Hola, aquí tenéis la continuación de la historia. Espero la estéis disfrutando. Un fuerte abrazo.
EL MAL DEL MUNDO (II)
Pasó el día recordando el día en que lo encerraron. Era sábado. Lo recordaba bien porque estaban retransmitiendo por televisión uno de sus programas favoritos. Mientras lo veía, garabateaba algunas palabras en un cuadernillo que llevaba siempre encima. Su padre era periodista y Fausto aseguraba que de mayor sería como él. Por eso, nunca se separaba de sus notas. Eran apuntes sin sentido. Tomaba nota de las veces que pasaba un pájaro por delante de la ventana o las ocasiones en que uno de sus personajes repetía la misma frase durante el programa. También le gustaba anotar ideas de sueños imposibles y cosas que le gustaría construir cuando fuera mayor, rico y famoso y, cómo no, excéntrico. Tampoco resultaba extraño verlo de vez en cuando garabateando alguna figura poco definida. Eran objetos y animales que trataba de imitar con escaso resultado. Anita le pinchaba con frecuencia diciéndole que cualquier día de aquellos iba a tirar su querida libretita por el retrete y no le iba a dar oportunidad ni de despedirse de ella. Entonces Fausto corría y emprendían un juego que acababa con alguno de los dos llorando sobre la moqueta. Ese día fue diferente. Anita estaba en casa de Lucía. Al día siguiente iban de excursión y estaban preparando detalles de última hora o, tal vez, cotilleando sobre los chicos que les gustaban mientras su madre preparaba la merienda y organizaba todo. Sus padres estaban en el jardín, cortando el césped y arreglando las flores. Un grito proveniente del exterior hizo que Fausto se estremeciera y sus padres, enfurecidos entraron corriendo en su busca. No sabía lo que estaba pasando pero, sin duda, sus padres tenían alguna idea y creían que tenía que ver con él. Le cogieron por los brazos y tiraron de él justo en el momento en que su programa hacía un aparte en una de sus secciones y daban paso a Rexie, unos dibujos animados cuyo protagonista era un Tyrannosaurus Rex de mandíbula imponente pero carácter enfermizo, tímido y vegetariano. Mientras tiraban de él hacia el sótano, Fausto miró hacia atrás y creyó por un instante que habían cambiado de sitio la televisión. Algo se había trastocado en el ambiente y no pudo identificar, entre tanta algarabía, qué era lo que ya no estaba en su sitio.
Mientras su padre lo llevaba en volandas escaleras abajo, su madre forcejeaba y gritaba en auxilio de su querido hijo. Fueron súplicas inútiles que duraron todo el día, semanas y meses después. Luego su madre asumió los hechos y dejó que el tiempo pasase. Pero fueron largos los días en que Fausto se quedaba con la oreja pegada a la puerta y oía a sus padres discutir. Uno empecinado en su aislamiento y la otra implorando una libertad que jamás llegaría. Y en medio de los dos, en medio estaba Anita. Ella fue quien peor aceptó todo aquello. A pesar de los tirones de pelo, los insultos, los escupitajos, las malas caras... a pesar de todo, quería a su hermano y no entendía por qué estaba allí. Era apenas un año menor que él, pero no era tonta. Sabía que algo andaba muy mal y ese algo estaba relacionado con su hermano. Durante los primeros años, Anita bajaba y se sentaba junto a la puerta para charlar con su hermano. Sentía que debía hacerlo, que estaba en deuda de algún modo con él. Era un sentimiento extraño. Luego, después de