Fritz corría entre los silbidos de las balas que se cruzaban entre ambos bandos. Estaba perdido y desubicado, el enfrentamiento le había cogido por sorpresa cuando escribía en su pequeño libreto una carta para su amada, que hacía meses había dejado atrás en Hamburgo. Cuando se alistó en el ejército y fue llamado a filas para entrar en combate contra las tropas aliadas de Francia e Inglaterra, apenas era un muchacho que poco sabía de enfrentamientos militares y, mucho menos, de formas de ataque, opresión del enemigo, técnicas de evasión o uso de cualquier tipo de arma. Pero la nación había solicitado con premura el anexo de los ciudadanos a lo que sería el mayor imperio de la historia, liderado, como no, por el carismático y creciente Hitler. Un hombre menudo que, con sus discursos entusiastas y abnegados, había conseguido movilizar a un buen número de inconformistas alemanes. Nadie hubiera dado crédito a aquel ascenso al poder si, años antes, aquel soldado raso que batallaba en
Un par de meses después, con la primavera despuntando, Fritz fue llamado para cubrir un batallón de unos dos mil hombres que tendrían la tarea de refrenar los avances de las tropas enemigas en Noruega y Dinamarca. En 1939, había empezado oficialmente la guerra en un primer movimiento ejecutado por la unión de tropas francesas e inglesas; Estados Unidos se mantuvo al margen y Roosevelt aseguró que no vendería armas a ninguno de los bandos europeos para no desequilibrar la balanza armamentística. Aquel movimiento pausado no tuvo altercados propios de una guerra, la llamaron la guerra ficticia. Pero las tropas aliadas seguían avanzando y el ejército alemán no podía permitirlo. Así, el 9 de Abril de 1940, dos mil de los soldados de Hitler que habían estado preparándose durante el invierno, iniciaron la ofensiva que sería apodada como blitzkrieg o guerra relámpago. Debido a que sus oponentes eran bastante precarios en la lucha, confiados en la política de apaciguamiento y con el lastre de
Si bien él era uno de los hombres que más había participado en la guerra, no había disparó ni una de sus balas a favor de la muerte. Sus balas siempre buscaban la manera de ser dirigidas hacia el suelo o al aire, para no quedar en evidencia y, al mismo tiempo, evitar un crimen que consideraba injusto, poco ético y amoral. No se sentía capaz de quitar la vida a nadie, aún se tratara de un enemigo. Fritz sabía que en las guerras la gente pasa a formar parte de un listado al que pocas veces el gobierno presta atención, son datos que no reflejan, en lo más mínimo, la humanidad que se esconde tras cada uno de los garabatos que apuntan una identidad. Los enemigos eran aquellos que había que exterminar, pero no había una enemistad real, era un trabajo a realizar, una manera de cazar sin ser cazado. A veces, todo adquiría un tono surrealista y Fritz se decía mentalmente que aquello no podía ser real; seres humanos matándose sin un motivo real, simplemente por la imposición de unas ideas que el tiempo desenfocaría y mantendría cubiertas de polvo. No podía ser cierto que aquello valiese los millones de vidas humanas que se perdieron en lo sucesivo, los crímenes indiscriminados... nada podía justificar aquella masacre. Fritz intentaba no recluirse en su mente filosófica, procuraba escapar de los pensamientos que, a plomo, hacían más difícil su estancia entre trincheras, explosiones y miembros mutilados. En más de una ocasión, había llorado a escondidas, manchado sus manos con la sangre de sus compatriotas en un intento desesperado por frenar una hemorragia y gritado al cielo que cesara aquella estupidez. Pero sus lágrimas se perdían entre el barro, la sangre se acababa secando en su ropa y sus gritos... sus gritos se perdían entre los silbidos de los proyectiles, entre el humo de las granadas, bajo el polvo que se levantaba tras los sacos de sus guaridas. Entonces, su mirada se perdía entre los espinos de la alambrada, evocando la corona que impusieran al judío que murió por toda la humanidad casi dos mil años atrás. Fritz comprendía que la muerte era el único fin que unía a todos los seres humanos por igual. Quizá la salvación se encontraba al otro lado.
