Estimados amigos blogueros, siguiendo en la racha de concursos no ganados (que no es algo que me preocupe en exceso), en esta ocasión el susodicho era el “XV Certamen Literario Semana Cultural de Benagalbón“, otro de mis relatos ha quedado liberado y antes de presentarlo a otro concurso (cada relato tiene el suyo y no me gusta repetir) he querido compartirlo con todos vosotros para vuestro deleite o sufrimiento (según se mire). Aprovecho así mismo para desearos un feliz fin de semana, lleno de creatividad para los que se mueven en el arte y lleno de buenos deseos y felicidad para todos los demás (pero también para los artistas, jejejeje). Aprovecho también para felicitar a esos toros y gemelos que han cumplido añitos en estas dos últimas semanas por si se pasan por aquí (Natalita, Anita, Mar, Mine, Rosana, Lorenica…) y los que ahora están a punto de cumplir (entre ellos yo, mi hermano y mi cuñada). En una semana, con el Día Mundial del Medio Ambiente, llegan mis 32, así que espero llevarlos si cabe mejor que estos que quedan atrás. Pero bueno, felicidades de momento a los cumplidos y feliz fin de semana a todos los demás. Y de regalo, un cubo, el de mi relato. Besos y abrazos a quien corresponda.
EL CUBO
Escalaba
esquina. En estos tiempos, la distancia ya no existía y, precisamente por esto, representaba un vacío abismal, una nada absoluta entre los individuos. Internet. Esa era la palabra que había separado a
ban niños y adultos por igual. Se movían entre sombras y viajaban en la mentira que ellos habían creado. Visitaban lugares virtuales que, en la mayoría de las ocasiones, eran fieles reproducciones de la realidad colindante. ¿Qué les hacía desear con mayor fervor lo que aparecía en sus pantallas que la realidad misma? A R, el muchacho que se escapaba de la urbe para adentrarse en el mundo despoblado, le parecía que los hombres y mujeres del planeta habían perdido el horizonte. De hecho, ha
bían perdido su propia identidad, se habían perdido a sí mismos y, como R pensaba, sería difícil que volviesen a ser quienes habían sido en el pasado, virtud que algunos ya no podrían disfrutar (sobre todo los más pequeños), pues aquello en lo que vivían era lo único que conocían.
R había nacido del mismo modo en que partía ahora, en silencio y sin mucha celebración. La única diferencia era que, al nacer (un error como otro cualquiera, quién iba a pensar que la realidad virtual pudiera llegar a esos extremos) había, al menos, otra persona más allí con él. Ahora, en
su despedida, estaba solo. No podía culpar a nadie. La sociedad había forjado aquel destino. Él tan sólo era un producto más. Y ni siquiera tenía un nombre de verdad. R, así le habían llamado. Hasta para eso se habían vuelto los humanos holgazanes.
En el tiempo que había pasado desde su nacimiento, R había investigado mucho acerca del lugar en el que se encontraba, no la ciudad sino el planeta. Había estudiado el comportamiento de sus gentes y la evolución que habían sufrido en los últimos siglos. El punto de inflexión se encontraba a finales del siglo XX, cuando el albor tecnológico se producía y proliferaba a un ritmo vertiginoso.
