viernes 14 de agosto de 2009

La Partida de Ajedrez

Estimados amigos y blogueros, asiduos y recién llegados, hoy me voy de vacaciones. No pretendo con ello daros envidia, ni mucho menos. Tan sólo quería advertir que estaré ausente por unos días y que no podré atenderos como merecéis durante un tiempo. La mala noticia es que volveré, jejeje. No os libraréis tan fácilmente de mí. Además pienso volver con las pilas puestas y la mente activa. Para cuando vuelva me consta que habrá novedades de cara al último cuatrimestre del 2009. Pero no quiero adelantar nada. Todo a su debido momento. En tanto, os dejo un relato que escribí hace tiempo sobre una partida de ajedrez (como habréis podido adivinar). Espero que lo disfrutéis tanto como yo procuraré disfrutar de las vacaciones. Estaré unos días aquí y allá, volviendo a casa y marchando, así que no será una espera muy larga. Un fuerte abrazo a todos y he aquí el relato:

LA PARTIDA DE AJEDREZ

La tarde pasaba, como todas desde hacía años, a duermevela. Con el sopor típico de los lugares como aquel. Entre gritos, llantos y peroratas de gente como él que exigía una liberación. Dementes y seniles eran quienes poblaban en mayoría el interior de aquellas paredes de colores suaves en contraste con el mobiliario de tonos chillones, como advirtiendo a los más perjudicados que había obstáculos en su camino. Ron veía pasar todas las tardes, en soledad, a las mismas personas. Jóvenes, niños y adultos, con un ritmo rutinario que tan sólo se alteraba en secuencias pactadas. Un día tal vez no aparecía la jovencísima Julie, pero al siguiente era Mark quien faltaba a su cita. Sin embargo todos, sin excepción, acababan desfilando frente a él sin apenas dirigirle una mirada. De vez en cuando, Tim, el pequeño de los Hemsby de Oklahoma, se detenía y le hablaba antes de que sus padres reclamaran su atención y se lo llevaran a rastras hacia el ascensor directos al segundo piso. Ron entendía que aquel lugar era lo mejor a lo que podía optar, sin duda.


A las cinco, una hora antes de que comenzaran a servir la cena, llegaba Nicholas, un anciano de homóloga edad a la de Ron, y se sentaba junto al viejo. No le decía nada. Jamás abría la boca. Solamente se sentaba a su lado y le dirigía la mirada. Fría, serena, desafiante. Como antaño. Entonces, se quitaba su sombrero de fieltro azul, a juego con su traje impecablemente planchado y se colocaba a la espalda de Ron para empujar su silla de ruedas hacia el centro del salón. Allí les esperaba su cita diaria con el juego. Un tablero de ajedrez tallado sobre la propia mesa, con los cuadraditos de marfil y azabache incrustados. Nicholas colocó a Ron en un extremo y ajustó su silla cerca del borde de la mesa. Luego fue a por su sombrero y, poniéndoselo sobre el regazo, se sentó frente a su adversario. Ni una palabra. Nicholas metió la mano bajo la mesa y apoyó los dedos sobre un tirador. Al atraerlo hacia sí se abrió un cajoncito y en él estaban las piezas aguardando con paciencia, revueltas. Como el hombre que camina sin prisas por la vida, fue tomando una a una cada figura y las fue colocando de forma ordenada sobre el tablero, sin dejar de mirar al contrincante. Ron y Nicholas se sostenían con frecuencia la mirada. No así sus palabras, apenas silenciosos pensamientos que no pugnaban por salir. Cinco minutos después, todas las piezas estaban enfrentadas sobre el campo de batalla. Los peones de ambos colores, mirándose con tanta quietud como sus directores. Nicholas sacó una moneda de su bolsillo. No preguntó a Ron por su elección, de toda la vida Ron era la cruz y Nicholas elegía la cara. La suerte estuvo del lado de Ron al levantar Nicholas la mano sobre el dorso de su contraria. Dio la vuelta al tablero para situar las blancas en el lado de Ron, gracias a una suerte de mecanismo giratorio que tenía la mesa bajo la plancha ajedrezada. Y comenzó el juego.


