Una palabra. Todo empieza por una palabra.
Había una tarjeta en el coche de Alberto Morales. Era pequeña y rectangular, de cartulina ahuesada. Supuso que no debía ser más que una oferta publicitaria y rehusó bajar del coche para retirarla del parabrisas. Tenía otras preocupaciones. Arrancó y salió del aparcamiento subterráneo. El sol quemaba ya en primavera y se dijo que aquellas temperaturas no eran normales, dos días atrás granizaba en plena autovía de camino a casa. Tomó la carretera que bordeaba el puerto hacia la principal con cierta apatía. No pisó demasiado el acelerador dando tiempo a sus pensamientos a que tomaran una forma adecuada para que pudiera examinarlos con detenimiento mientras llegaba a casa. Visualizó sus últimos años y se dijo que no estaba bien todo lo que había hecho. Había sido un mal todo: un mal padre, un mal hijo, un mal esposo, un mal hermano... No había ninguno de sus actos que no hiciera de él un ser mezquino y despreciable.
La tarjeta, al recibir el azote del levante, emitió un sonido parecido a un palmeteo que se repetía una y otra vez retando al viento. A mayor velocidad, mayor traqueteo se llevaba el papelito. Alberto sintió como si aquel pedazo de papel quisiera llamar su atención como de hecho hizo. De repente, un deseo irrefrenable se apoderó de él: necesitaba leer el contenido de la tarjeta. Quedó esta ansiedad instalada en su cerebro, distrayéndole a ratos de sus reflexiones. Trataba de seguir las indicaciones del camino, de hilar sus pensamientos y, cada poco, la dichosa tarjetita repiqueteaba llamándole y reavivando la llama de su curiosidad. Se planteó incluso la posibilidad de parar a un lado de la carretera tan sólo por satisfacer aquella ansia. Sin embargo, era como si la mezcla de todo lo que tenía que calibrar su cerebro restase fuerza a esa necesidad latente. Se dio un plazo de media hora, lo que tardaría en llegar, y se dijo que hasta entonces olvidaría todo lo que tuviera que ver con el maldito papel.
Volvió al análisis de su vida, una práctica que se había hecho rutinaria de un tiempo para acá. Debió ser que su salud mermada le recordaba que ahora que moría por dentro y su cuerpo se pudría por fuera no había nadie que sostuviese velas en su entierro. Todos se habían marchado. Él los había echado de su vida. Unos estaban cerca, otros no tanto. De los que estaban lejos había algunos que jamás podrían volver. Alberto tuvo a bien encomendarse durante una vida entera a la idolatría del dinero y éste fue el único dios al que él decía ofrecer sus respetos. Se dedicaba a él con obstinación, religioso profesante de una fe ciega. Sus emociones eran meras apariencias que, con el tiempo, dejaron de importarle. Ese fue el inicio del distanciamiento de sus seres queridos y es decir mucho, pues Alberto jamás quiso a nadie. Fue quedándose solo. No importa la soledad si es lo que uno elige, pensaba aún ahora. Pero no era eso lo que más pesaba sobre su conciencia.
Habiéndose conformado como uno de los hombres más pudientes, poseía una fortuna envidiable a la que todos miraban con desdén y envidia nada sana. Su familia le había dado la espalda, pero en momentos de necesidad el orgullo se va por las alcantarillas y cualquiera que haya de echarse un mendrugo a la boca y no tenga con qué pierde las vergüenzas y se humilla cien veces si consigue matar el hambre de su familia. Así fue como Isidro, hermano de Alberto, le llegó un día con el rostro agrietado por los surcos de las lágrimas y la pena por bandera. No pedía mucho, tan sólo un poco de dinero para poder sobrevivir mientras encontraba un trabajo que pudiera mantener a los suyos. Fue la oportunidad de Alberto para cobrar sus deudas y ofrecerle la misma moneda que Isidro en sus días pasados. Así, se alegró de sus penurias y le dio la espalda de buena gana. Por alguien, que le señaló con odio en la calle, supo Alberto que su hermano había muerto dejando a tres niños huérfanos pendientes de una pobre viuda, todos, por supuesto, hambrientos y apenas sin un lugar donde caerse muertos. Y ahora, después de tantos años, pesaba en su conciencia.
