Estimados amigos y cibercaminantes, hace un tiempo tuve el placer de colaborar con Shadows Theory en un proyecto que no llegó a ver la luz, al menos no como pretendíamos. De ese proyecto nació un relato y una canción. Del relato me ocupé yo y de la canción Shadows Theory, un grupo de Metal Progresivo que dará, sin duda, mucho que hablar en el futuro. Depués de esto, el grupo sacó un EP al mercado que lleva por nombre Kaleidosphere (del cual podéis escuchar algunos temas en su myspace, descargarlo en Amazon o comprarlo muy baratito poniéndoos en contacto con el grupo a través de su propia web).
Fue un intercambio creativo muy interesante y no descarto la posibilidad de volver a colaborar en este sentido. Soy consciente de que este tipo de música es relativamente para minorías, por lo que puede que no a todos os llame la atención. Sin embargo, sí os invito a que leáis la entrevista y difundáis el nombre de este grupo entre vuestros conocidos o aquellos que puedan disfrutar con esta música. También os invito, a los más atrevidos, a leer el relato mientras escucháis la canción inspirada en el mismo. El relato se titula Sin Nombre y la canción Walking Aimlessly. Decir que es un relato inédito y que, puesto que se hizo exprofeso para Shadows Theory, en este momento lo libero de las sombras para ofrecerlo como homenaje al grupo y como regalo a todos vosotros. Pues eso es todo amigos. Para leer la entrevista que Javier Pellicer hizo al grupo y a un servidor para Cultura Hache, tan sólo tenéis que pinchar AQUÍ. Y sobre el relato... es un poco largo, pero os lo dejo a continuación, para los más atrevidos.
SIN NOMBRE
Miserables y aciagos eran los días que cabalgaban a lomos de aquel rostro sin nombre. La vigilia acudía a él en eternas noches desterradas de sueños. Tal era su condena. La de un caminante sin rumbo, un olvidado en tierras ajenas y extrañas. Sus pasos, autómatas del destino, llevaban su cuerpo lacerado por entre las calles angostas de la ciudad. No necesitaba ocultarse demasiado; quien se cruzaba con él, apenas parecía apercibirse de su presencia y obviaba su existencia apartándose de forma leve para luego proseguir su camino. En ocasiones, desposeído de todo, alargaba su mano con desidia para alcanzar el hombro de algún transeúnte y acudían a él los recuerdos de un tiempo pasado en el que aquel acto era más que un movimiento reflejo. Eran tiempos de gloria, de ambición y promesas. Todo eso había quedado muy lejos, sepultado por el paso de los siglos, escondiéndose su naturaleza en los más oscuros recovecos de las ciudades. Los años marcaban sus horas con pereza y ya no había celeridad en sus acciones. Las cenizas habían quedado esparcidas y mezcladas con el aire, el agua, la tierra y, acaso, el fuego. Los cuatro elementos habían abrazado con ímpetu cada molécula perecida y descompuesta; se habían llevado los cuerpos putrefactos hasta las profundidades de Gea y allí moraban sus almas a la guarda de un destino superior, tal vez más piadoso que el que les había tocado vivir en esta vida.
Miserables y aciagos eran los días que cabalgaban a lomos de aquel rostro sin nombre. Su nombre había perecido ante la calamidad de las pestes y guerras que habían asolado cada palmo del planeta que ahora recorría. Hubo un tiempo en que las letras que lo definían se alzaban gloriosas ante sus iguales y los humanos lo susurraban con tremendismo y pavor. No había labios que lo llamaran y quedaran impunes ante tal osadía. Ante los suyos, seres de la peor calaña, era mentado con júbilo y algarabía, pues suyo había sido el mandato de huestes titánicas y muchos aún entonces le respetaban. El olvido se había apoderado de su historia y le había relegado a un segundo o tercer plano en el que apenas constituía el vago recuerdo de una letanía miles de años atrás pronunciada. Incluso su alma, varada en la podredumbre de esta faz, repudiaba cada letra que componía aquel nombre. Ya no recordaba el día en que su misión amaneció truncada y convertida en lo que ahora era, una nada absoluta y triunfante que se había llevado todo.
La vigilia acudía a él en eternas noches desterradas de sueños. Su naturaleza trascendía la humana y no había paz en su agravio. Las luces del día perseguían las de la noche y se fundían en una eterna jornada que jamás le daba descanso. En ocasiones había tratado de apaciguar la llama de su rabia y su desolación postrando su cuerpo en el lecho de algún moribundo, para recordar así sus días de exaltación y poder, pero jamás vinieron a él idílicos onirismos que desaguaran su conciencia y la repletaran de anhelos satisfechos. A lo más que su conciencia se dignaba era a traer a su memoria los pasajes de tiempos mejores en los cuales había sido temido y venerado. La gracia con la que sus crímenes habían dejado huella en la Humanidad a lo largo de los siglos había perdido consistencia y no había originalidad en sus gestos, repetitivos y toscos, insulsos y desprovistos de intención.
