miércoles, 4 de junio de 2008

El Agua que Nace de las Montañas

Hola a tod@s, después de varios días sin dar señales de vida y de un estupendo fin de semana en La Alpujarra con mis buenos amigos Juan y Ana (a quienes me enorgullezco de llamarles mis Hermanos del Sur), vuelvo a dejaros un relato que, además, viene a colación de ese tiempo de esparcimiento y amistad. Ellos, mi novia y yo, pasamos un fin de semana lleno de naturaleza y buenas vibraciones. Y es a ellos a quienes quiero dedicar este relato, pues ellos mismos son los protagonistas y parte de esta historia la han contado ellos mediante la evocación de ciertos recuerdos que nos unen. Aprovecho también porque la tónica del relato viene muy bien para celebrar el día de mañana que es el Día Mundial del Medio Ambiente y, como bien sabéis algunos, mi cumpleaños. Treinta y un añazos ya que llevo a la chepa y que Dios me salve muchos más. Este relato, para quien quiera considerarlo un regalo, es mi presente para todos vosotros en el día de mi cumpleaños. Un fuerte abrazo para tod@s y besos a quien corresponda. Hasta pronto.

EL AGUA QUE NACE DE LAS MONTAÑAS

Hacía poco tiempo que vivían en su nueva casa. Tal y como estaban los precios les había costado decidirse por su nuevo lugar de residencia, pero sabían que una vida juntos exigía sacrificio y no podían seguir viviendo en casa de los padres de ella o pagando un alquiler que era poco menos que lo que pagaban ahora de hipoteca. Era un esfuerzo que merecía la pena. Sin embargo, el trabajo no estaba tampoco en su momento más álgido en aquellas tierras andaluzas. Juan y Ana temían por un finiquito prematuro en su vida laboral. Muchos ya habían sufrido las consecuencias de la crisis en el sector de la construcción. Una crisis que provocaba una reacción en cadena, afectando a otros sectores como el de la automoción o el transporte. Confiaban en que el bache fuera pasajero y no les tocara la bola negra. Después de mucho mirar por una vivienda medianamente digna, encontraron unas casas de nueva construcción a pocos kilómetros de Motril, en Vélez de Benaudalla. No era un pueblo muy grande. Bueno, más bien apenas era un pueblo. Una vía principal dividía la urbe en dos mitades. Una parte baja y otra que situaba las viviendas a pie de montaña. Cada día empleaban un cuarto de hora navegando por carreteras ensortijadas para llegar a sus trabajos. La operación se repetía un par de veces de camino al hogar. No era algo que les disgustase especialmente, la vista de Sierra Nevada desde los balcones de su casa y el aire limpio que se respiraba bien merecía cada una de las curvas, subidas y bajadas, aún fuera por el Camino de los Caracoles.

Aún les quedaba por terminar de amueblar la casa. Iban poco a poco dándole armazón a aquellas paredes vacías. Hoy una cama, mañana una mesita para el salón... Pero eran felices y eso, verdaderamente, era lo que en realidad importaba. Algunos fines de semana visitaban a los padres de Juan en Málaga y quizá hacían alguna escapada fuera de las lindes de Granada para visitar a sus amigos. Otros, se acercaban a Motril, donde vivían los padres de Ana. En cualquier caso, el resto de la semana apenas podían disfrutar del dormitorio y, vagamente, del resto de las instalaciones que tanto les costaba sacar adelante. Rememoraban con añoranza los tiempos en que se conocieron allá en tierras inglesas y, en más de una ocasión, habían estado tentados de volver allí y dejarlo todo. Borrón y cuenta nueva. No obstante, sabían que aquel tiempo pasado quedaba relegado ahí, al pasado, y que ya jamás volvería a ser el mismo por mucho que intentaran revivirlo o imitarlo. De su paso por Lowestoft les quedaban un buen número de grandes amigos y momentos inolvidables. Algunos los veían con cierta asiduidad. Otros eran meras sombras que se escabullían en el presente y de los cuales apenas sabían donde les habían llevado sus pasos en el arduo caminar de la vida.

