio. Trató de no culpar a Chema. Ellos le habían metido en esto. Pero Rato lo vio, más allá del salón de la entrada, tras el cristal, en los ojos de la llorona. Antes no se había dado cuenta, pero siempre tuvo, desde que entraron un insistente tic en el ojo derecho. Y es que May poseía también otro extraño don. Cuando un peligro acechaba, su párpado comenzaba a temblar e inconscientemente apretaba el botón de alarma, ese puntito rojo escondido que avisa a las fuerzas del orden. Lo había hecho un par de minutos antes de que entrara Chema. Ella ni se había dado cuenta. Nunca se percataba de ese acto reflejo. Tan sólo sabía que jamás, en todo el tiempo que llevaba trabajando allí, habían conseguido arrebatar una moneda siquiera al banco. La policía siempre se anticipaba. May dejó de temblar, y de llorar, y su ojo volvió a la normalidad. Chema bramó algo entre dientes y maldijo su destino. Los otros tres, efectivamente, pasarían al final algunos años viviendo desahogadamente. No tendrían que preocuparse de un oficio, ni del dinero, ni de tener un techo bajo el que dormir... tal vez ni siquiera la lluvia alcanzase a Rato. Ni las gotas de lluvia advenedizas ni las balas presagiosas. Se alegró, mientras esposaban a sus amigos y una camilla le subía a la ambulancia, por el hecho de que, al menos, seguirían permaneciendo unidos. Juntos hasta el final.

martes, 22 de abril de 2008

Estadística Sobre la Absurda Necesidad de Huir de Ella

A veces te encuentras con gente llena de miedos, limitadas sus vidas por autoimposiciones que de nada sirven si escapar al destino es lo que pretenden. No obstante, dentro de mi estilo y como ejercicio, he escrito esto. Después de renovar las baterías en compañía de mi amada este fin de semana, vengo dispuesto a seguir con la dinámica de publicaciones más o menos frecuentes. Espero que disfrutéis de lo que os ofrezco, tanto a aquellos que ya sois asíduos como al gran número de personas, lectores, curiosos... que os pasáis por aquí con la intención de descubrir "de qué va este tío". En fin, un fuerte saludo a todos, abrazos y besos a quien corresponda. Hasta pronto.

ESTADÍSTICA SOBRE LA ABSURDA NECESIDAD DE HUIR DE ELLA

En aquel momento juraría que el vagón estaba repleto de gente de lo más variopinta. Ancianos achacosos que visitaban el baño con demasiada frecuencia, madres ocupadas de sus revoltosos hijos que tramaban aquí y allá, parejas bebiéndose los labios como sedientos en un desierto... Apenas unos sitios vacíos que denotaban los viajeros apeados en algunas estaciones pasadas tal vez hace minutos, tal vez horas. Con el traqueteo del tren, esa cadencia rítmica oculta por la llama del siseo principal al deslizarse sobre las vías. Mientras el gran gusano arrastraba todo su metal con un destino finito y demarcado, las luces del día se mecían entre nubes grises que gritaban lluvia como perro ladrador. Y el Sol, cansado ya de vagar de un lado a otro, cruzando todo el planeta en su rutina diaria, ya se despedía haciendo mutis por el fondo, sin espectáculo y, sin embargo, con elegancia.

Siempre juraría que el vagón hervía de gente prensada en los rígidos sillones, viendo la película cien veces repetida, leyendo o escuchando música enlatada. Pero ahora, ya mecido el vagón en el túnel de la noche, no había nadie excepto él. Las luces de la estancia parpadeaban con chisteo eléctrico. Se había quedado dormido. Miró el reloj para cerciorarse de que su parada aún estaba por llegar, a más de un par de horas aún. Se acomodó sobre el respaldo. Estiró las piernas. Bostezó y se limpió la baba molesta de su barbilla sin afeitar. Entornó los ojos y alzó los brazos al cielo como queriendo tocar el techo. Todo esto sin dejar de sentirse abrumado por la sensación de soledad. Se levantó para ir al servicio y allí el miedo se agarró a sus pelotas, encogiéndolas y recordándole que ni esas tenía en los momentos difíciles. Con la puerta del váter abierta, miró a uno y otro lado, pasillos a través. En el resto de los vagones no se veía tampoco movimiento alguno, ni los insidiosos auxiliares que suelen pulular por allí en busca de billetes perdidos. En su fuero interno desearían encontrar un “sin papeles” cada día para dar algo de color y aventura a su rutina, tan monótona y gris. Ni ellos estaban. Se preguntó si tal vez habría desaparecido también el conductor.