Tal era su condena. La de un caminante sin rumbo, un olvidado en tierras ajenas y extrañas. A eso dedicaba la mayor parte del tiempo, a caminar sin un destino fijo, con la mirada perdida en la mugre del suelo y la mente distraída recomiendo con angustia sus entrañas. Al principio, las llamas de aquel fuego, al cual se acogió junto a los demás, había sido vivificador; le recordaban el vigor que ostentaba y no faltaban momentos en los cuales se regodearan de su osadía, aquella que les había motivado su destierro. Junto a él había habido un tercio de los reinantes de los cielos, a los que los más altos habían relegado al abismo bautizándolos como caídos. La sangre de sus heridas, negra como la pez había manchado su desnudez pero no quedaron cicatrices que recordaran su agravio, tan sólo oscuridad. Se les había privado de una gracia divina a la que jamás podrían volver. Ese fue su primer destierro, mas no fue el último. Engendrados por el mal mismo y movidos por el orgullo de su embaucador, se postraron ante Lucifer y juraron lealtad. Pronto, el más bello de los ángeles, aquel al que llamaron Luz de la Mañana , Luzbel, les destinó fuera de aquel calabozo e hizo se expandieran entre la multitud, aún escasa, que moraba la Tierra. Dejaron las mieles del Averno para nutrirse de la debilidad humana y en los hombres y sus mujeres vieron vía libre para desfogar sus más perversos impulsos. El inframundo que le había acogido dejó de ser su morada y hubo de vagar por las comunidades, que ya comenzaban a forjar amplia descendencia, con un único y firme propósito: desafiar a Dios.
Sus pasos, autómatas del destino, llevaban su cuerpo lacerado por entre las calles angostas de la ciudad. Otros lugares habían sentido su huella y jamás hubo viento que la borrase. Había pisado tierras de oriente y occidente, endiablado muchachos y poseído a sabios y charlatanes. Vio crecer civilizaciones que más tarde perecieron bajo el yugo de cientos de males. Las plagas, epidemias y catástrofes asolaron países enteros, diezmando la población sin que él mediara lo más mínimo. En ocasiones se sentía desdichado por no poder obrar como deseaba, viendo como la obra del Creador se le adelantaba en su trabajo encomendado. Sus pies habían pisado con estruendo los caminos de barro de las zonas más rurales y las calzadas romanas que llevaban al corazón de aquel que se constituyó como Imperio y cuna de la civilización moderna. Había arrastrado la piel de sus plantas por eras pedregosas e incluso había paseado con regocijo sobre los escollos aún humeantes de Pompeya para recordar el tiempo en que el azufre y el fuego llenaban sus días en el Infierno. Ahora caminaba sin más. Sin detenerse y sin premura. Era una inercia que le llevaba a ningún sitio y le permitía mantenerse evadido en sus pensamientos de aquel tiempo que siempre fue mejor.
No necesitaba ocultarse demasiado; quien se cruzaba con él, apenas parecía apercibirse de su presencia y obviaba su existencia apartándose de forma leve para luego proseguir su camino. Era la vida que ahora llevaba. Ninguneado por la propia Humanidad que otrora le había temido, pasaba junto a la gente sin llamar la atención. Oculto el rostro bajo la tela de un capuchón, con unas ropas urbanas que no desentonaban de la época en la que ahora vivía, se mezclaba con unos y otros sin que estos siquiera advirtieran su existencia, o acaso su naturaleza. Las ciudades habían crecido mucho desde los primeros tiempos de Adán y Eva. Éstos habían vivido cerca del Paraíso una vez fueron expulsados, pero su progenie pronto fue extendiéndose por los confines de este vasto planeta y ocupando los rincones más insospechados. Sus estirpes se cruzaron en más de una ocasión y sus sangres se mezclaron una y mil veces, difuminando la pureza de su origen, esa pureza corrompida por la mordida de una manzana, por la traición al que les había dado la vida. Pero él no era distinto, él también era un traidor y su suerte no corría mejor que la de aquellos primeros habitantes. Las nubes negras rociaban su lluvia sobre los caminantes apresurados, mientras él dejaba que las gotas le empaparan. De vez en cuando miraba con tristeza y rabia al cielo y dejaba que el agua sucia lamiera su piel, gris y agrietada, lacerada por cicatrices mucho más profundas que las de la carne.
En ocasiones, desposeído de todo, alargaba su mano con desidia para alcanzar el hombro de algún transeúnte y acudían a él los recuerdos de un tiempo pasado en el que aquel acto era más que un movimiento reflejo. Eran tiempos de gloria, de ambición y promesas. Cuando él fue enviado al lugar de los humanos, portaba con orgullo el estandarte de su raza. Eran ángeles caídos que ahora se autodenominaban demonios y que, a lo largo de la historia, muchas culturas habían tenido la destreza de rebautizarlos para adjudicar sus poderes al progreso de sus propias religiones. Sus nombres se hallaban por miles y era en ellos que se inspiraban para infundir el miedo que sometía a los fieles. Uno de aquellos era el de él, que se había perdido en las arenas del olvido, en el desierto de la memoria, en la nada de las nadas. Y a pesar de haber perdido su nombre, no lograba deshacerse de la maldad que había dispuesto en cada lugar que había visitado. Había alargado su mano en Sodoma y Gomorra, en la conquista de las Américas, en las dos grandes Guerras Mundiales, en cada conflicto de cada extremo del planeta. Había tocado con sus dedos el hombro de Hitler, de Stalin, de Franco, de Madame Bathory y el Marqués de Sade, de Vlad “el Empalador” y muchos otros. Grandes amorales de la historia habían sucumbido a su tacto frío y revolucionario. Destructores todos de armonía, sólo habían necesitado de una leve inspiración para llevar a cometer los atroces actos que hasta entonces sólo se habían atrevido a imaginar. Aquel era el catalizador de sus barbaridades. Sin embargo, no todo era obra suya y sus hermanos demonios. Demasiadas habían sido las veces que se había emocionado y maravillado con la espontaneidad de los actos de algunos de los que pretendía inducir. Se vio a sí mismo, en esas ocasiones, como un mero observador ante el espectáculo atroz que aquellos humanos le ofrecían. La Humanidad nunca necesitó de demonios para realizar sus maldades, más bien para justificarlas. En aquel tiempo eso le divertía, pero hoy le asqueaba.
