lunes 29 de junio de 2009

Una Nota en el Parabrisas

Hola a tod@s, como viene siendo habitual en esta mini sección de relatos no ganadores de concursos, heme aquí otra vez con uno de ellos. Sin embargo, no puedo omitir la pena que siento por la muerte de una persona de mi entorno y que aún no logro comprender, pues ha sido esa persona la que a sí mismo se ha quitado la vida. Espero que Dios la guarde consigo y que su alma descanse en paz lo que parece no descansaba en esta vida terrenal. Así, no voy a decir nada más. Os dejo este relato que nada tiene que ver con el suceso. Un fuerte abrazo a tod@s.

UNA NOTA EN EL PARABRISAS

Una palabra. Todo empieza por una palabra.

Había una tarjeta en el coche de Alberto Morales. Era pequeña y rectangular, de cartulina ahuesada. Supuso que no debía ser más que una oferta publicitaria y rehusó bajar del coche para retirarla del parabrisas. Tenía otras preocupaciones. Arrancó y salió del aparcamiento subterráneo. El sol quemaba ya en primavera y se dijo que aquellas temperaturas no eran normales, dos días atrás granizaba en plena autovía de camino a casa. Tomó la carretera que bordeaba el puerto hacia la principal con cierta apatía. No pisó demasiado el acelerador dando tiempo a sus pensamientos a que tomaran una forma adecuada para que pudiera examinarlos con detenimiento mientras llegaba a casa. Visualizó sus últimos años y se dijo que no estaba bien todo lo que había hecho. Había sido un mal todo: un mal padre, un mal hijo, un mal esposo, un mal hermano... No había ninguno de sus actos que no hiciera de él un ser mezquino y despreciable.

La tarjeta, al recibir el azote del levante, emitió un sonido parecido a un palmeteo que se repetía una y otra vez retando al viento. A mayor velocidad, mayor traqueteo se llevaba el papelito. Alberto sintió como si aquel pedazo de papel quisiera llamar su atención como de hecho hizo. De repente, un deseo irrefrenable se apoderó de él: necesitaba leer el contenido de la tarjeta. Quedó esta ansiedad instalada en su cerebro, distrayéndole a ratos de sus reflexiones. Trataba de seguir las indicaciones del camino, de hilar sus pensamientos y, cada poco, la dichosa tarjetita repiqueteaba llamándole y reavivando la llama de su curiosidad. Se planteó incluso la posibilidad de parar a un lado de la carretera tan sólo por satisfacer aquella ansia. Sin embargo, era como si la mezcla de todo lo que tenía que calibrar su cerebro restase fuerza a esa necesidad latente. Se dio un plazo de media hora, lo que tardaría en llegar, y se dijo que hasta entonces olvidaría todo lo que tuviera que ver con el maldito papel.

Volvió al análisis de su vida, una práctica que se había hecho rutinaria de un tiempo para acá. Debió ser que su salud mermada le recordaba que ahora que moría por dentro y su cuerpo se pudría por fuera no había nadie que sostuviese velas en su entierro. Todos se habían marchado. Él los había echado de su vida. Unos estaban cerca, otros no tanto. De los que estaban lejos había algunos que jamás podrían volver. Alberto tuvo a bien encomendarse durante una vida entera a la idolatría del dinero y éste fue el único dios al que él decía ofrecer sus respetos. Se dedicaba a él con obstinación, religioso profesante de una fe ciega. Sus emociones eran meras apariencias que, con el tiempo, dejaron de importarle. Ese fue el inicio del distanciamiento de sus seres queridos y es decir mucho, pues Alberto jamás quiso a nadie. Fue quedándose solo. No importa la soledad si es lo que uno elige, pensaba aún ahora. Pero no era eso lo que más pesaba sobre su conciencia.

Habiéndose conformado como uno de los hombres más pudientes, poseía una fortuna envidiable a la que todos miraban con desdén y envidia nada sana. Su familia le había dado la espalda, pero en momentos de necesidad el orgullo se va por las alcantarillas y cualquiera que haya de echarse un mendrugo a la boca y no tenga con qué pierde las vergüenzas y se humilla cien veces si consigue matar el hambre de su familia. Así fue como Isidro, hermano de Alberto, le llegó un día con el rostro agrietado por los surcos de las lágrimas y la pena por bandera. No pedía mucho, tan sólo un poco de dinero para poder sobrevivir mientras encontraba un trabajo que pudiera mantener a los suyos. Fue la oportunidad de Alberto para cobrar sus deudas y ofrecerle la misma moneda que Isidro en sus días pasados. Así, se alegró de sus penurias y le dio la espalda de buena gana. Por alguien, que le señaló con odio en la calle, supo Alberto que su hermano había muerto dejando a tres niños huérfanos pendientes de una pobre viuda, todos, por supuesto, hambrientos y apenas sin un lugar donde caerse muertos. Y ahora, después de tantos años, pesaba en su conciencia.