Era en uno de esos fuegos cruzados cuando se sintió libre de la cordura y, escribiendo en su pequeña libreta, encauzó sus pasos hacia el centro mismo del campo. Oyó el grito de uno de sus compañeros, que le instaba a volver al refugio, seguido de varios insultos, pero no prestó atención. Siguió caminando. Las balas pasaban a su lado, una arañó su uniforme a la altura del hombro. Un hilo de sangre se dejó caer por la manga, que acabó por manchar su mano y mezclarse con la tinta de su estilográfica. Una explosión levantó una humareda a escasos metros de donde se encontraba, pero la onda expansiva no fue suficiente para que Fritz saliera de su abstracción o fuera derribado contra el terreno. Él siguió escribiendo. El momento que había de llegar le sobrevino justo cuando terminaba de escribir el nombre de su prometida. Una bala le perforó el estómago, el dolor que sintió Fritz colapsó todos sus sentidos. Creyó perder la visión y parte del oído. Una punzada húmeda se extendía en el vientre. Mientras ponía su mano sobre la herida, no con intención de evitar el desangre sino de sentirla, cayó de rodillas y recibió el golpe de gracia del enemigo. Una última bala perforó su parietal y acabó con su vida. Antes de aquello, Fritz ya pensaba que su vida estaba acabada. Lo pensó justo al firmar su alistamiento. Aquel momento era el que ponía el punto y final a su rúbrica. El de su muerte.
Entonces, se vio corriendo por un lugar sin ruidos de guerra, sin humos ni gritos, sin el hedor de la muerte alrededor. El lugar era diferente del que había regado con su sangre, un paraje verde y florido. Tenía la sensación de ver su alrededor con un enfoque diferente, como tamizado con un filtro de luz blanca vaporosa. Apenas podía ver el suelo que pisaba, parecía estar cubierto de una nívea neblina que le cubría hasta los pies. Se miró sorprendido al descubrirse sin el uniforme que tanto detestaba. En su lugar, llevaba un traje más que elegante, blanco como la leche, sin un solo remate oscuro. Instintivamente, siguió caminando hacia el frente. A lo lejos, pudo ver como se dibujaba una silueta diminuta. Según se acercaba, vio que la figura se encontraba frente a una puerta ornamentada con enredaderas de metal dorado y plateado, horadada por un arco de giros delicados y contornos claros. Ya más cerca, pudo identificar la imagen que se había dibujado en la distancia. Era un niño, un bebé más bien, con tres pares de alas blancas y una mirada que reflejaba, extrañamente, una ternura y sabiduría infinitas. Miró a Fritz de arriba abajo, estudiándole de dentro hacia fuera. Entonces, aleteó para igualar la altura de sus caras y el niño alado le habló con una dulzura que Fritz jamás podría haber imaginado. Era un querubín, uno de los seres celestes más cercanos a Dios, por encima incluso que los ángeles y los arcángeles. Lo que le dijo fue simple y directo. Tenía el perdón de Dios por no haber manchado sus manos de sangre. A pesar de haber formado parte de aquel conflicto, tenía acceso al lugar que se abría tras la gran puerta custodiada por el querubín: el Jardín del Edén.
En el momento en el cual Fritz iba a cruzar la puerta que le llevaba al Paraíso, unos pasos ajetreados se oyeron, acercándose por detrás. Un hombre venía corriendo hacia él o, hacia la puerta, pues ambos se encontraban en la misma dirección. El hombre iba vestido de uniforme, pertenecía a las tropas alemanas; la única diferencia con el uniforme que Fritz había llevado era que iba plagado de medallitas y condecoraciones. Al acercarse, el muchacho le reconoció y quedó atónito. El querubín se interpuso entre la puerta y el hombre y miró de reojo a Fritz para indicarle que podía pasar ya. En aquel lugar, donde el tiempo y el espacio eran relativos con respecto a la vida en
—Tú no. —Dijo.
Su mirada se desvió entonces. Se enfocó por encima del hombro del uniformado. Una sombra oscura y humeante lo agarró por el brazo, tirando de él hacia la nada. El hombre se desgañitó en insultos y amenazas mientras se perdía entre las brumas celestes. Fritz giró entonces, dio las gracias al querubín por su amabilidad, y sonrió mientras la bestia se llevaba consigo al hombre del flequillo alborotado y bigotito fruncido hacia algún lugar menos deseable que el Paraíso. Cruzó el umbral y desapareció en la blancura.