Habían pasado varios años ya desde que volvieran. Aquel tiempo fue el que forjó su relación. Allí se conocieron y, desde entonces, no se habían separado. Fueron estrechando los lazos que les habían unido hasta conformar una vida juntos. Eran muchas las ocasiones en que recordaban especialmente a un hombre, Tony. Un bonachón agarrado a las pintas y el ron con cola que siempre se desvivía por los españoles y trataba de hacerles una existencia más llevadera en un lugar que les hacía sentirse extraños. Tony rondaba los sesenta ya en aquellos años y ahora los habría sobrepasado por poco. Cada navidad, Juan y Ana recibían con alegría una postal o una felicitación por tan sonadas fechas. Tony no olvidaba. “I remember”, decía él, llevándose el índice a la sien y golpeándola levemente mientras entornaba los ojos. Luego reía y pedía una ronda para todos. Eran momentos que nadie podría olvidar. Al igual que las promesas que siempre hacía el inglés de venir a tierras españolas. Tal vez tenía miedo a volar o, quizá, a abandonar su país, pero su promesa se demoraba un año tras otro y jamás nadie le veía aparecer llamando a la puerta. Tan sólo quedaban sus postales y buenos deseos impresos en ellas. Tony bromeaba diciendo que sabía las direcciones de todos y que, el día menos pensado, llamarían al timbre y ahí estaría él, del otro lado, ofreciendo una sonrisa.

Juan y Ana vivían su día a día, confiando cada vez menos en que ese día llegara. Era viernes por la tarde. Juan daba de mano al mediodía y holgazaneaba merecidamente tumbado en el nuevo sofá del salón. Ana hacía un par de horas que había vuelto al trabajo. Poco después de las ocho llegaría a casa. Ese sábado le tocaba librar a ella. Tenían todo el fin de semana por delante para ellos solos. No tenían planes, ni viajes pendientes, ni visitas familiares. Se habían propuesto disfrutar de su tiempo juntos apañando algunos detalles de la casa y dejando que las horas les pasasen inadvertidas.

A las seis y media llamaron a la puerta con insistencia. Juan no esperaba a nadie y supuso que debía ser su suegro o algún vecino. Aún eran pocos los que conocían su nueva dirección. Se desperezó un poco, apagó la televisión y se puso las zapatillas. Con desgana se arrastró hasta la puerta principal, subiendo los cuatro escalones que le separaban desde el descansillo. Sus pies crujían bajo el suelo de madera y se dijo que, si tan sólo quisiera indagar por la mirilla y pasar desapercibido, ahora se había descubierto y no había vuelta atrás. Se acercó al tirador y abrió la puerta. Tuvo que alzar la vista para mirar a la cara al individuo que estaba ante él. Un hombre fornido, de complexión ancha pero sin ser obeso. Y, al menos, un par de cabezas más alto que Juan. Un “hello my friend” que sonó casi como un grito despertó a Juan de su asombro y, cuando los brazos lo atenazaron por los hombros, rodeándole en un abrazo enérgico, el chico casi se echa a llorar de la emoción.

- ¿Pero tú que haces aquí? – Dijo Juan sin caer en la cuenta que aquel hombre no tenía idea alguna de castellano.

- Hi, Juan – dijo con un acento extraviado. – How it’s going?

- ¡Tony! ¡Cago en la puta! – Acertó a decir aún ensimismado, antes de balbucear algunas palabras en inglés. – How are you? What are you doing here? You’re crazy.

- Ha, ha, ha… - y golpeó con su enorme mano el hombro de Juan, casi derribándolo.

- Come on! Come in! – Dijo Juan, invitándole a entrar a casa.

Tony descargó su pequeña maleta sobre el parqué y acompañó a Juan hasta el salón. Éste le ofreció algo de beber. Minutos después, ambos charlaban como si se hubieran visto el día anterior mientras saboreaban unas cervezas. Después de la sorpresa inicial, Juan advirtió que su amigo no tenía muy buen aspecto. Siempre había estado hecho un toro, aún bebiera más que todo un regimiento. Era el primero en el trabajo y el último en abandonar el bar, pero su energía no menguaba nunca. Nadie sabía cual era su secreto, pero era envidiable la capacidad que tenía para sobrellevar ambas situaciones. Tony le preguntó por Ana y Juan le dijo que no tardaría en llegar del trabajo. No la avisaron para que su sorpresa no fuera menor que la del chico y, cuando oyeron el motor del coche, ambos se pusieron frente a la puerta de la cochera en espera de que Ana la subiera para pasar. La chica casi se desmaya al ver a Tony. No podía dar crédito a lo que estaba viendo. Aún con el motor en marcha, Ana se lanzó al cuello del avejentado hombre y le plantó un par de besos en las mejillas. Tony sonrió alegre, pero Ana tampoco pudo pasar desapercibido el brillo triste de sus ojos.