Todo eso había quedado muy lejos, sepultado por el paso de los siglos, escondiéndose su naturaleza en los más oscuros recovecos de las ciudades. Su misión había perdido fuerza y apenas tocaba a aquellos que se le cruzaban con una inercia adquirida por el arduo trabajo arrastrado con fervor durante largos años. Así, mientras pasaban a uno y otro lado, él alzaba su mano, como el violinista que dispone el arco para atacar el instrumento, y tocaba la carne de uno de aquellos al azar. Entonces sus más oscuros pensamientos cobraban realidad y una nueva conciencia les hacía perder el juicio y llevaba a cometer las más raras perversiones y los crímenes más insospechados.
Los años marcaban sus horas con pereza y ya no había celeridad en sus acciones. Nada de lo que hacía ahora motivaba sus acciones; no existía más anhelo en él que el de una muerte que nunca llegaría. El “amado” Dios había creado a todos sus seres angelicales con la divina posesión de la inmortalidad y no existía herida que no se borrase casi al instante de ser infringida. Era un condenado, repudiado por cielo e infierno, olvidado por los de arriba y los de abajo. Incluso la lluvia de aquel momento parecía en ocasiones querer evitarle. Sus ansias de agradar a aquel al que juró lealtad habían menguado hasta llevarle a obrar con la más absoluta desgana. Ya no estaban los ojos de Lucífer, ni siquiera de sus demonios menores, puestos en él. No era nadie para nadie. El reloj avanzaba con pesar y las horas se comían a mordiscos pequeños cada día. No había nada en cada nuevo amanecer que apremiase su voluntad y acrecentase sus deseos de propagar su veneno.
Las cenizas habían quedado esparcidas y mezcladas con el aire, el agua, la tierra y, acaso, el fuego. Los cuatro elementos habían abrazado con ímpetu cada molécula perecida y descompuesta; se habían llevado los cuerpos putrefactos hasta las profundidades de Gea y allí moraban sus almas a la guarda de un destino superior, tal vez más piadoso que el que les había tocado vivir en esta vida. Muchos humanos habían tratado de comprar su favor en otras épocas y ahora no eran más que polvo. La tierra estaba llena de huesos y gusanos, de cuerpos en descomposición que jamás volverían a caminar. Muchas de las almas que esos cuerpos habían albergado irían destinadas a satisfacer las calderas del maléfico reino de las profundidades y unas pocas superarían los planos dimensionales para llegar a sentir la cercana presencia de su Creador. Todo era un ciclo en el que la naturaleza se nutría de los restos que quedaban sepultados como abono bajo tierra. La vida no era más que ceniza y polvo. Nada perduraba eternamente salvo aquellos esclavos de la voluntad divina, hechos a imagen y semejanza del Creador. En ellos estaba la esencia misma de la perdurabilidad, por los siglos de los siglos.
«─¡Maldito Dios!─ Exclamaba en sus pensamientos, gritando con todas las fuerzas que cabían en él». Eran palabras de odio e ira que cada vez tenía más presentes en sí, mezcladas con la profunda tristeza de verse repudiado por unos y otros. «Así en los Cielos como en la Tierra.. .» Y en los Infiernos. Él jamás sería ceniza y su deseada muerte jamás sería pronunciada por los labios de la mortalidad. No vendrían a él a buscarle en su lecho para apiadarse de su alma. Ni siquiera de esa virtud gozaba. Las almas tan sólo habían sido ofrecidas a esa estirpe menor con la que cada día se codeaba. Los humanos, la más estúpida de las creaciones, eran quienes gozaban del beneplácito del Creador y su Ángeles y, malditos ellos también, ni siquiera se daban cuenta. Así se sentía este “sin nombre” vagando por las calles del infinito mundo.
Los edificios proclamaban su grandeza. Las paredes dejaban que el agua resbalase por ellas y llevaban sus torrentes hacia las cloacas, lugar en el que se perdían con las ratas y las criaturas más inmundas. Se sentía muy pequeño y, en ocasiones, se había visto tentado a recluirse a las profundidades de las alcantarillas, donde nada ni nadie podría molestarle, donde los humanos no podrían recordarle lo que jamás podría ser y lo que había hecho durante todos estos siglos de inmundicia. Él, cuyo rostro llevaba años sin ser tocado por los rayos del Sol, sin ser acariciado por la liviandad de la luz lunar, había deseado no ser, o acaso, no haber revelado su condición contra aquel que le dio la vida. Recordaba con pesar la Primera Gran Guerra que se había librado en los Cielos y la espada flamígera del Arcángel Miguel hundiéndosele en las entrañas y lanzándole junto a Luzbel al abismo tenebroso. Las tinieblas le habían acogido y allí había disfrutado de su estancia en tanto que no se le mezcló con los mortales de la Tierra. Una vez desprovisto de su rango y lanzado a las calles, ya no le quedaba nada más que desprecio y agonía. Y, de un tiempo a esta parte, cada vez que sus dedos tocaban otra piel con sabidas intenciones, unas notas se repetían en su cabeza con insistencia y alevosía.