Dejó el mear para más tarde y se dirigió a la zona de cafetería. Los camareros no cejaban en su empeño de servir que no proteger, pues de sus precios no se libraba ni el apuntador (claro, sin competencia es fácil cobrar lo que se quiera). No quiso seguir investigando y volvió apresurado a su lugar. Aguardaría las horas que le quedaban hasta su destino. Los sonidos comenzaron a obsesionarle, los ruidos, el paisaje cambiante y veloz, cada vez más oscuro tras las ventanillas. Los televisores dejaban que la nieve se balanceara con una línea repetitiva.

Lo extraño vino después. Una música que reconoció a lo lejos se acercaba a él. Casi vio el violín antes que al ejecutor de sus tétricas notas. Un hombre delgado en extremo dejaba que el instrumento fluyera ladeado sobre su hombro con una curiosa versión de Tocata y Fuga en Re menor. Siempre había asociado aquella música a la muerte y se cuestionó si quizá aquello no era un preludio de la misma. De Bach le agradaban otras composiciones más alegres, con mayor colorido. Aquella en concreto, le ponía los pelos de punta. Apretó la espalda contra el asiento con todos los músculos en tensión. El hombre gris llevaba un traje oscuro y la cara medio tapada por un sombrero de ala ancha que apenas dejaba a la vista sus labios amoratados en una mueca jocosa. Sabía que con el destello de la primera mirada que le dedicase, al ralentizar los últimos compases y espaciar las notas, no volvería a ser espectador siquiera de la vida misma. Y no pudo más que dejar escapar una risa tonta, nerviosa. Él, que siempre había cuidado con dedicación sus pasos, evitando los males que el mundo reserva a los incautos. Él, que controlaba el espacio y el tiempo de su existencia. Ahora estaba atrapado en una jaula andante, un féretro tal vez. En un momento, como se suele decir y aunque suene a tópico, no fue su vida lo que pasó ante sus ojos, sino la rutina de los dos o tres días anteriores, esa que seguía a pies juntillas como si de un trastorno obsesivo compulsivo se tratase. Y quizá lo fuese.

Cada mañana salía de casa a las seis y media para coger el coche y dirigirse al trabajo. Entraba cerca de las nueve. Sin embargo, lo hacía así porque tenía que recorrer un gran parque hasta el parking donde dejaba el coche y, según las estadísticas, el sesenta y ocho por ciento de los robos a vehículos durante la noche acontecen hasta las siete de la mañana y los parques, igualmente, están libres de asalto en un noventa y uno por ciento hasta que despunta el alba con sus primeros rayos. De ese modo, antes de salir de su apartamento, desayunaba tres cucharadas de cereales y medio vaso de café con leche, porque era según el IECT (Instituto de Estadística del Ciudadano Trabajador) lo ideal para no contraer el setenta por ciento de enfermedades asociadas a la mala alimentación o al ayuno. Al abandonar su hogar, cerraba con tres vueltas cada una de las tres cerraduras, concienzudamente. Hombre precavido vale por dos, se decía una y otra vez. Además de dejar el coche bajo el techo de un aparcamiento vigilado, por eso de la seguridad, así se aseguraba una ración mínima de deporte para estimular la circulación y favorecer su salud que, bien sabía, si erradicaba la posibilidad de enfermedad cardiaca, el cáncer y la diabetes, la expectativa de vida del hombre sería de unos noventa y nueve años y él pensaba vivirlos todos. Según el INE (Instituto Nacional de Estadística), la mortalidad por enfermedades cardiovasculares contemplaba el treinta y cuatro coma cinco por ciento del total de defunciones, nada que pudiera tomarse a broma. También el tráfico era importante para él, pues en carretera se contemplaban las estadísticas más escalofriantes y prefería omitir ese dato al igual que el tráfico que aumentaba las cifras de muertos por despiste ajeno, alto contenido de alcohol en sangre o cualquiera de las decenas de motivos mortales.