Tony, que había sido como un padre en Inglaterra, les dijo que ahora estaba de vacaciones. El hotel había cerrado un par de semanas por reformas y había decidido por fin dar cumplimiento a su promesa de visitar España. Tenía su nueva dirección del último “Christmas” que le habían enviado y no dudó ni un momento en que aquella sería la primera visita de muchas. Aunque quizá no tantas, no era un hombre amante de viajes largos y rutas ajenas de cerveza y buena comida. Tras varias horas de cháchara, antes, durante y después de la cena, Tony contó a los muchachos algunas de las novedades del hotel, chascarrillos y demás entresijos. Ana y Juan escuchaban con la boca abierta mientras descubrían que tal chica de apenas dieciséis años había quedado embarazada o que tal mujer de treinta y tantos había muerto prematuramente. La mayoría de las noticias, no obstante, reflejaban cambios en la plantilla o nuevos mandos directivos que habían modificado la organización de la empresa. Ya hacia el final de la noche, Tony se quedó sin anécdotas y la pareja sin cerveza, así que decidieron dar por concluida la velada. Prepararon la cama al invitado y le enseñaron la casa antes de mandarlo a acostar. En ese tiempo, Tony les dijo algo preocupante. Tal vez fuera la borrachera, tal vez ellos no le entendieron bien, pero les preocupó de veras. Lo que ambos creyeron oír era que a Tony no le quedaba mucho tiempo de vida. Estaba enfermo.

No querían creerlo y por eso fingieron no entender. Pero esa revelación explicaba el aspecto de su amigo, bastante desmejorando en tan sólo un lustro. Diez minutos después de dejar a Tony en su habitación, Ana lo oyó dormir plácidamente. La pareja se desvistió y metió en la cama, pero no se durmieron hasta algunas horas después. Estuvieron hablando de la alegría de la visita y de lo apenados que se sentían por el mal que aquejaba a su amigo. No podían dejar que la muerte se lo llevara tan pronto, así que decidieron buscar solución a tan recio problema. A las tres de la madrugada, satisfechos y resueltos, Juan y Ana apagaron las luces y durmieron. Al día siguiente probarían suerte y llevarían a Tony a dar una vuelta por aquellas tierras. Subirían a La Alpujarra.

Tal y como habían planeado, a las nueve de la mañana ya tenían el desayuno preparado. Oyeron a Tony mientras se aseaba en el lavabo y no tardaron en verle aparecer bajando las escaleras con un risueño “good morning” que no denotaba para nada la pena que le consumía las entrañas. Juan había improvisado un “English breakfast” con lo poco que tenía a mano. Sin embargo, el hombre comió con avidez, disfrutando a un tiempo de los huevos revueltos y las tostadas con aceite y tomate. Apuraron el café y apilaron la vajilla en el fregadero. Más tarde se ocuparían de eso. Juan avisó a Tony de que iban a dar una vuelta por las montañas y le animó a coger algo de abrigo por si acaso, aunque bien sabían que aquel hombre tenía la piel a prueba de bajas temperaturas. Tomaron el coche en dirección a La Alpujarra y comenzaron a subir la empinada cuesta rizada de curvas. Hicieron una parada breve en Pampaneira para remojar el gaznate y dejar que Tony disfrutara de las vistas y el agradable ambiente que se respiraba en aquel pueblecito de montaña. Sus casas blancas de paredes redondeadas en perfecta simbiosis con la madera que resaltaba en tonos oscuros, cautivaron al inglés que hizo mención de su paisano Gerald Brenan y su famoso libro “Al Sur de Granada”. Tony era uno de esos eruditos que cultivaban los pequeños detalles y, de cuando en cuando, sorprendía con algún comentario relativo a este o aquel escritor o hecho histórico. Su libro de cama siempre había sido una gran enciclopedia que gustaba otear con frecuencia y, desde luego, hacía buen uso de ella. Quienes le conocían daban fe de este hecho.

Después de un par de cervezas, un refresco y unas tapas, reemprendieron la marcha montaña arriba. Atrás dejaron Bubión y Capileira hasta llegar a Pórtugos, donde aparcaron el coche a la derecha, en una explanada mínima de suelo terroso. Los muchachos invitaron a Tony a bajar por unas escaleras de piedra acordonadas por barandillas hechas con pequeños troncos barnizados. La bajada se retorcía un par de veces y pronto llegaron a su destino. Los tres se encontraron mirando hacia la fuente que nacía tras un ancho tronco inclinado. Era la fuente del Chorrerón. El caño se partía en dos y luego resbalaba con fuerza por las paredes de piedra hasta llegar a una canaleta natural que se había creado a la derecha. El Sol apenas llegaba con sus rayos a traspasar el frondoso techo de la estancia. Las paredes de su izquierda estaban cubiertas de musgo y pequeñas plantas y el agua caía en gotitas, rezumando de la piedra anaranjada. Tony se acercó a la canaleta y tomó un poco de agua entre sus manos. Luego se la llevó a la boca y la cara se le descompuso al percibir su sabor ferroso. Era como chupar un candado, había dicho Juan. Todos rieron. A pocos metros, un tronco nacía del suelo enlosado, rebelándose ante la mano del hombre y demostrando que la naturaleza está por encima de todo artificio. Y, un poco más allá, la canaleta daba paso a un caudal mucho mayor, dando vida a un riachuelo de casi dos metros de ancho que se perdía entre la maleza. Del techo vegetado nacían enredaderas que caían como racimos sobre las cabezas de los tres. Juan indicó a Ana los puntitos blancos que abundaban en sus hojas. Eran del tamaño de granos de arroz. Podían ser larvas o cualquier otra cosa. Juan y Ana, sin duda, conocían su verdadera naturaleza y pronto, Tony, también sabría de ella.