ser sorprendida pasando por debajo de la puerta objetos que se consideraban prohibidos, sus padres establecieron un ritmo de visitas estricto y controlado en el más absoluto silencio. Para Fausto fue como si perdiera todo contacto con la realidad. Ya no había nadie del otro lado capaz de hacerle sentir acompañado. Y fue en ese tiempo, hasta que su hermana enmudeció, que pasaron cosas horribles que él apenas podía sospechar pues tan sólo se podía valer del oído para intuirlas. Oía gritos, alaridos de horror, de dolor... sentía aullar en las calles a bestias a las que no era capaz de otorgar una imagen definida. Jamás sabía si lo que oía era un león, una hiena o cualquier otro animal. Pero no era extraño, el tiempo había borrado también las caras de todos aquellos que conoció en su vida lejos de aquellos muros hundidos en la tierra. Entonces Fausto temblaba, se alejaba de la ventanita y se acurrucaba sobre sí mismo en algún rincón. Muchas noches sintió el aliento frío mojando el cristal del otro lado, o la Luna quedando oculta por una sombra repentina que se interponía entre ella y Fausto. A veces, ya rozando el delirio, Fausto creía ver una gran pupila dilatándose mientras miraba al interior del habitáculo, observándole con interés. Y el niño cerraba los ojos con fuerza y rezaba para que desapareciera la bestia que vigilaba sus miedos. Después de mucho tiempo, los abría de nuevo y ya no había nada. Salvo su alma trastocada y el sudor frío recorriéndole las sienes y bajando por sus mejillas como navajas afiladas. Esa noche entonces no podía dormir y tiritaba, temblaba hasta que todos los músculos de su cuerpo se estremecían por el dolor de la tensión y los espasmos incontrolados. Cuando Anita dejó de hablarle, poco tiempo después de su última visita sonora, comenzaron a desparecer los monstruos y los gritos. Y sus noches volvían a ser calmas dentro de la rutina aceptada de aquel encierro. Pero Fausto, que no encontraba relación entre un suceso y otro, prefería el contacto de su hermana, las caricias de sus padres, al silencio, y no le importaba sufrir aquellas pesadillas con tal de tenerles cerca o siquiera sentir que estaban del otro lado. A pesar de todo, Fausto siguió pensando durante mucho tiempo que aquello era por su bien. Estaban protegiéndole del Mal del Mundo. Fue una de las últimas revelaciones que le hizo su hermana antes de perderse en la oscuridad de las palabras.
Aunque Cronos había quedado bastante difuso en su percepción, estimaba que habrían pasado algo más de dos décadas desde que lo encerraran. Así, Fausto estaba ya rondando la treintena con un buen número de cumpleaños no celebrados a sus espaldas. Había crecido solo en esa habitación. Se hubiera vuelto loco sin las primeras visitas de su hermana y sin sus regalos. Gracias a los cuadernos y los lápices, pudo evitar que lo aprendido en el colegio se esfumara como espuma de mar. Llenaba con avidez aquellas páginas en blanco de fantasías, de anhelos, de sueños... creaba, en cierto modo, un mundo a su medida, en el cual no tuviera que estar encerrado y disfrutara de los mismos privilegios que antes de estar allí. Había dejado de jugar a ser periodista, había pocas novedades ahí abajo. La desidia le comía las entrañas, el aburrimiento le mermaba, y por eso tuvo que echar mano de su imaginación y dejarla volar, para no acabar golpeando su cabeza contra la pared o perder el juicio.