Antes incluso de unir esa estrofa al acto de envenenar con su ponzoña a humano que se le antojase, ya había sentido el devenir de esas notas en su cabeza. Era la melodía insistente de esa canción que no se desprende de la memoria y asalta la rutina en los momentos más inapropiados. Las palabras contenidas en ese estribillo recordaban una y otra vez su mísera condición de exiliado sin favor. Había escuchado a aquel grupo varias veces en la radio y la televisión. A pesar de ser un demonio, no estaba exento de las banalidades con las que se colmaba la cotidianidad de este mundo y había aprendido a convivir con los hábitos de aquellos seres. Había en él un deseo de mimetizarse con el ambiente y simular lo que no era por si acaso el dedo acusador le privaba de la vida y se lo llevaba por error a algún lugar lejos de aquella eternidad. Ese día lluvioso, tan gris como los pliegues de su piel, tan oscuro como sus ojos, las notas se habían asentado en él como tormenta y sus acordes de guitarra tronaban aguijoneando su mente. Nadie había oído hablar de aquel grupo un par de años atrás; sin embargo, como suele suceder en esta estúpida sociedad liderada por borregos, las masas se habían pronunciado y se había convertido en moda. Shadows’ Theory había nacido de la nada para ser ahora uno de los más grandes emblemas de la música de ese tiempo. No era extraño verles en los noticiarios radiados o televisados, en las páginas de los periódicos y las revistas más prestigiosas. Había que ser sordo y ciego para no ver el movimiento que estaban generando. Algo que él, y muchos otros, no entendía. Pero ahí estaban, martilleando la mente del demonio con su rock progresivo. El estribillo, siempre el estribillo. De su mente había pasado a cobrar realidad cada vez que acercaba su mano hasta el hombro de alguna nueva víctima. Aparecía en el aparato de radio de alguna cafetería o sonaba a través de la ventana abierta de un coche que transitaba por la calle en ese instante. Se sentía asediado por esas palabras. Su condena ya era suficientemente insoportable sin esa estridente música como para tener que soportar aquel mensaje una y otra vez, señalándole sin piedad, recordándole lo que era.
Agarró su cabeza con ambas manos tratando de disuadir aquella sonata. Resultaba irónico que un demonio tratase de huir de un tipo de música que siempre se había asociado a los suyos. El Rock, el Heavy Metal e incluso el Blues se habían tildado de géneros relacionados con el Diablo y su séquito. Antes de conocer a Shadows’ Theory, le había resultado jocoso el modo en que la sociedad seguía tratando de estirpar y marginar aquello que consideraba minoritario. Durante toda la historia había sido así. No había más que echar un vistazo al pasado. El motivo por el cual aquella canción se había asentado en su cabeza y le perseguía allende iba era un misterio, no tanto su intención. Jamás le había pasado en toda su existencia.
No conocía el nombre de la canción, ni el de sus integrantes, no sabía más de aquel grupo que aquella estrofa. Un estribillo que jamás olvidaría. Cuando el dolor de aquellas notas comenzó a disiparse y la melodía empezó a fundirse a negro en el eco de su cabeza, hizo el amago de tocar a un vagabundo y, antes siquiera de levantar el brazo, reprimió aquel gesto. Sus ojos se encendieron y sus dientes apretados hicieron sangrar sus labios. Las heridas se abrían y cerraban mientras la sangre negra se coagulaba sobre la piel macilenta. Se apartó de la gente y recorrió los callejones más lúgubres de la ciudad, perdiéndose entre las sombras al resguardo de las últimas gotas. Los gatos callejeros y las ratas huyeron de los contenedores al sentir su pestilencia demoníaca; las luces de las farolas estallaron a su paso; los insectos cayeron a plomo y su vibración cesó; el silencio y las tinieblas se adueñaron de la más oscura de las callejas y la ciudad entera pareció desviar la mirada hacia otra parte. El demonio respiró hondo y se dejó caer; apoyó la espalda sobre la pared mohosa y retiró la capucha que le cubría la cara. Su rostro quedó al descubierto ante el asombro de las nubes; la noche no dejaría escapar a la Luna. Aquellos rasgos eran insoportables hasta para ella. Y él... él obvió su sucio reflejo en los charcos de alrededor. Ni siquiera él lo soportaba.
«Sacrifice, Darkness in our way, we are the damned. Misery, Shadows, in our quest, we'll fight forever more».(«Sacrificio, oscuridad, en nuestro camino. Somos los condenados. Tristeza, sombras, en nuestro camino, lucharemos por siempre jamás»).
La canción insidiosa, en su estribillo, rompía todo atisbo de tranquilidad en el fuero interno del demonio desterrado. Aquellas palabras lanzadas al aire como cuchillos caían sobre él en una lluvia aguda y lacerante. Las volvía a oír en su cabeza insistentes, recordándole una y otra vez su maldición. Una y otra vez...
Sacrificio... ¿no había realizado él el mayor de los sacrificios al enfrentarse a su Creador, siguiendo los impulsos de una ambición mayor, cercenando los lazos de sangre que le unían con sus hermanos celestiales? ¿No había él caído al abismo y sacrificado todo lo que un día tuvo valor para él tan sólo por el afán de un efímero poder?
...oscuridad... ¿No había él sucumbido a la espada flamígera de Miguel, cayendo al más profundo de los avernos? Esa oscuridad que hasta ahora le había alimentado se posaba sobre sus hombros como una carga que cada vez se sentía menos capaz de soportar. No había redención para los suyos. No había nada, salvo esa oscuridad.
...en nuestro camino... Un camino que ya jamás sería compartido. Sus hermanos le habían repudiado y no tenía nada que pudiera llamar “nuestro”. Sus destinos se habían separado para siempre. No hallaba consuelo en la soledad, ni en las calles, ni en las sombras. La maldad había sido durante mucho un hogar en el que refugiarse, pero ahora ni siquiera se sentía a salvo en ella.