Ana se acercó a una de las hojas. Juan y Tony estaban muy cerca, curioseando alrededor. La muchacha tocó el relieve rugoso que formaban aquellos granitos blancos y pronto las ramas comenzaron a cimbrear y emitir un zumbido similar al de un enjambre de abejas. Tony, que estaba observando con curiosidad un agujero, no mayor que una mano, de una de las paredes chorreantes, se volvió hacia Ana. Entonces sucedió lo esperado. Los diminutos capullos se abrieron todos a un tiempo y una luz comenzó a brotar de ellos. Unas estilizadas alas de luz comenzaron a desenrollarse a ambos lados de los puntos luminosos y adquirieron una majestuosidad maravillosa. Tony no sabía que decir. Los chicos se limitaron a sonreír con dulzura. Juan se acercó a las luces aladas y susurró algo que nadie pudo oír. Entonces las alas se agitaron grácilmente y volaron al encuentro del anciano inglés. Tony, asustado, agitó durante un tiempo los brazos, intentando apartar a manotazos lo que le parecieron insectos del diablo. Fue inútil. En pocos segundos, las minúsculas figuras luminiscentes habían rodeado por completo a Tony y ya nada de él era visible. Tan sólo se apreciaba el contorno de su figura rodeado de una intensa luz blanca. De los huecos de la pared surgieron extrañas criaturas que no querían permanecer ajenas al espectáculo de sus amigos feéricos. De las ramas de los árboles nacieron cantos de bella melodía y de las aguas brotaron criaturas que chapoteaban alegres y realizaban tiernas cabriolas. Tony perdió la consciencia. Horas más tarde la recuperó ya en casa de los chicos.

Cuando Tony abrió los ojos vio a Juan y Ana que le observaban con curiosidad, satisfechos. Aún no sabía si lo que había vivido era parte de un sueño o la realidad le había engañado a causa de su enfermedad. Los chicos le ayudaron a incorporarse y le ofrecieron agua para beber. Al ponerse en pie, Tony sintió algo renovado en sí mismo. Sus huesos no le dolían, su corazón bombeaba con tanta fuerza que no le pareció tener la edad que rezaba en su pasaporte. Dejó a Juan y Ana y se dirigió al cuarto de baño. Se miró al espejo y comprobó sus facciones. Las ojeras habían desaparecido y su piel parecía más tersa. Su rostro ya no era reflejo del cansancio ni la tristeza. Se sintió rejuvenecido y, aunque no habló del tema con los muchachos, sabía muy bien el motivo. Aquellas criaturas luminosas le habían curado.

Tony disfrutó de unos días más junto a Juan y Ana. Luego siguió su viaje para ver al resto de españoles con los que había confraternizado en Inglaterra. No sabía si podría verlos a todos, pero al menos lo intentaría. Aquel viaje que Tony había intuido como el último, sería uno de muchos. Cuatro años después, se jubilaría y vendería sus propiedades allá en el Reino Unido. Compraría una casa en Pampaneira y haría visitas frecuentes a la Fuente del Chorrerón de Pórtugos. Pasaría sus últimos años bebiendo de La Alpujarra, de sus gentes y sus amigos. Juan y Ana guardarían aquellos momentos con regocijo en sus corazones, aún cuando vieron partir a su amigo por el camino que todos han de recorrer. Su alma estaría a buen recaudo. Aún siguen recordando con añorada nostalgia los momentos que vivieron en Inglaterra y charlando con quienes conocieron allí de numerosas anécdotas. Aún Tony sigue apareciendo en sus conversaciones con cariño y ternura. Y, bueno, aún siguen visitando la fuente de vez en cuando para prestar aquella luz a todo aquel que lo necesita.

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