No fumaba por no alentar las posibilidades de sufrir cáncer. No bebía por no castigar el hígado. No iba con mujeres por no entrar dentro del porcentaje de venéreas contraídas en encuentros esporádicos. Llevaba especial cuidado si iba a algún lugar público, los gérmenes podían jugarle una mala pasada que le hacían temblar durante días bajo las sábanas impolutas de su cama de látex para evitar desviaciones de columna y posiciones perniciosas para la correcta ejecución del sueño. A veces, cuando salía del trabajo y, como si de un Jackson decadente se tratase, se colocaba una mascarilla tapando nariz y boca, impidiendo entrara la polución a su organismo. Era una suerte que se hubiese prohibido fumar en el centro de trabajo, sumaba puntos de esperanza de vida. No obstante, en cuanto supo que investigadores de la Queensland University of Technology habían descubierto que las impresoras láser emitían unas partículas microscópicas que flotaban, invisibles a la vista, en el aire, y que éstas eran incluso tan perniciosas como los cigarrillos o las emisiones de los automóviles, pidió le cambiaran de mesa para estar lo más alejado de ellas.

Y al igual que éstas, otras cifras abrumaban al chico y limitaban su vida de forma extrema. En su cartera llevaba una nota que había ido confeccionando para recordarse lo benigno de sus pautas de comportamiento, aquellas que le iban a preservar la vida por muchos años. Así, replegado en el asiento del tren, mientras el siniestro hombre se acercaba desgranando las notas de Bach, extrajo la hoja de papel y la desplegó tembloroso. Era una lista de muertes por año: cuatrocientas treinta y cinco mil muertes por tabaco; cuatrocientas mil por dieta pobre e inactividad física; ochenta y cinco mil por consumo de alcohol; setenta y cinco mil por los microbios; cincuenta y cinco mil a causa de agentes tóxicos; cuarenta y tres mil por accidentes de tráfico; veintinueve mil por incidentes con armas de fuego; veinte mil relacionadas con hábitos sexuales; diecisiete mil por uso ilícito de drogas; mil novecientas por ataque de tiburón; ochenta por caídas de altura; y, ahora, al menos, una por violinista fantasmagórico en tren de largo recorrido.

El parpadeo de las luces del vagón cesó. La música precedió al silencio repentino. Todo pareció detenerse en ese instante. Cerró los ojos. Arrugó la nota apretando bien fuerte el puño. Los dientes rechinaron. Esperó una navaja en la nuca. Él era así, resignado a pesar de las trampas que trataba de ponerle al destino. Pero no hubo corte ni caída de guadaña ni ninguna hoja que se le hundiese en la carne o sajase su pellejo. En cambio, alentado por la ausencia de tragedia, tras una larga pausa, decidió abrir de nuevo los ojos. Y la gente estaba allí de nuevo. La televisión con su película de siempre. Las ancianas y los niños y las parejas y los que leían y los que dormían, como él. ¿Había sido tal vez un sueño? ¿Un aviso? Miró hacia abajo y vio la hoja de papel estrujada en el suelo. La mano le dolía, sangraba. Se había clavado las uñas. Al subir a ese tren era un muchacho de paso medido. Al bajar, sin duda, sería un hombre libre. Y habiéndole visto los dientes al lobo, que el destino le viniese a buscar cuando le pareciese. Esta vez disfrutaría a placer rompiendo las reglas que hasta ahora se había impuesto.


lunes, 21 de abril de 2008

Premio Brillante Weblog 2008

PREMIO BRILLANTE WEBLOG 2008

No puedo más que dar las gracias por haber sido premiado con el galardón Brillante Weblog 2008 de manos de mi buen amigo y escritor Javier Pellicer Moscardó y desde su espacio Tierra de Bardos, un increíble espacio lleno de narraciones fantásticas de impecable estilo. Las historias que salen de su pluma invitan a soñar y a volar más allá de tierras irlandesas, de las leyendas nórdicas y de las criaturas que moran ese mundo oculto de fantasía plagado de dragones, elfos y toda una amplia gama de seres. Gracias Javier por este premio, por tu apoyo y por tu amistad.