Somos los condenados... Era el condenado, el apartado, el desterrado, el exiliado, el negado, el abandonado... No había lugar para él salvo este mundo efímero en el que nada perduraba lo suficiente. Estaba condenado a vagar entre aquellas gentes, a recordar que ni él valía lo que sus almas, lo que sus vidas... su condena le impedía incluso morir. Su existencia navegaba por los afluentes de un río anegado de sangre, alimentado por la inmundicia y cada uno de los males que asolaban el planeta. El mar al que debía dirigirse a través de la corriente no existía; era un río sin fin que le condenaba a la eternidad.
Tristeza... y entonces venía a él esa miseria, poblada de miedos que nunca antes había tenido, de deseos que jamás podría colmar, de vidas y muertes anheladas con desespero. Su pecho se excitaba y podía sentir, en el lugar en el que debía existir un corazón, el vacío de unos latidos imaginados. Cuando había caído al abismo, su etérea forma (la suya y la de sus hermanos ángeles) había comenzado a cobrar una consistencia irreal, casi tangible. Con el tiempo, la materia se fue asentando en ellos y les fue dando la apariencia que ahora tenían. La de humanos no humanos. Su carne era imperecedera, pero albergaba la misma esencia que la de aquellos mimados de Dios. Pero era inútil pensar que se parecían en algo más que en lo visible. Los demonios eran carcasas vacías, sin órganos internos, sin una biología que motivara sus acciones, sin alma. Él había pensado durante mucho tiempo en aquello en lo que se había convertido a lo largo de milenios. Y no le gustaba. Había perdido todo aquello que le hacía sentirse superior a esa raza de mortales que poblaban la Tierra.
Sombras, en nuestro camino... apoyado en aquella pared, mientras la lluvia cesaba y la noche cedía finalmente a dejar escapar los primeros rayos de aquella Luna menguante, pensó en las sombras que se cernían sobre él. Unas sombras ilusorias que le decían que jamás sería más de lo que un día fue, sino mucho menos. Miró nuevamente su reflejo, dejó que los rayos le iluminaran y volvió a cubrir su rostro con la capucha. Apoyó una mano en la pared y arrastró la espalda hasta ponerse en pie de nuevo. Observó en derredor y no vio rastro alguno de sombra. Hasta eso le habían robado. Los humanos tenían su sombra y él... él no tenía nada.
...lucharemos por siempre jamás. Habían sido aquellas palabras un estandarte que blandía con orgullo. Un grito de guerra que alzó junto a los suyos cuando se enfrentó al Padre. Una proclama que siempre mantuvo con júbilo en los Infiernos. Eran palabras que ahora se mostraban lejanas, tanto como si no hubiesen existido más allá de su imaginación. Visiones de otros tiempos acudieron prestas a él y el demonio sin nombre se encontró dudando de aquellas imágenes. Todo lo vivido le parecía una soberana fantasía, acoplada a su matriz para otorgarle el poder de, al menos, tener algo propio, unos recuerdos. Fantasía o no, para él era lo más real que podría obtener de aquella miserable existencia.
Abandonó la calleja para adentrarse en la madrugada de aquella ciudad insomne. Los coches atravesaban las avenidas como bestias desbocadas, salpicando el agua sucia de los charcos y lanzando maldiciones. Los transeúntes, ya con los paraguas bajo el brazo, caminaban, aún a aquellas horas, con la prisa de llegar a ninguna parte. Era el ritmo de la ciudad, este taconeo incesante, esa algarabía contenida en un susurro subrepticio y las luces. Letreros de neón invitaban al alcohol y el sexo. Muchos sucumbían con demasiada facilidad. Hoy en día, el demonio tenía poco que hacer allí, no necesitaban de él para pecar. Ellos mismos, la creación de Dios, eran en sí un desafío. Aquel pensamiento le hizo gracia y levantó el labio superior, apenas perceptible, en una mueca de satisfacción casi indiferente. Era irónico. Libre albedrío. Los ángeles del Cielo jamás entenderán al ser humano como lo hacen los demonios. Ellos siempre estarán sometidos a la servidumbre, mientras que los demonios como él, libres de las ataduras del sometimiento, gozan de la cercanía a los hombres de la cual se les priva a los ángeles.
Seguía el vaivén de sus pasos sin horizonte, virando aquí o deteniéndose allá. Miraba los escaparates admirado por los avances de aquella estúpida Humanidad. De no ser por la intervención de algunos de los suyos aún estarían frotando piedras para conseguir fuego. Su influencia y la de sus hermanos había sido notable a lo largo de la historia y había permitido que algunos mortales gozaran de cierta fama al imbuirles alguna idea que hiciera que la Humanidad avanzara un paso. Sin esos pequeños grandes pasos, nada sería lo que ahora era. Muchos de ellos aún seguían lanzando rutilantes sueños a selectos mortales.
Siendo la negrura de sus días tan amarga como la hiel, cada vez con mayor frecuencia, dejaba volar sus pensamientos hacia la idea de volver a ver la luz. Esa luz destellante que todo lo anegaba con bondad. No albergaba esperanza alguna en recuperar las alas ni el favor de su Creador, pero soñaba con ello; soñaba que su existencia tan sólo era un sueño del que tan sólo debía despertar. Sin embargo, jamás llegaba la mañana; su noche era eterna. En ocasiones se había cruzado con alguno de los enviados de Lucifer. Ninguno de ellos pareció reconocerle y, cuando lo hubieron hecho, tan sólo recibió desprecio por su parte. Podía prever incluso sus movimientos y los lugares en los que harían acto de presencia. Su olfato se había vuelto sensible ante la necesidad de contacto con sus congéneres. Pero no era tan fácil encontrar un ángel como a un demonio. Éstos tenían una esencia más sutil, vedada a los ojos de los caídos. Los ángeles tan sólo eran percibidos si así ellos lo deseaban. Conservaban la gracia de Dios. Y en cada gesto, hacían gala de ello. Resultaba ofensivo para los demonios. Pero lo asumían con estoicismo.