A mediados del siglo siguiente, todos eran meras extensiones de una amplia red cibernética que apenas tenía un desfase apreciable de 0,001 nanosegundo. R había descubierto que el tiempo era relativo en la red, al igual que el espacio. Podía estar en un lugar antes de salir incluso de éste y sin llegar a moverse del lugar que ocupaba. Eran los últimos avances en ORV (Otras Realidades Virtuales), prototipo posterior de lo que hasta ahora se conocía. Apreció numerosas diferencias respecto a los comienzos de Internet y a lo que ahora, en el presente, era o constituía ese concepto. Para empezar, el hardware ya no era el de entonces. Apenas existía, como reminiscencia de aquel pasado, un hexaedro no mayor que un dado. Era
a en sí todas las funciones de un sistema operativo avanzado y autoconfigurable. No tenía acceso para los diferentes formatos del pasado como DVDs, discos compactos o entradas USB. Eso era ya algo que había quedado muy atrás. Con el nacimiento de
así que Internet había evolucionado hacia un hermanamiento de mentes afines, de sensibilidades gemelas y estímulos comunes. Las ondas iban seleccionando seres humanos y agrupándolos en comunidades con intereses igualados. Sin embargo, los piratas informáticos habían ideado
Las comunidades de usuarios afines (CUA), consiguieron preservar su intimidad hasta el punto de creer quienes decían ser. De ese modo, comenzaron a sucederse las enfermedades mentales de forma masiva, sobre todo aquellas relacionadas con desdoblamientos de personalidad o esquizofrenia. Si bien, la ciencia había avanzado tanto como la tecnología, era un mal que había superado con creces
las antiguas plagas de Cáncer y Sida que asolaron décadas atrás el planeta. Se podía decir que las enfermedades físicas habían sido erradicadas casi al completo. No así las psíquicas, que proliferaban con temerosa rapidez. El planeta había “evolucionado” tomando como base lo intangible e inexistente. A ese ritmo, pronto creerían tanto lo que imaginaban, esa otra realidad creada, que no se moverían de sus asientos pensando que ya estaban viviendo sus vidas, cuando, sin embargo, seguían el camino hacia una muerte segura, tanto física como mental.
Las calles habían comenzado a vaciarse. El tráfico había disminuido considerablemente. Las asistencias obligatorias a clase comenzaban a notar preocupantes bajas. El absentismo era una de las mayores lacras de la sociedad. El ser humano prefería fantasear en aquel mundo virtual. Ha
bía avanzado tanto que ya prácticamente no había diferencia entre una realidad y otra. R había sido el producto de una de esas realidades, ya no sabía muy bien cual. Sus padres, Tantra y SexMachine se habían conocido meses antes de crearle. Eran dos personas que jamás llegaron a verse el rostro. Confiaron en las mentiras que el uno al otro se contaban y luego... luego decidieron adentrarse en el mundo de la paternidad y crear una familia. Eligieron cada uno de los rasgos físicos de su bebé, desde el color de sus ojos hasta el último pelo que cubriría su cabeza. Luego eligieron el día de nacimiento y la evolución del embarazo. A continuación determinaron una psicología y un carácter preciso. Definieron una vida. Pero lo hicieron hasta que se cansaron de aquel juego, bien entrada la adolescencia del hijo de ambos. Si bien, como unos pad
res de verdad, Tantra y SexMachine habían seguido todo el embarazo, las visitas virtuales al ginecólogo y la matrona, el parto, los berridos nocturnos, los primeros días de colegio... llegó un momento en el cual no se soportaron. A los cuatro meses de estar juntos decidieron dar por terminada aquella relación virtual. Es evidente que el espacio y el tiempo (como bien apuntábamos anteriormente) funcionan de una manera un tanto distinta a la habitual. Así, al quinto mes, cada uno de los padres de R ya te
nían nuevas parejas y se habían olvidado de su hijo en alguno de los rincones cibernéticos. R quedó huérfano. Incluso cuando quiso buscar a sus padres, estos habían cambiado sus nicks.
Después de aquello, R tuvo pesadillas y la fiebre casi acaba con él por culpa de uno de esos malditos virus informáticos. Al superar aquel estado febril y ganar la partida a la muerte, algo extraño comenzó a sucederle. Comenzó a fluctuar, a aparecer y desaparecer aquí y allá. Su pensamiento fue absorbiendo cada bit de información que encontraba en la red. Su sabiduría y conocimiento fue creciendo gigas enteras por segundo. Y llegó un momento en el cual explotó. Sí, reventó y se expandió.
Luego se contrajo y ya no estaba dentro, sino fuera. Y fue estando fuera que lo vio todo con mayor claridad. Vio la maldición de aquel Cubo al que vivían sujetos millones y millones de seres humanos. Vio que las ciudades se habían convertido en tumbas abiertas sobre las que pronto se amontonarían los cadáveres y no cabría más que esperar a que los edificios se derrumbaran para sepultar los restos de una Humanidad perdida. R vio con tristeza aquello en lo que se había convertido el planeta. Siguió camina
ndo entre sombras, lejos de la ciudad, bajo la luz de