La tarjeta se agitó con más fuerza y volvió a sacar a Alberto del lugar en el que se encontraba. Quitó el pie del acelerador al caer en la cuenta que lo tenía pisado hasta el fondo y el marcador avisaba de una velocidad indecente y nada recomendable. Pensó que ni todos sus millones podían salvarle de la muerte que le esperaba. Imaginó cómo sería. La nota chillaba y golpeaba con insistencia el cristal. Alberto ya no podía pensar tranquilo. En un alarde de lucidez dio al contacto de las escobillas pensando que así iba a desprenderse de la dichosa nota, sacrificando así su información en pos de una reflexión sin sobresaltos, pero no resultó como esperaba y aquello acrecentó el vaivén de la cartulina y los golpes contra el cristal. Maldita sea, pensó. Volvió a pisar el acelerador sin apenas darse cuenta mientras abría la ventanilla y alargaba un brazo por el exterior para alcanzar la causa de su distracción y destruirla. No pudo, se escurría hábilmente entre sus dedos. Se desabrochó el cinturón y elevó el trasero unos centímetros. Eso hizo que pisara aún más el pedal y el coche aumentara sus kilómetros por hora en escasos segundos. Con una mano en el volante, la otra alargada hacia el limpiaparabrisas, encorvado y levantado sobre el asiento y con un pie apretando hasta el fondo el acelerador, lo siguiente que sucedió fue inevitable y, por otra parte, previsible.

Alberto perdió el control del vehículo. Éste se estrelló contra el quitamiedos y comenzó a voltear sobre sí mismo a una velocidad de vértigo. En menos de cincuenta metros, Alberto había quedado aplastado por los hierros como si estos fuesen los fuelles de un acordeón. Mientras la vida se le escapaba, él rezaba pidiendo perdón por todo el mal que había cometido en su vida. No terminó sus plegarias y, por ende, no fueron escuchadas. O tal vez sí, pero no cómo él hubiese deseado. Sin embargo, no fue arrepentimiento lo que encontraron en su rostro cuando lo embolsaron y se lo llevaron muerto en la ambulancia. Su cara era reflejo del horror mismo.

Recordó en sus últimos instantes, mientras oraba lo que podía y sabía, el día en que su hermano fue a pedirle ayuda y Alberto se la negó. Isidro se marchó con la rabia pegada al pescuezo y no reprimió su odio cuando se volvió para dedicarle sus últimas palabras: Púdrete en el Infierno. Esas habían sido las palabras de su hermano. Las últimas que él le oyera. Cuando el coche dejó de dar vueltas en el aire, estrellándose una y otra vez contra el asfalto aplastando a Alberto, la nota se desprendió del cristal hecho añicos y voló. El deseo de saber lo que ponía no se disipó del todo, a pesar de lo trágico del momento. Tumbado con medio cuerpo fuera del vehículo, exhalando su último aliento, Alberto vio como la tarjeta descendía de los cielos como si fuese una pluma. Cayó en el suelo a dos palmos de él. Con gran esfuerzo, alargó la mano ensangrentada hasta la nota y la tomó entre sus dedos. La volvió para saciar su curiosidad aún fuese lo último que hiciese en vida. No era la tarjeta de nadie que ofreciese sus servicios, ni un reclamo publicitario, ni un recibo por mal aparcamiento. Era un trozo de cartulina escrita en una de sus caras. Reconoció la letra. Reconoció las palabras. Y al leerlas se sintió más desdichado que nunca. Se descompuso en un rictus de terror y expiró. No fue una muerte feliz. Cuando llegó la ambulancia encontraron un cadáver y cuatro palabras ateridas entre sus dedos: Púdrete en el Infierno. Quienes conocían a Alberto no dudaban que así sería.

Una palabra. Todo empieza por una palabra. Y acaba con una frase.


martes 23 de junio de 2009

Reseña de El Legado de Blanca Miosi

Hola a todos, hoy he querido dejar de lado lo que tenía previsto publicar para dejar mi impronta acerca de la última novela leída, en este caso la de la autora Blanca Miosi. Desde el comienzo, esta obra ha estado envuelta en ese halo mágico y rodeada por la casualidad, y así me la encontré (a diferencia de su primera novela que fue toda una "Búsqueda") justo cuando estaban desempacandola para colocarla en la estantería de una librería a la que fui sin haberlo previsto. Pero bueno, dejémonos de preámbulos innecesarios y vayamos al meollo.

Esta obra, magníficamente relatada y con la certera precisión generacional que imprime Blanca en cada una de sus novelas, nos ofrece como núcleo central la historia de una maldición profética que un misterioso hombre llamado Welldone revela a un mago de circo al principio de la obra. Ese mago no es otro que el qu
e llegará a ser el famoso Erik Hanussen, el vidente de los nazis, cuya relación con Adolf Hitler le pondrá en una posición de poder sobrecogedora. A partir de aquí, la ficción se entremezcla con la realidad para contarnos con maestría la intrahistoria de los personajes ligados a ambos personajes, al mago y al dictador, que verán mezclada su sangre de una forma curiosa. No quisiera desentrañar ni desvelar los secretos que esconde esta obra para no romper la magia que contiene, pero sí diré que, al igual que en la novela anterior de Blanca Miosi (La Búsqueda, Roca Editorial) nos lleva de la mano por diferentes generaciones con una destreza sorprendente, casi sin darnos cuenta de la distancia entre el primero de los acontecimientos y el último. Más de ochenta años en poco más de cuatrocientas páginas que saben más bien a poco pero dejan completamente satisfecho al lector. Un círculo bien cerrado y una historia estremecedora. Se ve que la autora se ha documentado a fondo tanto en lo que concierne a la Segunda Guerra Mundial y el entorno nazi, como en lo referente al ocultismo y las prácticas herméticas y esotéricas que siempre han rodeado a Hanussen y otros como él a lo largo de toda la historia.

Es una lectura muy, muy recomendable para todos aquellos que quieran saber un poco
más acerca del secretismo que rodeaba a Hitler y sus secuaces de una manera diferente y brillantemente novelada. Sin más, os invito a todos a sumergiros en esta apasionante aventura llena de intriga, misterio, magia, amor y traición. No os defraudará. Mi más sincera enhorabuena a la autora.

