La tarde pasaba, como todas desde hacía años, a duermevela. Con el sopor típico de los lugares como aquel. Entre gritos, llantos y peroratas de gente como él que exigía una liberación. Dementes y seniles eran quienes poblaban en mayoría el interior de aquellas paredes de colores suaves en contraste con el mobiliario de tonos chillones, como advirtiendo a los más perjudicados que había obstáculos en su camino. Ron veía pasar todas las tardes, en soledad, a las mismas personas. Jóvenes, niños y adultos, con un ritmo rutinario que tan sólo se alteraba en secuencias pactadas. Un día tal vez no aparecía la jovencísima Julie, pero al siguiente era Mark quien faltaba a su cita. Sin embargo todos, sin excepción, acababan desfilando frente a él sin apenas dirigirle una mirada. De vez en cuando, Tim, el pequeño de los Hemsby de Oklahoma, se detenía y le hablaba antes de que sus padres reclamaran su atención y se lo llevaran a rastras hacia el ascensor directos al segundo piso. Ron entendía que aquel lugar era lo mejor a lo que podía optar, sin duda.
A las cinco, una hora antes de que comenzaran a servir la cena, llegaba Nicholas, un anciano de homóloga edad a la de Ron, y se sentaba junto al viejo. No le decía nada. Jamás abría la boca. Solamente se sentaba a su lado y le dirigía la mirada. Fría, serena, desafiante. Como antaño. Entonces, se quitaba su sombrero de fieltro azul, a juego con su traje impecablemente planchado y se colocaba a la espalda de Ron para empujar su silla de ruedas hacia el centro del salón. Allí les esperaba su cita diaria con el juego. Un tablero de ajedrez tallado sobre la propia mesa, con los cuadraditos de marfil y azabache incrustados. Nicholas colocó a Ron en un extre
mo y ajustó su silla cerca del borde de la mesa. Luego fue a por su sombrero y, poniéndoselo sobre el regazo, se sentó frente a su adversario. Ni una palabra. Nicholas metió la mano bajo la mesa y apoyó los dedos sobre un tirador. Al atraerlo hacia sí se abrió un cajoncito y en él estaban las piezas aguardando con paciencia, revueltas. Como el hombre que camina sin prisas por la vida, fue tomando una a una cada figura y las fue colocando de forma ordenada sobre el tablero, sin dejar de mirar al contrincante. Ron y Nicholas se sostenían con frecuencia la mirada. No así sus palabras, apenas silenciosos pensamientos que no pugnaban por salir. Cinco minutos después, todas las piezas estaban enfrentadas sobre el campo de batalla. Los peones de ambos colores, mirándose con tanta quietud como sus directores. Nicholas sacó una moneda de su bolsillo. No preguntó a Ron por su elección, de toda la vida Ron era la cruz y Nicholas elegía la cara. La suerte estuvo del lado de Ron al levantar Nicholas la mano sobre el dorso de su contraria. Dio la vuelta al tablero para situar las blancas en el lado de Ron, gracias a una suerte de mecanismo giratorio que tenía la mesa bajo la plancha ajedrezada. Y comenzó el juego.
Los peones fueron los más valientes, cayendo los primeros en el campo de batalla. Luego surgieron los caballos al rescate y algún alfil aventurero tratando de pillar desprevenido al jugador contrario. Fue una auténtica masacre. Llevaban años aquellos adversarios enfrentándose y conociéndose. Se intuían movimientos, pensamientos e intenciones. Pero no era aquel el motivo de su silencio. Aquella callada cita siempre tenía una razón de mayor peso: el odio. Se odiaban profundamente. Y, sin embargo, allí estaban, jugando una partida al ajedrez. Una partida que algún día sería la última para uno de los dos. Un día que llegaría más bien pronto. Ambos lo sabían. Nicholas movió su torre para enrocar. Ron adelantó la reina por un lateral. Como siempre, con pocos soldados sobre el terreno, las tablas se hicieron inevitables y ambos tuvieron que resignarse a un día más. A la espera que les roía las tripas, ensañándose con la bilis del odio, con la amargura de aquel destino. Nicholas, terminada la partida, guardó todas las piezas de nuevo en el cajón bajo la mesa. Se levantó con parsimonia y se colocó el sombrero a mitad de un suspiro. Rodeó el tablero y cogió la silla por sus asideros. Nicholas escuchó como Ron apretaba los dientes y emitía un leve gruñido. Nicholas, como cada día, no le dio importancia y lo trasladó al lugar donde estaba antes de llegar él. En pocos minutos, rutina precisa, llegaría la asistente con su mono conjunto blanco para llevar a Ron de vuelta a su habitación. Ron, en tanto, vería marchar a Nicholas y a todos los que había visto pasar poco tiempo atrás. A Julie, a Mark, e incluso a Tim, el pequeño de los Hemsby.
Las horas se movían lentas en aquel asilo para almas desvencijadas. La suya, la de Ron, más que desvencijada estaba pútrida. Nicholas lo sabía mejor que nadie. Él había ejecutado su condena y gozaba cada día al verle recluido en aquella prisión decadente. Para Ron constituía una lenta agonía. Era difícil no volverse loco entre tanta demencia. La cordura se escapaba a cada instante por las rendijas de los conductos de ventilación y por cada uno de los poros y grietas de aquellas paredes vetustas y mal maquilladas de tonos pastel. Ron había conocido tiempos mejores. De eso hacía mucho ya. Ahora le quedaba aquella miserable existencia, merced de un destino caprichoso y de su divino juez. Por alguna razón, todos los crímenes que Ron había cometido en su vida habían sentenciado sus días en aquel lugar. Nicholas había sido el encargado de velar por ello. Una pena leve a la que no tenía más remedio que hacer frente. Él también tenía sus faltas. Ambos eran, no obstante, verdugos de su oponente y cada tarde apostaban en silencio quién sería el primero en abandonar el juego. Su orgullo, el de ambos, lo impedía y alimentaba el odio que cada uno sentía por el otro. Enemigos en vida, ahora les tocaba serlo hasta la muerte. Llevaban años jugando una partida de ajedrez que acababa siempre en tablas. Una partida que, una vez comenzada, no podía más que llevar a la muerte definitiva a uno de los dos. Y, contrariamente a lo que parecía, los dos luchaban, no por ganar la mano a la vida y seguir respirando, sino por abrazar a la muerte que ya tan desesperadamente clamaban. No podían morir si no eran vencidos el uno por el otro. Era esa la mayor condena. Vivir una vida llena de dolores, pústulas, remordimientos y rencores, odio... cada vez más odio. Habían intentado quitarse la vida sajando sus venas o lanzándose al vacío desde la ventana más alta, pero no tenían permiso para el suicidio ni posibilidad alguna de llevarlo a buen término. Eran miserables condenados a la inmortalidad.
Ron vio marchar a Nicholas con el mismo odio y la misma tristeza de cada tarde, mientras los tacones de la enfermera repicaban al otro lado del pasillo acercándose a él. Nicholas se volvió para saludar con una reverencia mientras apoyaba una de sus manos en el sombrero. Sus miradas frías se volvieron a cruzar en un silencioso “hasta mañana” y luego Nicholas atravesó la puerta. Él, al menos, podía seguir viviendo en el mundo. Ron... él hacía tiempo que lo había abandonado. O, mejor dicho, el mundo hacía mucho que le había abandonado a él. La cena estaba lista. La tarde invitaba a la noche entre aullidos de dolor, gritos y desvaríos. El infierno nunca cerraba sus puertas y los dementes nunca callaban sus maldiciones.