Entre aquellas cuatro paredes, no había conocido más amor que el fraternal. Hoy, incluso éste, le parecía una quimera olvidada. Recordó mientras apuraba el zumo que, en otro tiempo, tenía una chica que le gustaba en el colegio y, aunque no estaban los chicos en aquella época pensando en esas cosas, a Fausto le agradaba tenerla cerca y jugar con ella. Ahora pensaba que aquellos momentos eran los más cercanos que viviría junto a una chica. El amor había pasado por su vida de refilón, sin apenas rozarle ni erizarle el vello. Le entristeció de una manera extraña pensar que su libertad le privaba de tantas cosas que no había disfrutado y, probablemente, jamás disfrutaría. En ese momento, con el último sorbo deslizándose por su garganta, sintió unos fervientes deseos de coger el cuaderno escondido bajo la losa y escribir. Antes de hacerlo se aseguró que no había nadie vigilando al otro lado de la puerta. Cuando estuvo totalmente seguro, se acercó a la esquina y levantó la lámina de mármol, metió la mano y cogió la pluma y la libretita, no más grande de medio folio. Apenas le quedaban unas hojas en blanco. El resto estaba lleno con una letra apretada sin apenas espacios. Los márgenes estaban repletos, a su vez, de dibujos que acompañaban a lo que se narraba o que, sin más, eran producto del tedio. En cualquier caso, estos dibujos habían mejorado mucho con los años y con respecto a los primeros que hiciera antes de ser encerrado allí. Era una evolución que podía ver impresa en aquellas páginas, pues había guardado aquel librillo con recelo y tan sólo lo sacaba de bajo la losa cada vez que sus deseos se volvían irrefrenables y no tenía más remedio que rendirse a ellos. Eran esos momentos los que él llamaba “especiales”. Pasó con cierta melancolía los dedos sobre el papel escrito, dejando que las yemas sintieran la caricia de anhelos pasados y sueños evaporados, inmortales en aquellas líneas. Quitó la capucha a la pluma y la deslizó suavemente por el siguiente espacio en blanco tras la última palabra escrita. Apurando los espacios, disfrutando con el trazo, dejando que la pluma vibrase al son de sus pensamientos. La tinta impregnó delicadamente el papel. Una voz sonó en alguna parte llamándole por su nombre. Era la niña del colegio, aquella de la cual ya no recordaba ni su nombre. Su voz era clara. Le llegó atravesando la pared y, pronto, una imagen pareció formarse ante él, la de la niña de entonces, con sus siete años y medio y su sonrisa llena de hierros. Parpadeó y la imagen se desvaneció, como era habitual. Sus sueños duraban poco. Cerró el cuaderno. Únicamente había escrito cuatro líneas, las suficientes para mantener vivo el recuerdo de aquella niña. Luego retiró la losa y escondió su secreto.
¿Cuántas cosas más le habían arrebatado? Pasó por muchas fases estando allí dentro. Etapas que iban desde la incomprensión hasta el odio y la rabia. Al principio confió en sus padres y no les culpó por haberle encerrado. Luego se sintió decepcionado, porque una cosa era enclaustrarle y otra muy distinta era evadir todo contacto con él. Su alma se quebró cuando trató de encontrar explicación a eso. Él les gritaba cuando sentía que estaban tras la puerta, pero ellos callaban y se marchaban. Solo Anita traspasó esa línea, hasta que fue reprendida. Pensó que ya no le querían, algo que, para un niño de su edad, resultó bastante duro. Luego de la confianza, la incomprensión y el abatimiento, se sucedió la confusión y, más tarde, el lanzamiento de hipótesis a cada cual más descabellada. Eran como pequeñas boyas que le permitían mantenerse a flote, se agarraba a esas ideas con fuerza para no hundirse en la miseria. Luego, simplemente dejó de hacerse preguntas. Aceptó que todo era cómo debía ser, por la razón que fuese. Se habituó a una vida que se asemejaba más a la muerte. En ocasiones pensaba que estar allí era como si le hubieran enterrado vivo en un ataúd muy grande. Después de veinte años no podía echarles nada en cara, aún siguiera sin entender los motivos que le habían llevado a aquella miserable mazmorra.