Con esto creo que será suficiente para que podáis haceros una idea acerca de la obra. He sido breve para no descubrir nada relevante de la novela, así que si queréis saber más tendréis que leerla. Feliz Verano. Un fuerte abrazo a todos y hasta la próxima.

martes 16 de junio de 2009

Los Siete Valles

Hola, amig@s. Hoy hago un paréntesis para publicar un relato rescatado de uno de mis bestiarios. En principio iba a publicar uno de esos "no galardonados", pero como quiero dedicarlo a una ferviente seguidora, creí que no estaba a la altura y he pensado que, como su nombre virtual, debía ofrecer un relato tan etéreo como el viento. Así, he extraído este relato fantástico del Aire para el Viento del Norte. Así, haciendo honor a mi promesa, sin más preámbulos, dedico estas palabras a Willow, para su disfrute y regocijo. Espero que este relato te sepa a nuevo y, si no, que lo releeas con gusto como si fuese la vez primera. Al resto, besos y abrazos, y cuidaos mucho en este infierno que empieza a conformarse como verano. Ahí va el relato.

LOS SIETE VALLES

Una pluma se deslizó con suavidad en el centro mismo de China. La abubilla, ave mensajera por excelencia en la cultura árabe, la recogió y pronto comprendió su significado. El Simurg, el rey de los pájaros de la mitología persa, de hermosas plumas anaranjadas, cabeza humana y cola de pavo real, la había dejado caer como reclamo al resto de las aves. En ese instante, la abubilla desplegó sus alas y corrió presurosa a alertar al resto de las aves de la larga marcha a la que debían someterse para encontrarse con el Simurg.

El pajarillo mensajero consiguió reunir a un gran número de aves en reunión. En el centro mismo del bosque, donde los árboles se separan para formar pequeños círculos despejados de maleza, todas las aves se mostraban curiosas y confusas al tiempo por la premura de aquella convocatoria. La abubilla entonces mostró la pluma bronceada y explicó el asunto que traía entre plumas. El revuelo de las alas agitándose enturbió el soliloquio de exposición y la abubilla tuvo que poner orden para hacerse escuchar. Un gran número de aves renunciaron de inmediato a la llamada del Simurg, otros no dieron crédito a las palabras del mensajero. Muchos se negaron a emprender un viaje que podría costarles la vida, por complicado y peligroso. Aún así, un abundante séquito se proclamó afirmativamente y se adecuó la fecha de partida en ese mismo momento. Las miradas de los cobardes negados se posaron fijamente mientras el resto alzaba el vuelo y se perdían entre las nubes, más allá del Sol. Les esperaba un largo trayecto y no podían permitirse perder ni un ápice del tiempo que les restaba hasta el encuentro con el rey de los pájaros. El Simurg era respetado por su singular belleza y cualidades extraordinarias, dignas de su esencia de fabulosa ave inmortal, poseedora del don de la palabra y portadora de una gran sabiduría de la que solía hacer gala en los momentos en los cuales se precisaba de ella.

Además de superar innumerables retos y peligros a lo largo del camino, las aves tuvieron que atravesar los siete valles que comprendían el espacio intermedio entre el bosque y la montaña donde residía el Simurg.

El primero de ellos era el valle de la Búsqueda, en él tuvieron que enfrentarse ante la duda de saber hacia donde se dirigían. Algunos pájaros cayeron aturdidos con la incógnita sembrando sus diminutos cerebros, instándoles a abandonar la tortura de aquel encuentro con la sabiduría misma que representaba el rey de las aves. En su desconcierto, muchos chocaron con las escarpadas laderas que delimitaban el valle o caían en los arroyos, confusos, hasta ahogarse y poner fin a sus inquietantes pensamientos.

En el segundo de los valles, el de la Confianza, algunos descubrieron el amor hacia sí mismos y los demás, la fe en aquel viaje y los que gobernaban las primeras líneas de vuelo. Otros, sin embargo, cayeron en la desdicha de sentirse engañados, estafados por una quimera que nunca alcanzarían, desconfiando de cualquier palabra que pudiera ser emitida aún con el dulce piar de sus compañeros. El aliento que algunos intentaron imbuir en otros fue en vano y, en este pasaje, algunas aves también perecieron en un cese de su batir que les costó la inesperada cercanía del suelo y su consecuente, y no menos estrepitosa, muerte. A lo largo del viaje, el número de aves en vuelo iba decreciendo, los más valientes y confiados seguían firmes en su batir, pero aún les quedaba mucho para llegar y cinco valles que atravesar.

El tercero, el valle de la Independencia, les hizo a todos sentir el miedo más profundo ante el abandono y se agrupaban tanto que sus alas entorpecían el vuelo y procuraban el desequilibrio y la estabilidad necesarias para seguir adelante. En aquel trayecto debían aprender que, sí bien hemos de ser amantes y amigos, no hay que olvidar la confianza en uno mismo y aprender a volar en solitario aún siendo acompañados por multitudes. Los que no supieron que la toma de decisiones era singular aún supeditada a un bien común, perecieron en su intento de encaramarse a otros y dejarse llevar por las decisiones de otros sin tener en cuenta las suyas propias o las consecuencias que aquella necesidad procuraba a cada uno. Perdiendo el equilibrio e, incluso en ocasiones, las plumas, gran número de aves se despeñaron contra los obstáculos del camino de igual manera que algunos lo hicieran en el anterior valle.