Siendo la negrura de sus días tan amarga como la hiel, cada vez con mayor frecuencia, dejaba volar sus pensamientos hacia la idea de volver a ver la luz. Esa luz destellante que todo lo anegaba con bondad. Una luz que le había sido negada desde el mismo día de la traición en que se negó a seguir a los pies del Creador. Muchos días se preguntaba si hoy volvería a desviar la mirada de aquel sendero y caer de nuevo junto al más bello y orgulloso de los ángeles. La ira nacía entonces en él y se arrebataba en una furia que descargaba contra las gentes, incitándoles a las más terribles barbaridades y golpeando los muros de esa y otras ciudades hasta que sus nudillos se despellejaban. Veía la sangre de las rozaduras un instante, los restos de piel grisácea pegada a la piedra y luego... luego volvía a estar intacto. Tan sólo los jirones de su iracunda reacción quedaban pegados a los muros. La luz le atraía y, a un tiempo, le angustiaba. Repudiaba aquel sentimiento, pero no lo podía evitar.
No albergaba esperanza alguna en recuperar las alas ni el favor de su Creador, pero soñaba con ello; soñaba que su existencia tan sólo era un sueño del que tan sólo debía despertar. Sin embargo, jamás llegaba la mañana; su noche era eterna. Soñaba despierto con un día en el que todo volvía a ser como antes y no había una balanza que equilibrara ambas partes. Sus ensoñaciones le llevaba a desear lo odiado, a negar su propia naturaleza demoníaca y verse como alguien que no tuvo oportunidad. Pero sí la tuvo. Pudo elegir y lo hizo. Había confiado en el poder de Luzbel para iluminar un nuevo camino que les abriría las puertas de la felicidad, de la libertad. ¿Cómo fue capaz de dejarse engañar por aquella ilusión? ¿Había acaso algo en aquella esclavitud que le hiciera sentirse como un esclavo? Jamás sintió sobre sí la opresión de un castigador, ni el látigo de un dictador. Tenían reglas, limitaciones, pero él jamás sintió aquello con pesar. El dolor y el sufrimiento habían llegado después, ante las miradas de desaprobación de sus hermanos y las lágrimas de aquel que les había amado tanto. ¿Seguiría ahora amándoles? Imaginaba que todo era un sueño. Quería despertar. Dejar atrás cada fracción de su existencia para entregarse por completo a una nueva vida. Asomaba tal vez el arrepentimiento. No obstante, aquello era algo desconocido para el demonio. Antes de arrodillarse, alzaba el puño en señal de protesta. Su mayor mal radicaba ahora en el olvido de lo que fue. Como ángel habría sido dechado de bondades, de perdón y bienaventuranzas pero, como demonio, todo eso había sido eliminado de su ser.
En ocasiones se había cruzado con alguno de los enviados de Lucifer. Ninguno de ellos pareció reconocerle y, cuando lo hubieron hecho, tan sólo recibió desprecio por su parte. Eran encuentros esquivos que no llevaban a ninguna parte, tan sólo a recordarle su condición de repudiado. Mammon, Baphomet, Leviathan, Azazel, Belial... con todos ellos se había encontrado cara a cara. Unos le escupieron con asco, otros le despreciaron con rabia... todos, sin excepción, le maldijeron y prohibieron el acceso a su antiguo reino. No eran necesarios los motivos de su exclusión; si los había, ya habían quedado sepultados en los estratos más profundos de la conciencia, la memoria y la historia. Fueron contadas las ocasiones en que se atrevió a asaltarles para pedirles al menos le recordaran su nombre y sus faltas, pero ninguno de ellos se dignó a mantener su cercanía por más de un instante. Enseguida desaparecían de su vista y obraban según su misión entre mortales. Hermanos de armas en la batalla, enemigos acérrimos en la actualidad. Era evidente que todos le reconocían, pero pocos, sólo los más poderosos, lo desvelaban con sus gestos. Lo que parecía, nuevamente, no se ajustaba a lo que en realidad era. Un engaño dentro de otro, fiel filosofía de Lucifer y sus hordas.
Podía prever incluso sus movimientos y los lugares en los que harían acto de presencia. Su olfato se había vuelto sensible ante la necesidad de contacto con sus congéneres. Después de sus primeros y fatales encuentros, decidió seguir sus pasos en la sombra. Adquirió una destreza sublime para detectar las apariciones de sus hermanos caídos allende tuvieran intención de aparecer. Podía olerlos y prever sus intenciones. Algunos humanos poseían un atractivo incuestionable para estos seres y, prestos, acudían con sus contratos para que la sangre acabara sellando pactos macabros entre ambas especies. Fueron los demonios muchos iniciadores de guerras y otras calamidades ante las locuras de ciertos humanos despechados. Fueron ellos los que susurraban al oído las perversidades que debían cometerse. Gracias a los demonios corrió la sangre en ríos enteros y tiñó de rojo la tierra de muchos países. Y él podía detectar esas tentaciones y seguirlas hasta que apareciese uno de los demonios para llevar a cabo su tarea. Eran enviados que disfrutaban con sus labores y que siempre, siempre, ponían su granito de arena ante las peticiones de su Señor. Era un aspecto creativo que éste valoraba muy mucho.