Mientras su padre lo llevaba en volandas escaleras abajo, su madre forcejeaba y gritaba en auxilio de su querido hijo. Fueron súplicas inútiles que duraron todo el día, semanas y meses después. Luego su madre asumió los hechos y dejó que el tiempo pasase. Pero fueron largos los días en que Fausto se quedaba con la oreja pegada a la puerta y oía a sus padres discutir. Uno empecinado en su aislamiento y la otra implorando una libertad que jamás llegaría. Y en medio de los dos, en medio estaba Anita. Ella fue quien peor aceptó todo aquello. A pesar de los tirones de pelo, los insultos, los escupitajos, las malas caras... a pesar de todo, quería a su hermano y no entendía por qué estaba allí. Era apenas un año menor que él, pero no era tonta. Sabía que algo andaba muy mal y ese algo estaba relacionado con su hermano. Durante los primeros años, Anita bajaba y se sentaba junto a la puerta para charlar con su hermano. Sentía que debía hacerlo, que estaba en deuda de algún modo con él. Era un sentimiento extraño. Luego, después de ser sorprendida pasando por debajo de la puerta objetos que se consideraban prohibidos, sus padres establecieron un ritmo de visitas estricto y controlado en el más absoluto silencio. Para Fausto fue como si perdiera todo contacto con la realidad. Ya no había nadie del otro lado capaz de hacerle sentir acompañado. Y fue en ese tiempo, hasta que su hermana enmudeció, que pasaron cosas horribles que él apenas podía sospechar pues tan sólo se podía valer del oído para intuirlas. Oía gritos, alaridos de horror, de dolor... sentía aullar en las calles a bestias a las que no era capaz de otorgar una imagen definida. Jamás sabía si lo que oía era un león, una hiena o cualquier otro animal. Pero no era extraño, el tiempo había borrado también las caras de todos aquellos que conoció en su vida lejos de aquellos muros hundidos en la tierra. Entonces Fausto temblaba, se alejaba de la ventanita y se acurrucaba sobre sí mismo en algún rincón. Muchas noches sintió el aliento frío mojando el cristal del otro lado, o la Luna quedando oculta por una sombra repentina que se interponía entre ella y Fausto. A veces, ya rozando el delirio, Fausto creía ver una gran pupila dilatándose mientras miraba al interior del habitáculo, observándole con interés. Y el niño cerraba los ojos con fuerza y rezaba para que desapareciera la bestia que vigilaba sus miedos. Después de mucho tiempo, los abría de nuevo y ya no había nada. Salvo su alma trastocada y el sudor frío recorriéndole las sienes y bajando por sus mejillas como navajas afiladas. Esa noche entonces no podía dormir y tiritaba, temblaba hasta que todos los músculos de su cuerpo se estremecían por el dolor de la tensión y los espasmos incontrolados. Cuando Anita dejó de hablarle, poco tiempo después de su última visita sonora, comenzaron a desparecer los monstruos y los gritos. Y sus noches volvían a ser calmas dentro de la rutina aceptada de aquel encierro. Pero Fausto, que no encontraba relación entre un suceso y otro, prefería el contacto de su hermana, las caricias de sus padres, al silencio, y no le importaba sufrir aquellas pesadillas con tal de tenerles cerca o siquiera sentir que estaban del otro lado. A pesar de todo, Fausto siguió pensando durante mucho tiempo que aquello era por su bien. Estaban protegiéndole del Mal del Mundo. Fue una de las últimas revelaciones que le hizo su hermana antes de perderse en la oscuridad de las palabras.
Aunque Cronos había quedado bastante difuso en su percepción, estimaba que habrían pasado algo más de dos décadas desde que lo encerraran. Así, Fausto estaba ya rondando la treintena con un buen número de cumpleaños no celebrados a sus espaldas. Había crecido solo en esa habitación. Se hubiera vuelto loco sin las primeras visitas de su hermana y sin sus regalos. Gracias a los cuadernos y los lápices, pudo evitar que lo aprendido en el colegio se esfumara como espuma de mar. Llenaba con avidez aquellas páginas en blanco de fantasías, de anhelos, de sueños... creaba, en cierto modo, un mundo a su medida, en el cual no tuviera que estar encerrado y disfrutara de los mismos privilegios que antes de estar allí. Había dejado de jugar a ser periodista, había pocas novedades ahí abajo. La desidia le comía las entrañas, el aburrimiento le mermaba, y por eso tuvo que echar mano de su imaginación y dejarla volar, para no acabar golpeando su cabeza contra la pared o perder el juicio.