El cuarto valle, el de la Unicidad Divina, les hizo reunir el resto de los aprendizajes anteriores para darse cuenta que, a pesar de sentirse seres independientes, debían unificarse con el potencial divino y la energía que el mismo grupo emanaba en su anhelo de aquel fin común, el de encontrarse con el Simurg y dar respuesta a su llamada. Durante este valle, se apoyaron entre ellos, dándose ánimos y encomendándose a las fuerzas divinas, cantando y procurándose una vitalidad que comenzaba a decrecer. No todos lo consiguieron. Aunque en número menor, algunas aves desistieron de su vuelo y se dejaron llevar por la desesperación y la incredulidad, la no creencia les llevó a una muerte elegida por el desánimo.

El quinto valle fue el del Asombro y, curiosamente, en éste consiguieron dar un enfoque nuevo a todo lo que les rodeaba, descubriendo nuevamente el mundo a su alrededor. Los que atravesaron el valle, lo hicieron con una mirada diferente. Se veían a sí mismos como si fuese la primera vez que se observaban detenidamente, estudiando los detalles de su anatomía, de su vuelo, la suavidad de sus plumas y la dulzura de sus cánticos, el sonido del viento cortándose en su avanzada y rozando sus caras, el Sol regalándole sus rayos. Se sorprendieron de sus pensamientos, de sus vidas y del destino que les esperaba al atravesar los dos valles que les restaban. Esta vez, sólo un par de aves, un canario y una golondrina, no fueron capaces de asombrase de su entorno y cesaron su vuelo en un intento fallido de emprender la retirada.

El sexto fue el valle de la Indigencia, y se recordaron mutuamente que no tenían recursos suficientes para seguir con vida en aquel viaje, no tenían alimento, ni agua, y sus alas ya empezaban a sentirse cansadas de su vuelo constante. Esta sensación de necesidad mermó a la mitad de los que aún volaban y decidieron frenar su vuelo para recuperar fuerzas en los bosques que nacían bajo sus alas y refrescarse en las aguas de los ríos y lagos que encontraban a su paso. Los que confiaron en su fortaleza interior y sacaron energías de lo más recóndito de sí mismos se sintieron gratamente vigorizados en cada movimiento, los que descendieron, murieron envenenados por los frutos silvestres de la flora del valle o atragantados por el agua que corría surcando la planicie.

Por último, las aves restantes se sucedieron cansadas sobre el valle del Amor. Al atravesarlo, sintieron como sus corazones se henchían de gozo y se descubrieron con una emoción intensa hacia el prójimo, aquel que surcaba los vientos a su lado. Las miradas fraternales se cruzaban en el aire. El viaje llegaba a su fin y casi todos procuraban prestarse ayuda, aunque fuera moral. Sintieron crecer en su pecho el caluroso bienestar por cuanto les rodeaba, enamorados del resto de las aves, de la naturaleza, de la más minúscula molécula, siguieron volando mientras proferían los cantos más bellos que jamás emitieran sus gargantas. Sólo dos aves no superaron aquel valle, una pareja de pájaros que, creyéndose enamorados, no vieron más que el rostro del horror al no poder sentir como el resto. Al descubrir que no era amor lo que les unía no supieron más que, en la profunda tristeza que les embargó, dejarse caer para morir antes que aquello les consumiera el alma.

Después de superar el último de los siete valles, la abubilla y el resto de las aves, divisaron la majestuosa montaña que albergaba la mayor de las sabidurías en forma de gran pájaro. Apretaron el vuelo y, en cuestión de pocos minutos, se encontraron posados a los pies del montículo. Allí descubrieron los más maravillosos manjares aguardándoles como recompensa a tan duro viaje. Tan sólo treinta de los cientos de aves que partieron llegaron al lugar. Bebieron y comieron hasta saciar sus apetitos. Cuando se sintieron satisfechos, una voz les instó a subir a la cúspide para encontrarse con el Simurg. Les esperaba, agradecido y plácido, sabiendo que aquellos que habían llegado a su vera eran los que debían. Una pequeña oratoria rogó por las almas de los que perecieron durante el viaje. El silencio se hizo después y tras el viaje, las sabias palabras que esperaban recibir del Simurg nunca se pronunciaron. Las mentes de los pájaros, después de superar todos los inconvenientes para llegar allí, comprendieron el mensaje al que estaban predestinados. El viaje era ese mensaje. Pues tras haber conseguido superarlo, aprendieron que habían adquirido y fortalecido los siete rasgos que regían sus vidas. El Simurg les obsequió con una mirada de asentimiento y obtuvieron la confirmación a sus divagaciones. Las alas del rey de los pájaros entonces se abrieron espléndidas y mostraron su grandeza y colorido. Todos le vieron partir hacia el cielo mientras una certeza se asentaba en sus memorias y, hasta incluso, en sus propias almas de aves valientes y entregadas, una máxima se pronunció a coro en el interior de cada uno de ellos y se sintieron plenos y felices: todos ellos formaban parte del Simurg y el Simurg estaba en cada uno de ellos.

viernes 12 de junio de 2009

Reseña de La Última Confesión de José Antonio Castro Cebrián

Hola de nuevo a tod@s. Hoy quería exponer aquí una pequeña reseña acerca de un recién descubierto autor que creo que no pasará desapercibido ante los lectores más avezados. La he publicado también de Shvoong para todos aquellos que quieran leerla allí y, de paso, sumar visitas a mi página personal en este espacio tan particular. Mis más sincera enhorabuena a José Antonio por tan estupenda novela que ha despertado mi interés dormido por este género. Un fuerte abrazo y feliz fin de semana a todo el mundo.