Pero no era tan fácil encontrar un ángel como a un demonio. Éstos tenían una esencia más sutil, vedada a los ojos de los caídos. Después de su fracaso ante los intentos de contacto con sus iguales, se dejó de la mano del destino y comenzó a vagar sin apetito por la vastedad del mundo. Mientras veía a los demonios actuar aquí y allá, se preguntaba cuántas de esas ocasiones traían consigo la aparición de un ángel que mermara las opciones del maléfico. Los demonios tenían prohibida tan excelsa visión y la luz de Dios, reflejada en cada uno de sus ángeles, les era negada por completo y ni éstos se mostraban ante sus oscuros ojos. Si había ángeles allí (que podía haberlos por centenares), él jamás los había visto ni sentido. Sin embargo, presentía que en algunas de las obras bien debían estar presentes, pues la sibilina lengua de los demonios no siempre conseguía sus perversas intenciones. Aquellos fracasos frustraban sobremanera al Gran Caído y éste arremetía entonces contra decenas de inocentes para equiparar el daño perdido; movía las tierras o erupcionaba volcanes como signo inefable de su herido orgullo.
Los ángeles tan sólo eran percibidos si así ellos lo deseaban. Conservaban la gracia de Dios. Y en cada gesto, hacían gala de ello. Resultaba ofensivo para los demonios. Pero lo asumían con estoicismo. La lisonjera voz que resonaba sobre los acordes de la canción Shadows’ Theory no lo era tanto cuando cantaba como cuando callaba. Lo que para otros era un delirio que les sumía en un estado cercano al éxtasis, a él le arrancaba toda bondad y le llevaba al más absoluto caos. Su cabeza aún seguía repitiendo aquella letanía de condenación cuando de repente se acalló por completo. La gente a su alrededor desapareció, la ciudad quedó silenciada y las estrellas dejaron de titilar en el firmamento. El tiempo se detuvo en un espacio imposible, surrealista. El demonio quedó petrificado y no se atrevió a realizar movimiento alguno. Del final de la calle, la larga avenida cuyas luces ya no parpadeaban, apareció una figura luminosa caminando hacia él. Lo hizo con lentitud y rapidez, con elegancia y suavidad. Era una visión tan maravillosa que el demonio no pudo más que dejarse caer de rodillas y llorar. ¡Un demonio llorando! ¡Impensable! La figura, de sexo indefinible y rasgos que reflejaban una prístina pureza alejada de toda perversión postrera, llegó hasta él y dejó que sus miradas se cruzaran. Vio el demonio en sus ojos la mirada compasiva de los ángeles y sintió una punzada de esperanza recorriéndole por completo. Su imberbe cuerpo gris se estremeció, su espinazo se curvo ante la genuflexión que le otorgaba una postura de sumisión total. El ángel, se acercó al demonio más aún y, en una postura imposible, acercó su cara a la de él sin apenas inclinarse. El demonio vio que sus pies no tocaban el suelo y tuvo deseos de besar la nacarada piel de aquellos. Un vestido de gasa flotaba alrededor del ángel. Aquella escena escapaba a toda ley humana establecida. Notaba como su luz había menguado a conciencia para no cegar aquellos ojos no preparados para tal despliegue. Su rostro era serio sin mostrar en sus facciones dureza alguna. No era severidad lo que ocultaba aquel silencio. Sin embargo, él no sabía lo que era.
Sintió un amor profundo inundando la negra sangre de sus venas y, como una quimera, le pareció sentir un profundo latido allí donde no había corazón. Sus poros se abrieron ansiando beber de aquella emanación de luz. El demonio dejó de llorar. Los surcos que habían abierto sus lágrimas sobre la piel, se cerraron. El ángel le rodeó, lo estudió de arriba abajo, pero jamás dijo palabra alguna. Entonces, el demonio alargó una mano, tratando de tocar aquella belleza que por tanto tiempo se le había negado, aquella que prácticamente había olvidado y que un día él poseyó. En ese instante, la luz se desvaneció y, con ella, la figura del ángel. Como un sueño, la ciudad recobró su vida, su tiempo y su espacio, y todo volvió a ser como había sido, era y sería. Desde ese momento, el demonio no quiso más tocar un humano y rociarle con su pestilencia. No había más anhelo en su vida que el de atraer aquella luz. La euforia había conseguido abatir su desidia. Sentía algo nuevo en él y la necesidad de recuperar la visión del ángel se convirtió en la prioridad que debía regir los pasos de su existencia. Desdeñó todo mal de él, lo reprimió a conciencia y con sufrimiento, acaso el ángel viera en aquellos actos un modo de arrepentimiento y volviera para llevarlo con él al Paraíso del Séptimo Cielo. Trató incluso de ejecutar sus actos desde el prisma de la bondad, pero nada de lo que hizo satisfizo sus planes. Todo acto fue contra natura y trajo consigo más calamidades que bendiciones. Toda esperanza de atrapar el amor del ángel se tornó vana y volvió a pesar sobre él la maldición de aquellas palabras que no dejaban de resonar, ahora con más fuerza, en su cabeza. Nunca volvería a ser lo que fue. Nunca tendría el amor de sus hermanos. Jamás el Creador volvería a sonreírle y hacerle partícipe de su Gracia.