Entre aquellas cuatro paredes, no había conocido más amor que el fraternal. Hoy, incluso éste, le parecía una quimera olvidada. Recordó mientras apuraba el zumo que, en otro tiempo, tenía una chica que le gustaba en el colegio y, aunque no estaban los chicos en aquella época pensando en esas cosas, a Fausto le agradaba tenerla cerca y jugar con ella. Ahora pensaba que aquellos momentos eran los más cercanos que viviría junto a una chica. El amor había pasado por su vida de refilón, sin apenas rozarle ni erizarle el vello. Le entristeció de una manera extraña pensar que su libertad le privaba de tantas cosas que no había disfrutado y, probablemente, jamás disfrutaría. En ese momento, con el último sorbo deslizándose por su garganta, sintió unos fervientes deseos de coger el cuaderno escondido bajo la losa y escribir. Antes de hacerlo se aseguró que no había nadie vigilando al otro lado de la puerta. Cuando estuvo totalmente seguro, se acercó a la esquina y levantó la lámina de mármol, metió la mano y cogió la pluma y la libretita, no más grande de medio folio. Apenas le quedaban unas hojas en blanco. El resto estaba lleno con una letra apretada sin apenas espacios. Los márgenes estaban repletos, a su vez, de dibujos que acompañaban a lo que se narraba o que, sin más, eran producto del tedio. En cualquier caso, estos dibujos habían mejorado mucho con los años y con respecto a los primeros que hiciera antes de ser encerrado allí. Era una evolución que podía ver impresa en aquellas páginas, pues había guardado aquel librillo con recelo y tan sólo lo sacaba de bajo la losa cada vez que sus deseos se volvían irrefrenables y no tenía más remedio que rendirse a ellos. Eran esos momentos los que él llamaba “especiales”. Pasó con cierta melancolía los dedos sobre el papel escrito, dejando que las yemas sintieran la caricia de anhelos pasados y sueños evaporados, inmortales en aquellas líneas. Quitó la capucha a la pluma y la deslizó suavemente por el siguiente espacio en blanco tras la última palabra escrita. Apurando los espacios, disfrutando con el trazo, dejando que la pluma vibrase al son de sus pensamientos. La tinta impregnó delicadamente el papel. Una voz sonó en alguna parte llamándole por su nombre. Era la niña del colegio, aquella de la cual ya no recordaba ni su nombre. Su voz era clara. Le llegó atravesando la pared y, pronto, una imagen pareció formarse ante él, la de la niña de entonces, con sus siete años y medio y su sonrisa llena de hierros. Parpadeó y la imagen se desvaneció, como era habitual. Sus sueños duraban poco. Cerró el cuaderno. Únicamente había escrito cuatro líneas, las suficientes para mantener vivo el recuerdo de aquella niña. Luego retiró la losa y escondió su secreto.
¿Cuántas cosas más le habían arrebatado? Pasó por muchas fases estando allí dentro. Etapas que iban desde la incomprensión hasta el odio y la rabia. Al principio confió en sus padres y no les culpó por haberle encerrado. Luego se sintió decepcionado, porque una cosa era enclaustrarle y otra muy distinta era evadir todo contacto con él. Su alma se quebró cuando trató de encontrar explicación a eso. Él les gritaba cuando sentía que estaban tras la puerta, pero ellos callaban y se marchaban. Solo Anita traspasó esa línea, hasta que fue reprendida. Pensó que ya no le querían, algo que, para un niño de su edad, resultó bastante duro. Luego de la confianza, la incomprensión y el abatimiento, se sucedió la confusión y, más tarde, el lanzamiento de hipótesis a cada cual más descabellada. Eran como pequeñas boyas que le permitían mantenerse a flote, se agarraba a esas ideas con fuerza para no hundirse en la miseria. Luego, simplemente dejó de hacerse preguntas. Aceptó que todo era cómo debía ser, por la razón que fuese. Se habituó a una vida que se asemejaba más a la muerte. En ocasiones pensaba que estar allí era como si le hubieran enterrado vivo en un ataúd muy grande. Después de veinte años no podía echarles nada en cara, aún siguiera sin entender los motivos que le habían llevado a aquella miserable mazmorra.