Para José Antonio Castro Cebrián "La Última Confesión" es su ópera prima. Si bien, anteriormente ha empleado su destreza literaria para la poesía, es en esta novela donde se descubren todas sus armas y las despliega en un gran abanico de sutilezas, poesía encubierta y misterio. Es un misterio cargado de tensión, un thriller literario que no te deja respirar hasta la última página. Son casi cuatrocientas páginas de trama bien enlazada y de personajes profundos, cada uno con una buena intrahistoria que se va desgranando poco a poco, limpiamente.

La historia comienza con un cura, el padre Eduardo, entrando en una comisaría de Madrid desquiciado, enloquecido. Una vez llamada la atención de los presentes, se corta la lengua delante de todos y se la traga. Con un comienzo tan atronador no se puede esperar una continuación menos escandalosa. Así, durante las siguientes páginas, el padre Eduardo se desvela como confesor de sus innumerables pecados y exige la presencia para descargar su culpa de una periodista que llegará a ser protagonista también de esta historia. Hablamos de Gisela, una mujer recién embarazada a la que los sentimientos la aturullan en el momento en el que el cura decide utilizarla como "ángel de la guarda". Será ella la receptora de las confesiones escritas del padre Eduardo que este le hará llegar por diversas vías. En ese acto van implícitas muchas lecturas que habrán de desarrollarse a lo largo de la novela. Pero Gisela y el padre Eduardo no son los protagonistas absolutos de esta historia. Como no podía ser de otro modo, no podía faltar el poli duro, el investigador que busca justicia empleando para ello todo su carácter, agriado por los años de servicio y el sabor amargo de una relación frustrada. Hablamos del inspector Martínez, acompañado siempre por la subinspectora Marga y que, a su vez, enlaza emocionalmente con la historia por su relación fracasada con Lucía, la jefa de Gisela. Todo lo que pudiera parecer un complicado montaje difícil de enteder, lo es en un breve resumen pero no en una historia tan bien desgajada y contada.

La desenvoltura con la que mueve José Antonio Castro a sus personajes a lo largo de cada uno de los escenarios que se nos muestran, tanto interiores como exteriores, es sublime. Refleja con certeza cada uno de los pasajes, creando un triángulo entre Barcelona, Madrid y Sevilla, tres grandes ciudades que ofrecen además un potente dinamismo a la novela, abriendo las miras hacia decenas de posibilidades. Se destaca, no obstante, como decía anteriormente, la capacidad del autor de entrelazar cada historia y cada personaje principal con otros en apariencia más secundarios. Cada pieza encaja perfectamente y no se ven cabos sueltos que dejen coja la trama. El autor consigue que el lector se ponga en la piel de cada una de las almas que pululan por este escenario y lo mantiene a la expectativa en todo momento, dejándole imaginar sobre quién recaerá la espada de la justicia, tratando de dilucidar la identidad del autor de todos los crímenes que se suceden, la mayoría con una firma muy personal: la mutilación de todos los dedos de las manos.


Sin duda, nos encontramos ante una gran obra policíaca. Se disfruta y se vive. Es una novela que, dentro de este género, resulta altamente recomendable.

jueves 11 de junio de 2009

Presentación de "Tocando Fondo" en Algeciras

Queridos amig@s, acabo de recibir un email de una buena amiga, Ascensión Rivera Serván, en el cual anuncia una próxima presentación de su novela en Algeciras. Creo que el mail habla por sí mismo así que os lo transcribo directamente para todos aquellos que podáis estar interesados en colaborar con vuestra asistencia al evento. Gracias a todos, aquí va la información al respecto:

Próximo Jueves, día 18 de Junio de 2009.
Hora: 19:30 horas
Lugar : en la Sede de "Barrio Vivo". Coordinadora de la lucha contra las drogas.
Pza. Andalucía. ALGECIRAS.

PRESENTACION DE LA NOVELA "TOCANDO FONDO".
Una historia real sobre las drogas.
Autora: Mª Ascensión Rivera Serván.

Los beneficios de esta novela son donados integros para la lucha contra las drogas.

Será presentada por D. José Manuel Serrano, Periodista de la Subdelegación del Gobierno del Campo del Gibraltar en Algeciras.
D. Francisco Mena y D. Miguel Alberto, ambos responsables de la Plataforma Antidroga "Barrio Vivo"
Asistentes: diversas personalidades de gobierno, institucionales, sanitarias,fuerzas de seguridad y asociaciones.
Stand con mesa de libros a cargo de Carlos de la librería "El Libro técnico" de Algeciras
Y por supuesto familiares, amigos y todo aquel que desee estar por una u otra razón, o sin razón alguna.

lunes 8 de junio de 2009

El Legado de Blanca Miosi

Estimados amigos, hoy este post se lo quiero dedicar a una buena amiga que surgió en este mundo de redes y a la que debo más de un buen consejo y crítica. Se trata de Blanca Miosi, una gran mujer y autora que, además, mañana está de estreno. Así es, mañana, 9 de Junio de 2009, además de ser el día de la Región de Murcia, se presenta su nueva novela El Legado: La hija de Hitler de manos de la recién nacida, y no por ello menos importante, Editorial Viceversa. Por eso, me complace animaros a que si no habéis leído nada de esta autora empecéis ahora y si lo habéis hecho, sobran las palabras y los ánimos porque seguro que lo volveréis a hacer y, por ende, disfrutaréis de nuevo con su magnífica prosa. De ella son testigos algunas de las personas que han tenido a bien entrevistarla como Teo Palacios o Helena O'Callaghan García. Por desgracia para mí, al ser fiesta en la región donde vivo, las librerías y demás puntos de venta están cerrados y habré de aguardar hasta el siguiente día para adquirir mi ejemplar. Pero, como suelen decir, lo bueno se hace esperar. Sin más preámbulos y con mis mejores deseos para Blanca, he aquí una breve sinopsis de su nueva novela:

Pocas personas influyeron tanto en la vida de Adolf Hitler como el misterioso Erik Hanussen considerado, durante muchos años, el mejor vidente de Berlín y consejero personal del dictador. Dos personalidades ambiciosas que se utilizaron mutuamente para obtener lo que más deseaban. Pero, todo tiene un precio…
Hanussen ayudó a Hitler en su fulgurante ascenso al poder; sin embargo, no fue capaz de controlar las consecuencias de una descendencia con los mismos genes que el Fuhrer.