Siguiendo con las bases que establecen el premio, he de nombrar otros siete blogs a los cuales premio con este mismo galardón Brillante, y he aquí los que considero mis favoritos. No obstante, uno de ellos es el de Javier que ya, para no caer en redundancia, omitiré premiar:

- Jesús Martínez Esparza, por Retazos de Algo. Un escritor apenas recién nacido que apunta a un estilo muy propio, personal e intimista. Con un toque triste y melancólico digno de la más pura novela negra, donde no faltan imágenes en claroscuro, pensamientos en decadencia y reflexiones profundas. Un lugar que transmite más allá de la palabra.

- Luis, por Geografías. Este amigo escritor tiene un don, el de adentrarse en las profundidades del alma con gran maestría para desgranar cada emoción y sentimiento como un experto. De este modo, consigue llegar y clavar el florete de gran espadachín en el centro mismo del corazón, removiendo y haciendo sentir cada verso o prosa que ofrece.

-Ascen Rivera, por Yo estoy ahí. Una escritora que ya ha tenido el placer de ver su primera novela públicada con cierto éxito creciente. A ella la premio por su dedicación. Esta andaluza nos ha dado en la fibra sensible con Tocando Fondo (cuyos beneficios dona integramente para luchar contra la dogradicción) y aún lo seguirá haciendo con cada uno de los proyectos que esperan a las puertas de la editorial. Mucha suerte Ascen con tu trayectoria literaria.

- Anna, por El Mundo de las Hadas de Anna. Un espacio en el que te puedes perder tanto en el realismo más abrumador como entre las sábanas oníricas de la fantasía más pura. Un bello espacio que recorrer, sin prisas, con deleite.

- Salva (el Make), por Makemanía. Pues lejos de ser un blog literario, ofrece no obstante de forma muy curiosa nuevas formas de creatividad casera, animando a modo del clásico bricomanía a un "hágalo usted mismo" de manera sencilla. Tan sólo por las curiosidades que nos revela, merece la pena y este premio.

- Leonardo Jul, por Shadows' Theory. Al igual que el premio anterior, este lo quiero dedicar a este gran músico y su grupo. Pues la literatura y creatividad también se pueden encontrar entre las notas y composiciones de Leo y los suyos que, no dudo, llegarán lejos haciendo lo que mejor saben y dominan. Por su apuesta por la creatividad les doy este premio a ellos también.

- Vice Vhön Khamy, por La Última Frontera. Aunque últimamente no le veo actualizar mucho sus espacios, merece la pena pasarse por cada uno de ellos, bien diversificados según se busque. Un hombre polifacético que anima con sus escritos a reflexionar y ahondar mucho en uno mismo. No hay desperdicio en navegar por sus tierras literarias.

Ha sido difícil escoger 7 blogs entre tantos, pero espero que todos los no electos sepan que no se les menosprecia, sino todo lo contrario. Un fuerte abrazo a todos.

Bases del concurso:
· Al recibir el premio, se ha de escribir un post mostrando el premio y se ha de citar el nombre del blog o web que te lo regala y enlazarlo al post de ese blog o web que te nombra ganador.
· Elegir un mínimo de siete blogs (pueden ser más) que creas que brillan por su temática y/o su diseño. Escribir sus nombres y los enlaces a ellos.
· Avisarles de que han sido premiados con el premio "Brillante Weblog".
*Opcional. Exhibir el premio con orgullo en tu blog haciendo enlace al post que tú escribes sobre él.

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