Los peones fueron los más valientes, cayendo los primeros en el campo de batalla. Luego surgieron los caballos al rescate y algún alfil aventurero tratando de pillar desprevenido al jugador contrario. Fue una auténtica masacre. Llevaban años aquellos adversarios enfrentándose y conociéndose. Se intuían movimientos, pensamientos e intenciones. Pero no era aquel el motivo de su silencio. Aquella callada cita siempre tenía una razón de mayor peso: el odio. Se odiaban profundamente. Y, sin embargo, allí estaban, jugando una partida al ajedrez. Una partida que algún día sería la última para uno de los dos. Un día que llegaría más bien pronto. Ambos lo sabían. Nicholas movió su torre para enrocar. Ron adelantó la reina por un lateral. Como siempre, con pocos soldados sobre el terreno, las tablas se hicieron inevitables y ambos tuvieron que resignarse a un día más. A la espera que les roía las tripas, ensañándose con la bilis del odio, con la amargura de aquel destino. Nicholas, terminada la partida, guardó todas las piezas de nuevo en el cajón bajo la mesa. Se levantó con parsimonia y se colocó el sombrero a mitad de un suspiro. Rodeó el tablero y cogió la silla por sus asideros. Nicholas escuchó como Ron apretaba los dientes y emitía un leve gruñido. Nicholas, como cada día, no le dio importancia y lo trasladó al lugar donde estaba antes de llegar él. En pocos minutos, rutina precisa, llegaría la asistente con su mono conjunto blanco para llevar a Ron de vuelta a su habitación. Ron, en tanto, vería marchar a Nicholas y a todos los que había visto pasar poco tiempo atrás. A Julie, a Mark, e incluso a Tim, el pequeño de los Hemsby.


Las horas se movían lentas en aquel asilo para almas desvencijadas. La suya, la de Ron, más que desvencijada estaba pútrida. Nicholas lo sabía mejor que nadie. Él había ejecutado su condena y gozaba cada día al verle recluido en aquella prisión decadente. Para Ron constituía una lenta agonía. Era difícil no volverse loco entre tanta demencia. La cordura se escapaba a cada instante por las rendijas de los conductos de ventilación y por cada uno de los poros y grietas de aquellas paredes vetustas y mal maquilladas de tonos pastel. Ron había conocido tiempos mejores. De eso hacía mucho ya. Ahora le quedaba aquella miserable existencia, merced de un destino caprichoso y de su divino juez. Por alguna razón, todos los crímenes que Ron había cometido en su vida habían sentenciado sus días en aquel lugar. Nicholas había sido el encargado de velar por ello. Una pena leve a la que no tenía más remedio que hacer frente. Él también tenía sus faltas. Ambos eran, no obstante, verdugos de su oponente y cada tarde apostaban en silencio quién sería el primero en abandonar el juego. Su orgullo, el de ambos, lo impedía y alimentaba el odio que cada uno sentía por el otro. Enemigos en vida, ahora les tocaba serlo hasta la muerte. Llevaban años jugando una partida de ajedrez que acababa siempre en tablas. Una partida que, una vez comenzada, no podía más que llevar a la muerte definitiva a uno de los dos. Y, contrariamente a lo que parecía, los dos luchaban, no por ganar la mano a la vida y seguir respirando, sino por abrazar a la muerte que ya tan desesperadamente clamaban. No podían morir si no eran vencidos el uno por el otro. Era esa la mayor condena. Vivir una vida llena de dolores, pústulas, remordimientos y rencores, odio... cada vez más odio. Habían intentado quitarse la vida sajando sus venas o lanzándose al vacío desde la ventana más alta, pero no tenían permiso para el suicidio ni posibilidad alguna de llevarlo a buen término. Eran miserables condenados a la inmortalidad.


Ron vio marchar a Nicholas con el mismo odio y la misma tristeza de cada tarde, mientras los tacones de la enfermera repicaban al otro lado del pasillo acercándose a él. Nicholas se volvió para saludar con una reverencia mientras apoyaba una de sus manos en el sombrero. Sus miradas frías se volvieron a cruzar en un silencioso “hasta mañana” y luego Nicholas atravesó la puerta. Él, al menos, podía seguir viviendo en el mundo. Ron... él hacía tiempo que lo había abandonado. O, mejor dicho, el mundo hacía mucho que le había abandonado a él. La cena estaba lista. La tarde invitaba a la noche entre aullidos de dolor, gritos y desvaríos. El infierno nunca cerraba sus puertas y los dementes nunca callaban sus maldiciones.


martes 11 de agosto de 2009

Hazte con uno

Estimados blogueros y transeúntes varios de la red, hace unas semanas ya avisaba del lanzamiento del primer número del fanzine de H-Horror. Pues bien, de momento ha resultado relativamente bien y digo relativamente porque aún quedan ejemplares de la primera edición y es fundamental que se vendan para poder sufragar el primer concurso literario que el buen amigo Darío quiere ofrecer con la recaudación de esas ventas. Así, esto no es más que un llamamiento para todo aquel que quiera acercarse a Horror Hispano, tocar su formato en papel, disfrutar con el contenido y de paso colaborar con una buena causa. Horror Hispano está de enhorabuena por el triplete que ha hecho: Web, fanzine y presencia en facebook, con la venta total de la revista y la convocatoria del premio ya sería póker de ases. Bueno, este post prevacacional tan sólo era para animaros a comprar el fanzine (tan sólo cuesta 3'50 euros + gastos de envío) antes de que se acaben (no habrá reediciones y ya solamente se podrá adquirir a través de Bubok). Para los interesados en el fanzine podéis contactar directamente con Darío en el siguiente correo: pedidos@h-horror.com o entrar en la web www.h-horror.com para más información. Un fuerte abrazo a todos y gracias por vuestra colaboración.