A partir de la misteriosa historia de Erik Hanussen, astrólogo, vidente, mago y amigo personal de Adolf Hitler, El legado. La hija de Hitler es una fascinante novela sobre una saga familiar fantásticamente ambientada, un relato con personajes perseguidos por un pasado que determinará sus trágicos destinos.

jueves 4 de junio de 2009

A un amigo perdido

Bueno, queridos amigos encontrados, os dejo para dar fin a mi último día con mi actual edad con otro de esos relatos presentados a concurso y no llegados al fin que se pretendía al enviarlos. En este caso se trataba del "I Certamen Epistolar ArtGerust" y el tema sobre el que debían versar las cartas tenía que centrarse en los viajes, habiendo destinar esa misiva a alguien conocido contando las experiencias de tu aventura. Bueno, yo traté de darle mi estilo y aquí os lo ofrezco. Espero que os guste. Un abrazo y hasta pronto, la próxima vez que publique ya lo haré con 32 añazos. Jejeje. Besos para todos.

A UN AMIGO PERDIDO

Estimado amigo, desde que nos separamos han pasado muchas cosas y es por eso que quería hacértelas saber en forma de misiva. Sí, ya sé que hoy en día priman las nuevas tecnologías y que el correo electrónico nos hubiera privado de ciertas barreras temporales y espaciales, pero no hubiese sido lo mismo. No hay nada como oler el papel y la tinta que se desborda por cada hoja, sintiendo el peso del manuscrito y el tacto de su roce sobre la yema de nuestros dedos. Llámame romántico, ya sabes que mi espíritu se inclina a serlo.

Como te decía, se han sucedido los acontecimientos desde que nos vimos por última vez. Mis pasos han seguido un rumbo diferente del que pretendía y no hay vuelta atrás. ¿Recuerdas cuando queríamos viajar al fin del mundo y perdernos en el infinito de las auroras boreales? Qué tiempos aquellos. Los recuerdo con mucha añoranza, con una luz enternecedora cerniéndose sobre nuestros hombros. Soy feliz recordando y, al tiempo, me recorre una amargura el espinazo que me eriza todo el vello del cuerpo. Qué cosas. No sé si te acuerdas de mis locuras. Siempre estabas recriminando mi forma de comportarme, mi aire de autosuficiencia fingida y mis ambiciones. Sé que no lo pretendías o, al menos, no de la manera en que me lo mostrabas. Hoy ya da igual. Yo te sigo queriendo como si fueses mi hermano. Bueno, voy desviándome sin querer del cometido de esta carta, que no es otro que alabar las grandezas de lo que he hallado en mi camino.

Los días se fueron haciendo más largos a medida que iba hacia el Sur. Las noches más claras y los días más luminosos. El tiempo fue caldeándose y se olvidaron las nieves y los vientos helados de azotar mi espalda. No tuve más transporte que mis pies ni más carga que mi mochila. Con ella al hombro y el ánimo exaltado, decidí que no necesitaba más para ser feliz. No te lo tomes a mal, amigo, pero tú ya tenías tus propios planes para tu vida y yo no encajaba del todo en ellos. No te culpo. Soy consciente de mi naturaleza. En cualquier caso, me fui alejando de mi mundo, de ese que ambos conocíamos desde hacía mucho. Durante el camino encontré lo que cualquier viajero en un trayecto largo: amigos o, sería más acertado, compañeros de viaje. En ellos me apoyé durante largas caminatas emocionales y con ellos compartí mis más ocultos sueños al calor de una hoguera mientras rendíamos homenaje a Baco. Pero, al igual que yo contigo, esa gente fue desvaneciéndose y llegó un momento en el que no hubo nadie que lograra sustituirla. Con ellos compartí grandes conversaciones. Ya te hablaré de ellos cuando volvamos a encontrarnos. Son de lo más interesante, ya verás. Con su compañía llegué a un lugar donde los océanos se unían y rodeaban la tierra en una deliciosa costa plagada de palmerales. El mar que bañaba sus playas era cristalino y podías deleitarte durante horas viendo la espuma lamer aquella arena blanca. Apenas había lugareños que pudieran indicarme con acierto los nombres que el mundo conocido otorgaba a aquellas maravillas, pero no me importó. Amables, los nativos me invitaron durante muchos días a comer con ellos y pude incluso aprender a comunicarme en su propio idioma. Aún desconozco quiénes eran y cómo yo había llegado hasta allí con tan sólo poner un pie detrás de otro. ¿Tanto tiempo había permanecido abstraído en mis pensamientos que no me había dado cuenta del largo caminar? No lo creo. Más bien pienso que, en algún punto del trayecto, algo sucedió. Debió ser como uno de esos pliegues del Universo, una puerta cuyo umbral crucé sin apercibirme de ello. Y, ¡zas!, ya estaba del otro lado, en algún lugar del planeta inexplorado. Suena extraño que aún haya zonas así aquí, ¿verdad? Allí pasé muchos meses. Por eso no pude escribirte antes, no había modo.