La tarjeta se agitó con más fuerza y volvió a sacar a Alberto del lugar en el que se encontraba. Quitó el pie del acelerador al caer en la cuenta que lo tenía pisado hasta el fondo y el marcador avisaba de una velocidad indecente y nada recomendable. Pensó que ni todos sus millones podían salvarle de la muerte que le esperaba. Imaginó cómo sería. La nota chillaba y golpeaba con insistencia el cristal. Alberto ya no podía pensar tranquilo. En un alarde de lucidez dio al contacto de las escobillas pensando que así iba a desprenderse de la dichosa nota, sacrificando así su información en pos de una reflexión sin sobresaltos, pero no resultó como esperaba y aquello acrecentó el vaivén de la cartulina y los golpes contra el cristal. Maldita sea, pensó. Volvió a pisar el acelerador sin apenas darse cuenta mientras abría la ventanilla y alargaba un brazo por el exterior para alcanzar la causa de su distracción y destruirla. No pudo, se escurría hábilmente entre sus dedos. Se desabrochó el cinturón y elevó el trasero unos centímetros. Eso hizo que pisara aún más el pedal y el coche aumentara sus kilómetros por hora en escasos segundos. Con una mano en el volante, la otra alargada hacia el limpiaparabrisas, encorvado y levantado sobre el asiento y con un pie apretando hasta el fondo el acelerador, lo siguiente que sucedió fue inevitable y, por otra parte, previsible.
Alberto perdió el control del vehículo. Éste se estrelló contra el quitamiedos y comenzó a voltear sobre sí mismo a una velocidad de vértigo. En menos de cincuenta metros, Alberto había quedado aplastado por los hierros como si estos fuesen los fuelles de un acordeón. Mientras la vida se le escapaba, él rezaba pidiendo perdón por todo el mal que había cometido en su vida. No terminó sus plegarias y, por ende, no fueron escuchadas. O tal vez sí, pero no cómo él hubiese deseado. Sin embargo, no fue arrepentimiento lo que encontraron en su rostro cuando lo embolsaron y se lo llevaron muerto en la ambulancia. Su cara era reflejo del horror mismo.
Recordó en sus últimos instantes, mientras oraba lo que podía y sabía, el día en que su hermano fue a pedirle ayuda y Alberto se la negó. Isidro se marchó con la rabia pegada al pescuezo y no reprimió su odio cuando se volvió para dedicarle sus últimas palabras: Púdrete en el Infierno. Esas habían sido las palabras de su hermano. Las últimas que él le oyera. Cuando el coche dejó de dar vueltas en el aire, estrellándose una y otra vez contra el asfalto aplastando a Alberto, la nota se desprendió del cristal hecho añicos y voló. El deseo de saber lo que ponía no se disipó del todo, a pesar de lo trágico del momento. Tumbado con medio cuerpo fuera del vehículo, exhalando su último aliento, Alberto vio como la tarjeta descendía de los cielos como si fuese una pluma. Cayó en el suelo a dos palmos de él. Con gran esfuerzo, alargó la mano ensangrentada hasta la nota y la tomó entre sus dedos. La volvió para saciar su curiosidad aún fuese lo último que hiciese en vida. No era la tarjeta de nadie que ofreciese sus servicios, ni un reclamo publicitario, ni un recibo por mal aparcamiento. Era un trozo de cartulina escrita en una de sus caras. Reconoció la letra. Reconoció las palabras. Y al leerlas se sintió más desdichado que nunca. Se descompuso en un rictus de terror y expiró. No fue una muerte feliz. Cuando llegó la ambulancia encontraron un cadáver y cuatro palabras ateridas entre sus dedos: Púdrete en el Infierno. Quienes conocían a Alberto no dudaban que así sería.
Una palabra. Todo empieza por una palabra. Y acaba con una frase.