Entonces, el demonio favoreció el despliegue de un sinfín de actos cuya única intención era la de acabar de una vez por todas con su vida. Se lanzó de acantilados y despeñó por sus paredes para luego comprobar que, al estrellarse contra el suelo, volvía a levantarse indemne. Se atacó con todo tipo de armas, sin resultado alguno. Se colocó sobre las vías del tren para más tarde, cuando la locomotora le hubo despedazado, ver como sus miembros se buscaban en una inverosímil atracción y acababan uniéndose. Se introdujo en el fuego y su piel apenas sintió una leve punzada más cercana a las cosquillas que al dolor. Se lanzó sin paracaídas desde miles de metros de altura. Intentó ahogarse en las aguas más profundas. Trató de ser devorado por las bestias más feroces del planeta. Nada le llevó hasta la muerte y su frustración se acrecentó. Su ira creció y alimentó la llama dormida de su maldad. En cada intento de darse muerte, resonaba la maldita canción en su cabeza o en derredor. Una y otra vez. Sin descanso.
«Sacrifice, Darkness in our way, we are the damned. Misery, Shadows, in our quest, we'll fight forever more».
Un grito desgarró el aire y se dijo que aquel maldito grupo de música sabría lo que es el dolor. Su música se había anclado a él y no había traído más que sufrimiento y agonía. Ahora sabrían aquellos artífices del desconsuelo lo que era capaz de hacer. El demonio recuperó su perdida gallardía y su sonrisa se amplió amenazadora. Prometían sus pensamientos una crueldad sin límites para aquellos que le atormentaban sin descanso. Les llevaría a desear el peor de sus males imaginados. Buscó entre los recortes de prensa el lugar dónde darían el próximo concierto. Y allí fue donde se encontró con ellos.
No fue difícil franquear la entrada. Se encontraba inspirado y, con un simple roce, consiguió que los guardas de seguridad se enzarzaran en una ruda pelea entre ellos. Volvió a ser invisible para los ojos de que aquellos que no querían verle. El anfiteatro estaba repleto de greñudos enlutados. Sus ropas negras, sus lemas demoníacos y sus tatuajes y piercings daban buena cuenta de qué no tenían ni idea de quien se encontraba detrás de toda aquella parafernalia. Muchos idolatraban al caído ignorantes de que su favor valía más bien poco allá abajo. Algunos acabarían ensartados en el tridente del más cruel de los demonios. Debía haber allí al menos tres mil personas. Sus voces eclipsaban el silencio. La bebida rezumaba. El demonio podía oler los efluvios del vicio allá donde posaba su vista. Las luces del escenario bailaban sin intención. Luego vino el clamor. El fuego. El humo. Y cuatro hombres de negro y una jovencita encuerada, también de negro, hicieron su aparición en escena. Así que aquellos eran los Shadows’ Theory.
El demonio fue tocando a aquellos que le impedían avanzar hacia el escenario, provocando trifulcas y peleas. Fue abriendo camino hacia el objeto de su deseo. El ángel le había despreciado tanto como lo habían hecho los demonios. No había lugar para él, salvo en este en el que se encontraba. Y si así era, se haría notar como nunca. Una botella pasó por encima de su cabeza y se estrelló contra el hombro de una chica a su derecha. Siguió caminando, sonriente, jubiloso. Su vista estaba centrada en el grupo. Los músicos ya habían comenzado a tocar. La batería marcaba un ritmo veloz y el bajo seguía aquellos golpes con precisión. La guitarra comenzó a deslizar las notas de una melodía pegadiza. El teclado ambientó todo aquello con acordes largo tiempo suspendidos. Luego sonó aquella voz. Aquella maldita voz que tan metida tenía dentro de su cabeza. No conocía aquella canción. Siguió caminando. El grupo no pareció dar importancia a la hecatombe que se estaba produciendo allá abajo. Se sentían seguros y al margen sobre las tablas de aquel escenario. El demonio casi había llegado a las primeras filas cuando prestó atención a la letra de la canción. En aquella ocasión, también cayó de rodillas.
Todo su mundo se vino abajo. Todos sus recuerdos volvieron a él y pareció que el humo se los llevaba lejos para siempre. Una vorágine de palabras, acciones, imágenes, nombres, ángeles y demonios, se precipitó sobre él aturdiéndole y dejándole sin resuello. Se miró las manos y vio en ellas las grietas que se abrían camino. Su piel, como papel de fumar, se fue deslizando en pliegues sobre el suelo. Se fue despellejando y el viento fue arrastrando sus restos como arrastra las cenizas de un cigarro. Sus ojos volvían a llorar. En apenas unos minutos, aquel demonio dejó de existir. Tan sólo permanecía de él la huella de su sombra. Un borrón de ceniza mojada en el suelo, frente al escenario, a escasos metros de la cantante de Shadow’s Theory. En ese instante cesaba la canción y todos aplaudían con fervor. El demonio había muerto y, pronto, volvería a nacer. Porque aquella historia no era nueva y se repetía cada vez que aquel grupo se subía a un escenario. El demonio, justo antes de llevar a cabo la amenaza que se había jurado perpetrar, escuchó la letra de una canción y descubrió, con alegría y pesar, que cada uno de sus acordes, cada estrofa y melodía, cada palabra... cada rasgo de esa canción, no eran otra cosa que lo que le daba y le quitaba cada recuerdo de su propia existencia y, en definitiva, la vida. En ese instante, justo antes de desvanecerse, el demonio descubrió que aquella canción era él. Una fantasía a la que Shadows’ Theory había puesto letra y música.
©Víctor Morata Cortado

