Una vez abandoné aquel paraíso, quise seguir sin tener que dar la vuelta y aquella buena gente me prestó una embarcación más o menos decente. No debía estar muy lejos de la otra orilla (por lo que adiviné ellos me decían) pero preferí no aventurarme y seguí la ribera de aquellas playas hacia el Este, pensando que sería más seguro tener tierra firme cerca en caso de cualquier contratiempo. Descubrí lo acertado de mi decisión cuando me encontré en un lugar jamás descrito antes por el hombre. Ya comenzaba a pensar que la locura estaba asentándose en mí y hube de frotarme con fuerza los ojos antes de dar crédito a lo que a través de ellos se filtraba. Las playas tornaron sus arenas blancas en negras. Lejos de estropear el paisaje, esto lo embelleció mucho más. Las palmeras y el resto de la flora fueron adquiriendo formas más exóticas y coloridas hasta crear un auténtico festín visual y oloroso. Mis sentidos se encontraban embriagados. Más aún cuando, desde la barca, vi como un conjunto de muchachas (créeme si te digo que jamás había visto tanta belleza unificada) se acercaban con los brazos alzados para darme la bienvenida. Curiosamente, conocían mi idioma. Me dejé seducir por sus encantos y me llevaron a una ciudad que crecía a los pies del mar y que se veía en expansión. Era un contraste sobrenatural el de aquellas muchachas ligeras de ropa, sonrientes, y la urbe creciente tratando de ganar terreno a la naturaleza. Justo donde acababa la playa y comenzaban las viviendas, se alzaba una enorme estatua plateada. Era el Vigilante del Camino, me habían dicho las chicas. Era una gigantesca construcción de metal bruñido que representaba un homínido de aspecto portentoso, hercúleo. Mantenía las piernas ligeramente abiertas y bajo ellas se forjaba un sendero sinuoso que se adentraba entre las edificaciones. ¿No te parece raro algo así en estos días? De aquello tan sólo recuerdo mi llegada y mi partida, pero no sabría decirte cuánto tiempo pasé entre aquellas gentes ni lo que hice o saqué de ellas. Lo último que recuerdo es que alguien, tan sonriente como las sugerentes féminas, me decía que no abandonara el sendero por muchas oportunidades que tuviera de hacerlo. Por si acaso, preferí no hacerlo.

Tiempo después, amanecí en la ciudad desde la que te escribo. Una tan convencional como las que tú y yo hemos visitado cientos de veces. Y ha sido al llegar aquí cuando algo en mí me dijo que tomara papel y lápiz y te escribiera. Hace muchos años que no hablamos y no quería que nos despidiéramos de esta vida sin haber hecho las paces. Este camino creo que fue precisamente establecido en mi existencia con ese único y preciso fin, el de poder llevarme en paz. No importa que maldijeses a mi familia, que robases mis propiedades ni que pusieses a todos aquellos que siempre he amado en mi contra. Nada de eso tiene importancia ya. Aún desde aquí puedo oler tu arrepentimiento y amargura. Por eso te pido, para poner fin a esta misiva, que seas un buen viajero y camines en paz. Yo ya no te culpo por nada. Ni siquiera por este viaje, el último que jamás haré. Te sorprenderá recibir esta carta. Lo sé. Pero no te asustes. Simplemente acepta mi perdón y sé feliz, amigo. Ya no puedes devolverme la vida y, sin embargo, puedes hacer que otros jamás la pierdan. Recuerda eso cada vez que empuñes un arma o dictes una sentencia, o juzgues a alguien, o algo te moleste por ser diferente. Bueno, amigo, espero que todo te vaya bien y que tu alarma, a este punto de mi carta, ya se haya disipado. Recibe un fortísimo abrazo y un sincero saludo. Atentamente, tu amigo.




P.D. Estoy seguro de que te encantará este lugar tan cotidiano y extraordinario a un tiempo pero, sobre todo, estoy convencido de que sabrás apreciar la maravillosa experiencia del viaje que precederá a nuestro encuentro. Hasta pronto.

lunes 1 de junio de 2009

¡Ey, Doc!

Hola a tod@s de nuevo, para no perder la dinámica que últimamente estoy tomando con la exposición en el blog de relatos presentados a concursos no ganados y dar comienzo a este mes de Junio, en esta ocasión quiero ofreceros el relato que envié al “VI Concurso Literario de Relato Breve Parkinson Astorga 2009” cuyo tema no era libre, sino que tenía que ir relacionado con la enfermedad. No es de mis mejores relatos, pero ya que estamos os lo pongo para que le echéis un vistazo y quién sabe, igual hasta os gusta. Bueno, es algo experimental y raro, aquí lo tenéis.


¡EY, DOC!


Había sido testigo de aquel derrumbe en primera persona, como sentir el viento azotando tu cara mientras ves a lo lejos como tira un castillo de naipes. Lo tenía todo, había alcanzado el éxito con el que tantas veces había soñado y ahora... ahora era mucho más de lo que hubiera podido ser de seguir con aquella vida. Eso, sin embargo, no era una excusa para auto animarse, ni tampoco un bálsamo para esconder el dolor de aquella enfermedad. Ey, Doc, ¿cómo va eso? Había sido un viajero en el tiempo por tres veces consecutivas: visitando los engominados años cincuenta, sus futuras generaciones muy pasado el siglo XXI y las desoladas llanuras del salvaje oeste; también se había cubierto de pelo en dos ocasiones y surfeado a lomos de una furgoneta volkswagen siendo un universitario con alma de hombre lobo; había escalado como un adolescente entre las faldas de una madura amante de su tío; incluso había sido un facineroso cazafantasmas en busca de la fortuna plantada en el mal ajeno y el miedo a lo desconocido. ¿Qué había sido de todo eso, eh, Doc? Michael había sido el eterno joven, el inmortal del cine... parecía que hubiese hecho un pacto con el diablo. Ni él pudo escapar de las garras de la enfermedad... él... tan alto en su trono que algunos casi le consideraban un dios inalcanzable por las banalidades del ser humano. Desde allí arriba nada ni nadie debía tocarle, pero la realidad apunta hacia un hecho bien distinto y es que al final todos somos medidos con el mismo rasero y la cuchilla cae sobre todas las almas por igual.