viernes 7 de agosto de 2009

Nuevo relato inédito en H-Horror

Bueno, amigos, ya con las vacaciones a la vuelta de la esquina, hoy el post va a ser relativamente cortito. Tan sólo decir que un nuevo relato de mi cosecha está ya colgado desde hace unos días en la web de H-Horror. Es un relato inédito y tan sólo lo podréis leer allí. Si queréis leerlo aquí os dejo el enlace:


Además estamos de enhorabuena. Horror Hispano ya tiene presencia en Facebook y además contará con la colaboración y apoyo de la Editorial Círculo Rojo. ¿Qué más se puede pedir? Parece que ha sido un nacimiento bienvenido y dichoso. Veamos como crecé el bebé, pero de momento parece sano y saludable. Eso sí, cargadito de terror.

Hasta aquí el post de hoy. Besos y abrazos.

domingo 2 de agosto de 2009

El Susurro de los Árboles de María Dolores García Pastor

Últimamente tengo la suerte de escoger libros para leer de los cuales, no sólo no me arrepiento, sino que los disfruto con gran entusiasmo. Este es el caso de esta última novela, ganadora del Premio de Novela Yoescribo 2008 y cuyo título me despistó por completo. Uno puede elucubrar la historia que se esconde tras las palabras del título que abren la obra, puede fantasear e imaginar con una historia concreta… y luego sucede que te sorprende al descubrir una realidad tan cruda como la que aquí se relata.


Nos habla así la obra de una realidad pasada, pero reciente. De opresión, crueldad, censura, aniquilamiento, destrucción y muerte. Todo comienza con el viaje de una mujer por Chile y el encuentro casual, en plena escapada turística, con Marcelo, un contador de historias que abre una brecha que ya la protagonista no podrá volver a cerrar. Adela Luengo viene huyendo de España, dispuesta a no perderse unas merecidas vacaciones aún la amiga con la que estaba dispuesta a disfrutarlas se eche para atrás en el último instante. Este comienzo ya nos avanza sobre el carácter y la disposición de Adela. Una mujer decidida por autoimposición y valiente que no duda en llevar a término lo que se propone. El caso es que Marcelo activa con sus historias sobre la represión chilena y la asonada del 11 de Septiembre de 1973 un resorte que llevara a Adela a emprender el viaje de su vida. Esa primera historia hará que se plantee escribir un libro, algo que tenía en mente pero no creía posible por el momento, e indagar en la historia reciente del país. Poco a poco nos vamos dando cuenta de que las historias buscan a Adela y no al contrario, que el dolor reprimido lucha por manifestarse y que todos a los que les llega la noticia de la escritora española están deseando sacarla a la luz para el conocimiento de todo el mundo.


Así comienza Adela su verdadero viaje por los caminos del dolor de Chile, mostrando historias de desaparecidos, de niños y ancianos, de mujeres y hombres, de discriminación y tortura. El dolor y la dureza que albergan estas páginas se ve, no obstante, compensado por ese hálito de esperanza que va de la mano de esas historias que se encuentran inacabadas a falta de un cadáver al que velar o enterrar. De ellas nacerá una sobre todas las demás, una que lleva impresa la esperanza y que hasta el último momento se mantendrá imperecedera. La novela nos muestra también el aspecto más humano, para bien y para mal, la alegría que trata de resurgir sobre la desdicha y la adversidad, la magia de los buenos momentos sobre la crueldad y el miedo.


Sin duda, la autora nos ha sabido llevar por caminos de lo más “emocionantes”, apelando estrictamente a la capacidad de transmitir la emoción y los sentimientos de todo un pueblo. Nos lleva magistralmente de la mano hasta lo más hondo del alma humana y del sufrimiento. Las historias que nos cuenta llegan a tocar la fibra sensible y nos advierten del desasosiego de la época que más duramente recuerda Chile y su gente. Ha sido acertado el uso de la primera persona para narrar la obra, pues con ello consigue desestabilizarnos y revolvernos en nuestros asientos. No nos deja indiferentes. Con un lenguaje claro, directo y cercano, nos acerca al poso inolvidable de quienes vivieron esos tiempos difíciles y nos recuerda lo perverso que puede llegar a ser el hombre con los de su propia especie e incluso sangre.


Mis felicitaciones a la autora y a la obra que, sin duda, recomiendo encarecidamente para conocer de una forma diferente una parte de lo que aconteció hace apenas tres décadas. Para mí fue toda una sorpresa, pues he de reconocer que desconocía los entramados de ese tiempo. Otra vez mi enhorabuena a María Dolores por el merecido premio y por todos los éxitos que está cosechando este trocito de historia.

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