Había sido testigo de aquel derrumbe en primera persona, su castillo de naipes se vino abajo en el peor de los momentos. ¡Qué ironía! ¿Eh, Doc? No había buenos momentos para las malas noticias. Todo empezó con unos leves temblores en las manos, nada que no pudiera ocultar a las cámaras tras la espalda o con ellas en los bolsillos. Su expresión, acostumbrada al teatro, se mostraba sobreactuada pero certera; tan sólo sus ojos eran delatores y nadie se fijaba en ellos. Era un temblor leve, eventual... no ocurría todo el tiempo... ¿eh, Doc? Pero ocurría, e iba a más. Era inevitable. Hubo de dejar la guitarra aparcada en un rincón de la sala de estar, con la esperanza de poder volverla a tocar con la misma soltura que antaño. Le parecía tan lejana esa opción ahora.

Los temblores se hicieron mayores y tuvo que declinar grandes proyectos de futuro, su carrera de actor se limitó a alguna esporádica aparición en seriales de televisión y siempre disimulando su enfermedad. El terrible parkinson te come por dentro, ¿eh, Doc? Te arranca la voluntad y te somete. La medicación no era suficiente, si bien aquellas pastillas conseguían estabilizarle un poco, no era suficiente. No lo era, maldita sea, Doc. Llegó el fatídico momento de dar la noticia a los medios y anunciar oficialmente su retirada del mundo del celuloide. Fue el día más triste de su vida. El eterno adolescente consumido por una enfermedad de anciano. ¿Cómo era aquello posible? Se preguntaron muchos. ¿Acaso había firmado en verdad un pacto con el diablo y ahora venía a saldar su deuda? Chismorreaban otros. Y quizá, no se daban cuenta de que, como decía Tom Hanks en el papel de Forest Gump, tal vez la vida no sea más que una caja de bombones de la que no sabes cuál te va a tocar.

Después de aquello, la vida fue diferente. No mejor ni peor, sino diferente. Su fortuna encontró un objetivo, en el que se apoyó firmemente para ayudar a los que, como él, sufrían aquella enfermedad. Su imagen, que tanta fama le había proporcionado, ya no era lo que antaño y su semblante se mostraba cada vez más desmejorado, demacrado y pálido. Sus ojos eran el reflejo mismo de la impotencia, pero no de la desazón. Había encontrado algo por lo que luchar, una causa por la que seguir adelante. Ese era el brillo que mantenía en su mirada.

Fue entonces cuando comenzó a considerar que aquella maldición tal vez no lo era tanto o, quizá, no es que no lo fuera, sino que le había aportado una nueva visión tan esclarecedora de la vida que no deseaba considerarla como la lacra que todos veían en ella. Por esa enfermedad había comenzado a valorar más aún todo cuanto le rodeaba. Por ella había emprendido una batalla que estaba decidido a ganar. Recordó a Reeves, a aquel superman venido a menos y su afán por ayudar al prójimo a raíz de su mal. Era curioso como la vida pone a cada uno en el lugar en el que debe estar para que su esfuerzo sea el adecuado y, a su vez, resulta curioso sentir como, en ese estado de cierta invalidez, cada una de esas personas se vale de una fuerza que no creía tener para sacar adelante su propia vida, animar a quienes les rodean y luchar por una causa que hasta entonces para ellos era totalmente desconocida. Cómo es el ser humano, ¿eh, Doc? Basta a veces un simple gesto para que la vida dé un giro inesperado, de ciento ochenta grados. Y, como un dado, nunca se sabe a quien le va a tocar.

Michael había tenido una vida como la de cualquier otro, llena de sueños que, por suerte, había visto cumplidos siendo muy joven (o, al menos, pareciéndolo). Había alcanzado lo que otros tan sólo sueñan. Y, de repente, como si una brisa le hubiese dejado aquel regalo en una mañana estival, comenzaron los temblores y fueron a más, hasta convertirse en una constante. Fue duro para todos, pero allí estaba, avanzando estoicamente, sin detenerse. Ya no. Aquella enfermedad le había sobrevenido en su mejor momento y, como decía, Michael la consideró durante mucho tiempo la mayor de las maldiciones, un estigma que no entendía le eligiera a él con tantos miles de millones como había en el mundo. Sin duda, no era ni sería el único. Sin embargo, como decía al principio, esa maldición resultó no serlo tanto, al menos para mucha otra gente. Entre esa gente estoy yo e, increíblemente, mis manos han conseguido teclear cada una de estas letras sin el más mínimo temblor. Muchas décadas después, gracias a su contribución a la ciencia, a su empeño por ayudar a quienes se encontraban en su situación pero sin tantos recursos para sobrevivir, gracias a Michael, hoy podemos decir que esa enfermedad es cosa del pasado. En honor a él queda un monumento en el centro mismo del parque en el que antaño estuvo erigida la mayor asociación en contra del parkinson. Pero todo es poco en este futuro en el que el nombre de esa enfermedad comienza a diluirse como una pesadilla en el recién despertar. ¿Qué te parece, Doc? Al final vencimos de regreso al futuro.

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